septiembre 03, 2012

Un café malo

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Un café malo

Pero, con rumbo a un poste,
Llega de prisa, malo y aterido,

Un negro Angelote de vacila
Luego de comer demasiada yuyuba.
—Rimbaud

Estoy en la mesa bebiendo café malo mientras espero al diablo. Dijo que vendría y no tengo razones para no creerle.
     El café está frío. Debí pedirlo con menta. Vierto más azúcar en él. Leo unos poemas de Rimbaud y observo la fotografía del niño en el llavero-portarretratos que encontré sobre la mesa. Una muchacha bonita platica animadamente con una muchacha fea. Ríen. Es la risa sonora de la gente vulgar. La alegría es siempre algo vulgar.
     El café se ha terminado. Pido otro. Las tripas me avisan que debo hacer espacio si quiero meterles algo más. Salgo del café sin pagar y camino en busca de un baño. Indago. Pero ningún comercio permite a los clientes hacer uso de los baños.
     Le pregunto al puerco de tránsito si él no sabría dónde encontrar un baño público, pero los puercos no saben nada, por eso son puercos y no, digamos, trabajadores honestos.
     A lo lejos, detecto la presencia de una plaza comercial. Al centro de ella, como la mansión de un gran señor feudal, se levanta un Soriana.
     Pago los 3.50 que cobran por cagar y cago. Y mientras lo hago, leo un par de poemas. En el muro de plástico escribo: “Ha llegado el tiempo de los asesinos revisited”.
     Vuelvo al café a paso lento. Ya no había urgencia. Sobre mi mesa, la fotografía del niño permanece intacta. Me siento. Traen café, bebo y lamento no pedir mi café con menta y leo algunos poemas mientras sigo esperando la llegada del diablo. Dijo que vendría y no tengo razones para no creerle.

julio 15, 2012

Una de esas tardes en el seguro

Andy Warhol Big Electric Chair 1967

Para no hacer la historia larga, sólo diré que cada año debo ir a una revisión en el hospital de traumatología de Lomas Verdes. Uno no está exento de tener olvidos, así que la única vez que dejé pasar mi cita y traté de reprogramarla, me enfrenté con el infierno burocrático del seguro social mexicano (ni en una ficción kafkiana sería tan perfecto y tan terrible): debía solicitar un pase en el hospital de zona, pero para obtener ese pase debía acudir antes a la clínica de mi localidad. En la clínica debía solicitar una cita para consulta, en la cual la doctora me tendría que valorar para poder enviarme al hospital de zona; los trámites para conseguir esa primera cita eran más complicados que los que le pedirían a un ex-convicto noruego naturalizado mexicano, para adoptar a una niña de cinco años en Tamaulipas; pero qué remedio, tenía que hacerlo o resignarme a terminar en una silla de ruedas.
     En la ventanilla de recepción del carnet me indicaron que debía ir a al archivo a solicitar mi expediente, en el archivo me dijeron que debía ir a la oficina de gobierno a que me autorizaran la solicitud de archivo, en gobierno me enviaron de nuevo a la primera ventanilla para solicitar el sello de vigencia del carnet, y entre vuelta y vuelta alcancé a ver una dorada cabellera. Sí, estaba seguro, se trataba de Yareli, una antigua novia de secundaria.
     Mientras esperaba a que la fila del archivo avanzara, me hundí en los recuerdos: después de la fractura y una temporada en el hospital y luego en cama pero ya en casa, regresé a la escuela. Usar muletas era un martirio para un niño de trece años, pero tenía su lado bueno: los lunes tenía permiso de saltarme los honores a la bandera porque el médico me había prohibido permanecer de pie más de quince minutos, además, siempre podía disfrutar de la compañía de Yareli, a quien el director enviaba a que me acompañara en el aula mientras el resto de la escuela cantaba himnos y juramentos en los que no creían.
     Pues sí, mi primera relación sexual fue en el aula, con Yareli. No sé cómo me las arreglé, pero ahí estábamos, encima del escritorio. Resultó terrible, y ambos nos sentíamos ridículos, pero al mismo tiempo era satisfactorio saber que ya no éramos uno novatos en el amor carnal. Y cada lunes a partir de entonces y hasta graduarnos, repetimos la sesión y nos volvimos unos expertos. Después de la graduación, Yareli terminó conmigo, pues su familia se mudaba a Querétaro o Guanajuato, alguno de ésos.
     Y ahora está ahí, en la misma sala que yo, esperando su consulta, seguramente. ¿Cuándo habrá vuelto a la ciudad? Pienso que me acercaré a saludarla, ¿me reconocerá? Pero no sé qué decirle. Hola, cómo te va, me va bien, y a ti, también. Me preguntará a qué me dedico, y le diré que soy promotor cultural y que tengo un taller de creación literaria, eso le parecerá poca cosa, seguro. Entonces le diré que también soy escritor, y me preguntará cuánto gano con mis cuentos y artículos, y le diré que con algunos nada, y con otros, muy poco. Y mientras camino y paso detrás de ella, para entregar un documento a la ventana correspondiente, sé que ella recordará lo que decían nuestros profesores acerca de mí y del gran futuro que tenía delante y pensará que defraudé a todos, y no podrá entender lo importante que es la escritura para mí, que no se trata del dinero; no lo comprenderá porque es mexicana y casi todos los mexicanos tienen la idea de que lo más importante en la vida de uno es ser exitoso y ser exitoso para la mayoría significa tener un empleo muy bien remunerado, tener una casa, estar casado y con hijos y perros y carros, una hipoteca, una amante, vacaciones en Acapulco o Cancún o fuera del país según lo bien remunerado del trabajo de uno, y todas esas cosas que a mí nunca me interesaron, excepto tal vez por la amante.
     Cuando la gobernadora ha colocado su firma sobre mi papel, pienso que quizá estoy siendo injusto: nada me garantiza que Yareli sea una mujer frívola, tal vez ella sea capaz de interesarse por algo más que telenovelas y los gramos que gana o pierde según lo que come y las visitas al gimnasio. Sí, después de todo ella era una de las alumnas más listas de la escuela, y nos entendíamos bien cuando éramos unos escuincles llenos de hormonas y energías para ser utilizadas. Entonces le hablaré, la saludaré, le preguntaré si vive por aquí, platicaré un rato con ella y quizá espere a que salga de su consulta, o le pediré que me espere ella, según, y podremos tomar un café en la cafetería de la clínica. Sí, eso haré.
     Me acerco a su silla, pero Yareli ya no está ahí. Tal vez vuelva a verla por aquí la próxima vez que tenga que solicitar una nueva cita.

julio 07, 2012

Poema

Gerhard Richter (Ger)  Gegenüberstellung 3  Confrontation 3  1988

He despilfarrado tres juventudes. Me queda una.
Para esta última tengo un plan de acción:
    La marcha, el grito, la pinta,
    la protesta, la consigna, el rencor...
Porque cuando esté viejo
quiero estar limpio y quiero estar en paz.
En paz con mis libros, con mis discos.
En paz con mis amigos y con el mundo.
En paz
y sin enemigos.

Ciudad de México, 4 de julio de 2012.

junio 06, 2012

Adiós al hombre ilustrado


Muere Ray Bradbury a los 91 años

Era casi media noche. La luna estaba alta en el cielo. El hombre ilustrado no se movía. Yo había visto lo que  había que ver. Los cuentos habían sido contados. Habían concluido.
—Ray Bradbury; El hombre ilustrado

Ray Bradbury, ícono de la literatura norteamericana, que hizo popular los géneros de la Ciencia Ficción, el Fantástico y el Terror, en libros como Crónicas marcianas y La feria de las tinieblas, falleció en Los Ángeles, el pasado 5 de junio, a los 91 años de edad, según informó su editorial en Estados Unidos, HarperCollins.
     Con más de 500 títulos en su haber, donde se cuentan obras tan exitosas como Fahrenheit 451, novela considerada clásica dentro del género, en la cual se muestra la vida de una sociedad futura y su relación con la censura, El hombre ilustrado, volumen de cuentos fantásticos que abarcan las diversas temáticas que abarca el general de su obra, La feria de las tinieblas, novela de fantasía oscura que plantea algunas cuestiones sobre la infancia y la edad adulta, la amistad y la lealtad, entre muchas otras obras.
     Para acercarse a la fascinante obra de este autor, a quien el propio Borges reconoció como uno de los más sobresalientes, es importante hacer una diferencia entre los términos, mayormente usados en el cine, “Ciencia Ficción” y “Sci-Fi”. El segundo nace como una apócope del primero (práctica frecuente del pueblo estadounidense), pero en la actualidad ya no son la misma cosa. Sci-Fi es el espectáculo cinematográfico de naves, planetas, extraterrestres y rayos láser tan propio de filmes como Star Wars, Escape de Nueva York, Viaje a las estrellas o Transformers, donde el avance tecnológico sólo es un elemento para adornar una historia de aventuras tradicional, o de caballeros, espadas y princesas, en tanto que Ciencia Ficción se refiere a la relación del ser humano con este avance tecnológico, es decir que traza algunas cuestiones filosóficas, sociológicas o psicológicas. Es más propio de películas como 2001: Una odisea en el espacio, La luna, Alien (la primera), Blade Runner, La naranja mecánica, El dormilón o Cuando el destino nos alcance. Todas estas películas plantean cuestiones que van más allá del espectáculo cinematográfico de peleas y efectos especiales, y es precisamente este cuestionamiento el que se halla siempre presente en la obra de Bradbury.
     Crónicas marcianas puede ser visto como una novela o como un conjunto de cuentos. El eje temático es la colonización del planeta Marte realizada por el hombre. A lo largo de los relatos se construye la historia de un largo periodo de tiempo, desde que los primeros cohetes comenzaron a volar, pasando por la llegada al planeta rojo, los primeros encuentros con los marcianos, su posterior exterminio, y finaliza con la decadencia del ser humano, que hace del planeta Marte una versión idéntica de la Tierra, con su intolerancia, sus guerras, sus poblaciones suburbanas y sus conflictos raciales. La Ciencia Ficción no es un género que trate acerca del futuro, aunque lo parezca, sino acerca del pasado cercano y el presente. El retrato que el autor hace de la sociedad futura es el retrato de la sociedad presente, sólo ha cambiado el escenario, aunque el hombre se empeña en hacer que todos los escenarios nuevos terminen por parecerse demasiado a los ya conocidos.
     Pero Bradbury no sólo abordó la Ciencia Ficción, a lo largo de su obra, fantástica o realista, también policiaca, hay una constante sensibilidad alrededor de la escritura, interés que comenzó en él desde la infancia. Incluso en sus últimos días, su actividad favorita era escribir, ya fuera en sus diarios, o en un cuento, una novela, o bien un poema.
     Que la obra de este genial autor, Ray Bradbury, nos sirva de inspiración, que nos enseñe algo de nosotros mismos, y ese aprendizaje nos permita rectificar el rumbo.
     ¡Hasta la vista, Ray!