septiembre 18, 2014

Suicidios S.A.



Comenzaré mi relato con un cliché: El odio devoraba mi alma. Para librarme de la pesadumbre, llamé a una de esas compañías de suicidios que se han puesto en boga estos últimos años.
            —Buenas noches —dijo una voz dulce y un poco melancólica—, llama usted a Eutánatos S.A. de C.V., le atiende Romeo Rosas, ¿con quién tengo el gusto?
            —Con Miguel Ángel —mentí.
            —Hola, Miguel Ángel. ¿En qué podemos ayudarle?
            ¿Qué decirle? Estas empresas se dedican a aplicar la eutanasia a sus clientes, de forma legal y humana. Me preocupaba el asunto de mi identidad; no deseaba ser descubierto. El dinero no era problema, pero, ¿aceptarían efectivo? Le pedí a Romeo que me explicara las formas de pago y, por suerte, era posible realizar un depósito bancario de forma anónima.
            —Bueno, Miguel Ángel, si está decidido a cerrar el trato, sólo necesitamos que haga su depósito, nos envíe el comprobante con el sello del banco y nos mande sus datos personales.
            Tras darme la dirección a la que debía enviar el comprobante y asegurarme de que todo se realizaría con la mayor discreción y profesionalismo, colgó el teléfono. Me quedé con el auricular pegado a la oreja, escuchando un monótono sonido electrónico. Lo que haría, era importante. Me libraría del odio que me carcomía como, otro cliché, un cáncer y, sobre todo, le haría un bien a la ciudad.
            Con estos pensamientos, me fui a dormir. Al despertar, me sentía tranquilo, la cabeza me parecía más ligera, era la primera vez en mucho tiempo que no me sentía deprimido y con deseos de arrojarme por la ventana. Incluso desayuné bien y puse un poco de música.
            De camino a la oficina, pasé al banco a realizar el depósito. Era mucho dinero, pero valía la pena.
            La cajera me miró con recelo y… ¿Simpatía? ¿Compasión? Sin duda conocía la empresa a la que acababa de realizar el depósito, y su giro no le era indiferente. Me entregó mi recibo debidamente sellado, que guardé cuidadosamente en mi cartera. Sin demora, me dirigí a la oficina.
            Tomé fotografías del recibo, entré a mi correo electrónico y tecleé la dirección indicada. Escribí: “Buenos días. Envío adjunta la fotografía del comprobante de depósito. Incluyo aquí mis datos personales”. Tras completar la información, pulsé el botón de enviar.
            El resto del día, intenté no pensar en todo ello, concentrándome en mi trabajo. La jornada pasó con lentitud, el sonido de las máquinas de fax y los módems creaban un ambiente gris y un poco doloroso. Era una atmósfera de despedida, que se volvió demasiado real cuando mi jefe salió de su oficina y nos dio las buenas noches. No me di cuenta de que el día había terminado. Salí y me dirigí a casa, haciendo escala en la tienda para comprar la cena.
            A la mañana siguiente, pasé al puesto de periódicos y vi los titulares:
            “Descubren el cuerpo sin vida de Miguel Ángel Mancera, Jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Se presume suicidio”.
            Feliz por primera vez en muchos años, presenté mi renuncia y me dediqué a lo que realmente me gustaba: la venta de libros. No ganaría lo mismo que en la oficina, pero después de todo, siempre odié mi trabajo en el gobierno.

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