200
Eres la corrupción
Eres al aire sucio de la ciudad
La tierra muerta del campo
El alza de precios
Y el salario mínimo
Eres el narcotráfico
Y todos los presos políticos
Eres el ejército en San Salvador Atenco
Peña Nieto en el Vaticano
Carlos Salinas en el Primer Mundo
Eres el caos vial
La vecina que, pistola en mano, se lleva tu quincena
Eres el Cardenal Norberto Rivera
Y todos los niños tristes que ya no confían en el señor
Eres Vicente Fox y Marcelo Ebrard
Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo
Y todo lo que representan
Eres el ABC
Y un montón de niños de ceniza
Eres el PRI y el VERDE
El PAN y el PRD y te la juegas por México
(el ganador se queda con todo)
Eres Latin Lover y Maribel Guardia
Javier Alatorre y López Dóriga
El vómito en mi almohada
La mierda en mi baño
Eres el policía que se vende en la esquina
La ramera que preside la Corte
Eres todo eso y eres todos
Porque tú, amigo, eres México
Y todo México eres tú
“Feliz Bicentenario”
sonríe: todo está bien
marzo 26, 2010
febrero 27, 2010
La belleza de la guerra
Autor: Rick Veitch
Título: Army@Love (Army at Love).
Editorial: DC/Vertigo
Año: 2007
Género: Sátira sociopolítica/Guerra
Vuelve a las andadas el iconoclasta Rick Veitch (Swamp Thing, Can't Get No, The Maximortal) con una miniserie de guerra, escrita y dibujada por él mismo (con tintas de Gary Erskine, colores de Jose Villarrubia, letras de Travis Lanham, editada por la siempre genial Karen Berger).
La historia de Army@Love se ubica tanto en el imaginario Afbaghistan como en los suburbios de Estados Unidos, con algunas escenas en la también ficticia Mongrolia, y se desarrolla en un futuro cercano, cuando el Ejército Norteamericano le hace la guerra al país oriental (aunque nunca se especifican las razones del conflicto, lo más probable es que se trate de una simple invasión para apoderarse del territorio y sus riquezas; ¿acaso USA conoce otro tipo de guerras en la era moderna?), pero como es tradicional en la narrativa de Roarin’ Rick, el contexto funciona como alegoría de la realidad, mientras que las distintas capas narrativas, que vienen representadas por cada uno de los personajes (ninguno de los cuales es propiamente protagonista o secundario) y la idiosincrasia de cada región retratada, permean esa realidad, modificándola, a veces desgarrándola, provocando ese delicioso caos del cual él es un maestro.
No revelaré los secretos de esta cautivante e hilarante historia de guerra, traición, sexo y frivolidad, sólo comentaré algunos de sus aspectos básicos para despertar el interés en el lector potencial.
EUA en guerra contra un pequeño país oriental. El ejército americano se ve fortalecido por la incorporación de muchos jóvenes voluntarios. La mecánica detrás de tantos reclutamientos, es algo que se ha dado en llamar “Hot Zone Club”, y que básicamente es un club ficticio al que sólo pertenecen aquellos que han tenido sexo salvaje en el campo de batalla durante una operación riesgosa (o sea, coger al cobijo de las balas).
Uno de nuestros personajes es un traficante que fotocopia billetes y va engañando a medio mundo, que trata de matarlo, pero que siempre consigue escapar. Su esposa es soldado y está luchando mientras él se ha quedado en casa. Ella conoce a un recluta/mago, que le resulta atractivo, y mientras están siendo emboscados en un edificio, a ella se le antoja tener sexo con él, y para convencerlo se inventa al momento todo el “Hot Zone Club”. Y eso ocurre apenas en las primeras 10 páginas del primer tomo (son 12).
Si quieres una buena lectura, con buen arte, muchas risas y mucha reflexión en torno a la condición actual de la política gringa y mundial, no deberías dejar de leer este trabajo. Te costará alrededor de 350 pesos juntar los 12 números, pero eso mismo cuestan esos libros todos mal escritos que tanto te gustan de Vampiros Emos Adolescentes Crepusculares y ni siquiera tienen dibujitos.
Si al terminar Army@Love no estás de acuerdo conmigo en que es una obra excelente, miéntame la madre a creatica_deconstruccion@yahoo.com. Si, en cambio, crees que ha valido el esfuerzo, recompénsame dejando un comentario.
{La siguiente información no pertenece a esta entrada; si está aquí, es sólo por presumir; claro, también puede servir como una lista de recomendaciones de cosas que ni siquiera sabías que existían}
Leyendo: Michael Moorcock et al. Peón del Caos: Relatos del campeón eterno
Leyendo: Peter Milligan. Shade the Changing Man.
Releyendo: Grant Morrison. The Invisibles.
Terminado: Fedor Dostoievski. Memorias del Subsuelo.
Escuchando: Tom Waits. Alice.
Escuchando: The Eden House. Smoke & Mirrors.
Redescubriendo: Lou Reed. Ecstasy.
Redescubriendo: David J & Alan Moore. V for Vendetta.
Películas recién vistas: Kim Ki Duk. Bad Guy.
Películas recién vistas: Slava Tsuckerman. Liquid Sky.
febrero 24, 2010
Swamped!
Alan Moore y Rick Veitch: Cosas del Pantano
Peter Milligan: “Los símbolos deberían representar algo, luego, antes de derrumbarse, deberían desaparecer, dejando un espacio vacío que pueda ser llenado con el desastroso caos de nuestros sueños”. Estas palabras fueron escritas en el segundo número del segundo volumen de Shade the Changing Man (titulado: “Who shot JFK? the Unreal story”, y se refería a John Fitzgerald Kennedy y su asesinato para impedir que se convirtiera en el símbolo que estaba destinado a ser.
La etapa en que Alan Moore y Rick Veitch escribieron y recrearon “La cosa del pantano” terminó abruptamente, cuando el cómic podía haberse convertido en la obra más grande de todos los tiempos. Primero, Alan Moore, en 1984, en los primeros tres números que escribió, no sólo creó algunas de las historias más memorables de los cómics, sino que cambió para siempre el destino de la industria, al eliminar (al menos en parte) la noción de que los cómics eran para niños; “The saga of the Swamp Thing” pasó de ser un cómic de terror con monstruos, a una obra madura de suspenso sofisticado, donde se tocaban temas universales, como el amor, el odio, el peligro de la tecnología, el poder del dinero y la política y, por supuesto, el miedo.
Su prosa, rica en texturas, incorporó una narrativa poética más propia de la literatura de arte que de la literatura de entretenimiento. ¿Cómics de arte? Tal vez eso no impresione hoy en día, pero durante la primera mitad de los 80, era un concepto extraordinario, revolucionario. Es precisamente a Alan Moore a quien debemos (y no es poca cosa) que los cómics dejaran de ser únicamente literatura barata para niños y adolescentes inmaduros, donde lo más importante era el dibujo de hombres súper-musculosos y mujeres semidesnudas, que mediante métodos violentos protegían al mundo de violentos villanos súper-musculosos y villanas semidesnudas. Las cuatro obras fundamentales con las que Moore cambió la historia son: Watchmen, Miracleman, V for Vendetta y, por supuesto, Swamp Thing.
En 1974, cuando Len Wein y Berni Wrightson crearon a la Cosa del Pantano, ellos, como todo el mundo, pensaron que se trataba de un hombre (Alex Olsen) que, por un experimento fallido, se había transformado en un monstruo con características vegetales. Más tarde, la historia que originalmente ocupaba sólo 8 páginas (“House of Secrets” no. 92; 1971), se convirtió en una revista mensual, de 24 páginas (“Swamp Thing” no. 1; 1971). Un nuevo personaje, Alec Holland, científico también, sufre un atentado contra su vida, donde su esposa Linda fallece. Holland, bañado en su fórmula de restauración para plantas, cubierto en llamas, se arroja a los pantanos de Luisiana, y más tarde regresa convertido en el monstruo vegetal.
Cuando una década después le tocó su turno a Alan Moore de contar la historia, nos demostró que tanto Wein como Wrightson como todos los lectores y creadores pretéritos, estaban equivocados. Alec Holland sí había muerto en el pantano; lo que más tarde se levantó de su lecho cenagoso no era un hombre ni nunca lo había sido; el pantano mismo dio a luz a un ser que de alguna forma absorbió los recuerdos de Holland, y que durante varios años erró en busca de volver a ser hombre, algo que nunca conseguiría porque nunca lo había sido.
En una de las primeras historias de Moore, Jason Woodrue, “the Floronic Man”, descubre que la cosa del pantano no tenía nada humano, y Moore nos va revelando más y más de ese descubrimiento, hasta que nos enteramos de que se trataba de un ser elemental, un semidiós que tenía la misión de proteger a la naturaleza. Estos eventos quedaron registrados en el relato titulado “the Anathomy Lesson”, que es considerado por unanimidad la mejor historia jamás escrita en “Swamp Thing”. Y eso tan sólo es la primicia central de a penas el primer arco argumental de Moore; son todos los detalles, todos los personajes, mayores y menores, las historias, lo que está entre líneas, lo que hicieron de “Swamp Thing” una obra revolucionaria.
Alan Moore, el más grande escritor de la industria sin duda alguna, no sólo transformó a los cómics; también sus lectores cambiaron. De ser entes que automáticamente alababan al dibujante en turno, se convirtieron (lamentablemente no todos; y las nuevas generaciones parecen volver a ser como aquellos zombies) en personas analíticas, que ponían atención tanto al arte del libro como a la narrativa y a la estética de la misma. Con Alan Moore, el escritor se convirtió en la parte más importante del proceso creativo del cómic. El artista, quien siempre había sido la razón por la que la mayoría leía cómics, ahora era el acompañante, pero su papel, en lugar de devaluarse, se fortaleció. Ya no sólo tenía que dibujar bien; ahora tenía que dibujar bien siguiendo las indicaciones de un escritor, sin que hubiera una incoherencia entre lo escrito y lo dibujado. Afortunadamente, “Swamp Thing” siempre contó con artistas de primer nivel (en otros, Berni Wrightson, Tom Yeates, John Totleben, Stephen Bissette y Rick Veitch).
Pero nada es para siempre, y más temprano que tarde, Alan Moore se fue y el pantano se quedó solo y triste. O eso parecía, porque inmediatamente tras su partida, la creación de los guiones del cómic quedó en manos del hoy legendario Rick Veitch. Pero, un momento, ¿no era Rick Veitch el dibujante? Oh, sí, lo era. Y lo siguió siendo durante casi todo el tiempo que escribió. Los lectores por supuesto no sabían qué esperar. Veitch dibujaba una maravillosa cosa del pantano, y ya había demostrado que era un buen guionista también. La pregunta no era si podía escribir “Swamp Thing”, sino si podría mantener el nivel de excelencia que había alcanzado Alan Moore.
Rick Veitch también utilizó una narrativa poética, heredada de Moore, lo que ayudó a darle coherencia a la historia de Alec Holland, pero sus relatos abandonaron en gran medida el horror gótico, y añadieron más elementos de ciencia ficción y horror moderno (para un ejemplo, verse las historias de “Gargles in the Rat Race Choir” y “Fear of Flying”; en ellas, vemos primero a una enloquecida cosa del pantano falsa conduciendo un automóvil con sus dos tripulantes asustados, algo que ni siquiera Moore hubiera imaginado, y después, un hombre al que le dan miedo los aviones pero que se ve obligado a tomar uno aún cuando todos los indicios anuncia que se estrellará y, efectivamente, se estrella; luego, un harapiento John Constantine, creación de Moore, reprende a Alec. Eso es puro genio.)
Así que, en corto, Veitch demostró que era tan buen guionista como Alan Moore; incluso algunas de sus historias (“Infernal Triangles”, “Fear of Flying”, “One flew over the cuckoos nest”, Wild Thing”, “Gargles in the Rat Race Choir”) se consideran incluso superiores a varias del propio Moore.
El último arco argumental que escribió Veitch fue una larga aventura por el tiempo, en la que descubrimos que Swamp Thing es su propio padre (la magia de la literatura que permite esa clase de paradojas). Para esta aventura, Veitch escribió un guión en el cual la cosa conocería a Cristo, guión que primero fue aceptado, pero posteriormente, cuando iba a comenzar a ilustrarse, fue censurado por Jenette Kahn, presidenta de DC Comics. Veitch renunció a la compañía, con la advertencia de no volver a trabajar para ella (DC) hasta que su historia fuera publicada (lo cual no ha sucedido aún; sin embargo, Rick Veitch ha vuelto a escribir para DC). El encargado de completar el arco que Veitch dejó inconcluso fue un tal Doug Wheeler, un escritor que realmente no aportó nada, sino que destruyó casi por completo la magia de “Swamp Thing”. Pero eso no nos concierte.
La partida de Moore y especialmente la de Veitch de las páginas de “Swamp Thing” dejaron un hueco que nunca sería llenado. Alan Moore abandonó cuando creyó que era un buen momento, aunque muy prematuramente aún; Rick Veitch se fue por defender su ética.
Nunca sabremos que hubiera sido de “Swamp Thing” si las cosas hubieran sucedido de forma diferente. Nunca sabremos a ciencia cierta lo que Veitch planeaba hacer con Holland y sus amigos. Pero una cosa es cierta: la salida de ambos los convirtió en leyendas del medio, en símbolos de lo que significa se un artista del cómic, de lo que significa la dignidad y la ética.
Por ello, siempre serán recordados como las más grandes cosas del pantano que hayan pisado esta cenagosa tierra.
¡Salud!
diciembre 15, 2009
Instantáneas del F I N del M U N D O (ii)
Fue a una fiesta y bebió un poco. Se sintió mareada y se desvaneció. Ellos trataron de levantarla, pero ella no estaba ahí.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Resistencia
.
Resistencia
o la anamorfosis
En esta época donde una nueva convicción no reemplaza una vieja, sino más bien la devora y diversifica y se contradice, lo más decente es no buscar guirnaldas ni la bastarda gloria revolucionaria; permanecer en el estricto oficio donde el logro no es ya un reconocimiento general y la flor sino la discusión y la oscuridad del trabajo solitario del que excava tumbas.
Uno se resiste a la hoja en blanco [queremos ensuciarla]. Blanco sobre blanco. ¡Qué sueño! Pero la escritura es siempre negro sobre blanco; oscuridades sobre claridades. Y uno quisiera preservar esa hoja blanca, esa revista blanca, esa literatura blanca sin mancharla de objetos y persecuciones que no nos llevan a ninguna parte. Al finalizar el día, nos vamos a dormir y no podemos tener la seguridad de que nuestras manchas de tinta nos sobreviven durante la noche.
Mallarmeando un poco, hemos creado la anticultura. Desde Nietzsche Dios no es más que una impostura, bien nos dicen. Pero ¿cuál es el modus vivendi de una sociedad atea? Eso todavía está por verse. ¿Cuánto más? Todo está muriéndose pero no hay embarazos. Los sistemas políticos incluidos. Y tampoco parece que un nuevo movimiento de rebeldía de juventud como el Punk de 1966-1967 quiera dar muestras de salir a escena. ¿A qué esperamos? ¿Por qué nos resistimos? ¿Es que no vamos nunca a salir a tomar las calles y levantar la voz? ¿No vamos nunca a pintar la Ciudad de México de Rojo y Negro?
Me resisto siquiera a pensarlo.
Haciendo un poco como Samuel Beckett, llenando el blanco del vacío con voces y silencios que no significan gran cosa... Tenemos un hoyo en el corazón del tamaño de un camión y lo queremos llenar con basura, con agua, con amor, con una cogida de una noche, con flores o con el absurdo reflejo de la vida que está en otra parte. “El tiempo se llenaba con el silencio y el habla” (Martha Robles: 103). Y al final agua, nada de llamas. ¿Es esto todo lo que podemos tener? ¿Es esto todo?
Me resisto siquiera a pensarlo.
Como me resisto a llevar a cabo un formalismo chucho como la versificación académica tan g[u/a]stada por los latinos de la bota europea. Como me resisto a dejar de tocar una y otra vez el “the Eraser” de Tom con H Yorke. Como me resisto a comprar un teléfono móvil nuevo con la vana esperanza de encontrar mi viejo celular (porque una vana esperanza aunque vana es esperanza). Como me resisto a llevar una línea estándar, establecida por los sagrados cánones de la creación escritural, una prosa clara, directa o no tanto, pero no tan poco, un discurso coherente y bien estructurado. Y es que en mis laberintos creáticos plagados de fantasmas, en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro, no tengo nada realmente importante que decir. No soy un Artaud, ni un Montesquieu, ni un Maquiavelo, ni un Bukowski, ni un Verlaine. Es más, ni siquiera soy un maldito Cortázar como para que alguien pague el precio de impresión de estas hojas que debieron quizá quedarse en blanco sobre blanco {de no ser por la dolorosa resistencia a quedarse uno calladito en un rincón viendo cómo la vida de los demás se desdobla de las formas más interesantes} Y aunque ni soporto ni respeto a Cortázar, a veces me ciegan “unos celos furiosos e imposibles de vengar, la continuidad de un dolor sin esperanza” (Stendhal: 542), y me resisto a callar más. Pero... o en el fondo vencí esa negativa o en el fondo sólo soy un condenado escritor más, que se vanagloria de sí mismo en esta gloria vana y banal ante la que sucumbe incluso el verdadero genio, mas una vana gloria aunque vana es gloria. ¿Y por qué no voy yo a festejar mis propios logros {decidirme a continuar algo comenzado, algo apenas esbozado en un papel, es para mí un logro} usando mis propias palabras? ¿Por qué no va René Avilés Fabila a ponerle su nombre a su fundación? ¿Acaso Nietzsche pensaba que era estúpido?
Quizá sea que te cansaste de primero cantarle a la luna. Quizá sea que te cansaste de después implorar su atención. Y quizá sea que te cansaste de también mirarte a los ojos. Y ahora sólo como entonces esperas caer solo sin siquiera saber dónde. Podemos vender o dejar que se roben nuestros votos, nuestros países, nuestros grupos de rock, nuestros escritores, nuestras libertades y nuestros ratos de ocio. O podemos no dejar que eso pase. Podemos dejarnos morir y matar, lo cual es tan pero taaaaaaaaaaaan placentero, sobre todo en compañía de un buen disco del buen Tom Waits, del buen Lou Reed, del buen Iggy Pop, del buen Nick Cave, del buen Rozz Williams o del buen Joy Division. Pero también podemos o no resistir. Hallar una cura. Hasta Kafka lo hacía, o lo intentaba. ¡Pero su madre! Siempre las madres.
Ha llegado el tiempo de los asesinos;
hay que ser absolutamente modernos.
Hoy no necesitas despertar convertido
en un repugnante insecto para que la
sociedad te trate como a un insecto.
Bibliografía básica recomendada en eterno crecimiento (vuelva pronto) para reconocer un absurdo que se resiste a ser comprendido (me resisto a poner la letra A por encima del resto):
Stéphane Mallarmé. Poesía completa. Barcelona, Ediciones 29. 1979.
Stéphane Mallarmé. Variaciones sobre un tema. México, Verdehalago. 1998.
Martha Robles. La ley del padre. México, FCE. 1998.
Antonin Artaud. Cartas desde Rodez 1. Madrid, Editorial Fundamentos. 1981.
Samuel Beckett. Three plays. New York, Black Sparrow. 1989.
Arthur Rimbaud. Poesía selecta. Ciudad de México, Ediciones Coyoacán. 1999.
Milan Kundera. La vida está en otra parte. México, Seix Barral. 2002.
Stendhal {Henry Beyle}. Rojo y negro. España. Editorial Planeta. 2001.
Charles Bukowski. El mundo visto desde la ventana de un 3er piso. México, Letras Vivas. 2005.
Patrick Waldberg. Dadá la función del rechazo. El surrealismo la búsqueda del punto supremo. México, FCE, 2004.
Epílogo mágico musical:
[A]Poema o blanco sobre blanco
Las flores de la tumba florecerán
Con relatos novedosos de serenidad fortuita
Y la fábrica de ilusiones
Va a existir siempre
Como una alma activa
Del reino
De los ídolos anamórficos
Que yacen soñando aquí con sus trajes nuevos
Escucharemos acertijos de oraciones
llamando
Las escenas de pintura de labios que acechan
Y el muchacho abrazado de un dios flexible
Y muchachas bonitas gritando
Los perdidos y los encontrados
Se acostarán con sus amores estáticos
Limpiando el corazón del eco
Hacia un paraíso privado de sueños
En un aire que se derrumba
Resistencia
o la anamorfosis
*
Oh just burn down the house!
Burn down the street!
Turn everything red and the dream is complete
—The Cure, Doing the Unstuck
Burn down the street!
Turn everything red and the dream is complete
—The Cure, Doing the Unstuck
En esta época donde una nueva convicción no reemplaza una vieja, sino más bien la devora y diversifica y se contradice, lo más decente es no buscar guirnaldas ni la bastarda gloria revolucionaria; permanecer en el estricto oficio donde el logro no es ya un reconocimiento general y la flor sino la discusión y la oscuridad del trabajo solitario del que excava tumbas.
Uno se resiste a la hoja en blanco [queremos ensuciarla]. Blanco sobre blanco. ¡Qué sueño! Pero la escritura es siempre negro sobre blanco; oscuridades sobre claridades. Y uno quisiera preservar esa hoja blanca, esa revista blanca, esa literatura blanca sin mancharla de objetos y persecuciones que no nos llevan a ninguna parte. Al finalizar el día, nos vamos a dormir y no podemos tener la seguridad de que nuestras manchas de tinta nos sobreviven durante la noche.
Mallarmeando un poco, hemos creado la anticultura. Desde Nietzsche Dios no es más que una impostura, bien nos dicen. Pero ¿cuál es el modus vivendi de una sociedad atea? Eso todavía está por verse. ¿Cuánto más? Todo está muriéndose pero no hay embarazos. Los sistemas políticos incluidos. Y tampoco parece que un nuevo movimiento de rebeldía de juventud como el Punk de 1966-1967 quiera dar muestras de salir a escena. ¿A qué esperamos? ¿Por qué nos resistimos? ¿Es que no vamos nunca a salir a tomar las calles y levantar la voz? ¿No vamos nunca a pintar la Ciudad de México de Rojo y Negro?
Me resisto siquiera a pensarlo.
Haciendo un poco como Samuel Beckett, llenando el blanco del vacío con voces y silencios que no significan gran cosa... Tenemos un hoyo en el corazón del tamaño de un camión y lo queremos llenar con basura, con agua, con amor, con una cogida de una noche, con flores o con el absurdo reflejo de la vida que está en otra parte. “El tiempo se llenaba con el silencio y el habla” (Martha Robles: 103). Y al final agua, nada de llamas. ¿Es esto todo lo que podemos tener? ¿Es esto todo?
Me resisto siquiera a pensarlo.
Como me resisto a llevar a cabo un formalismo chucho como la versificación académica tan g[u/a]stada por los latinos de la bota europea. Como me resisto a dejar de tocar una y otra vez el “the Eraser” de Tom con H Yorke. Como me resisto a comprar un teléfono móvil nuevo con la vana esperanza de encontrar mi viejo celular (porque una vana esperanza aunque vana es esperanza). Como me resisto a llevar una línea estándar, establecida por los sagrados cánones de la creación escritural, una prosa clara, directa o no tanto, pero no tan poco, un discurso coherente y bien estructurado. Y es que en mis laberintos creáticos plagados de fantasmas, en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro, no tengo nada realmente importante que decir. No soy un Artaud, ni un Montesquieu, ni un Maquiavelo, ni un Bukowski, ni un Verlaine. Es más, ni siquiera soy un maldito Cortázar como para que alguien pague el precio de impresión de estas hojas que debieron quizá quedarse en blanco sobre blanco {de no ser por la dolorosa resistencia a quedarse uno calladito en un rincón viendo cómo la vida de los demás se desdobla de las formas más interesantes} Y aunque ni soporto ni respeto a Cortázar, a veces me ciegan “unos celos furiosos e imposibles de vengar, la continuidad de un dolor sin esperanza” (Stendhal: 542), y me resisto a callar más. Pero... o en el fondo vencí esa negativa o en el fondo sólo soy un condenado escritor más, que se vanagloria de sí mismo en esta gloria vana y banal ante la que sucumbe incluso el verdadero genio, mas una vana gloria aunque vana es gloria. ¿Y por qué no voy yo a festejar mis propios logros {decidirme a continuar algo comenzado, algo apenas esbozado en un papel, es para mí un logro} usando mis propias palabras? ¿Por qué no va René Avilés Fabila a ponerle su nombre a su fundación? ¿Acaso Nietzsche pensaba que era estúpido?
Quizá sea que te cansaste de primero cantarle a la luna. Quizá sea que te cansaste de después implorar su atención. Y quizá sea que te cansaste de también mirarte a los ojos. Y ahora sólo como entonces esperas caer solo sin siquiera saber dónde. Podemos vender o dejar que se roben nuestros votos, nuestros países, nuestros grupos de rock, nuestros escritores, nuestras libertades y nuestros ratos de ocio. O podemos no dejar que eso pase. Podemos dejarnos morir y matar, lo cual es tan pero taaaaaaaaaaaan placentero, sobre todo en compañía de un buen disco del buen Tom Waits, del buen Lou Reed, del buen Iggy Pop, del buen Nick Cave, del buen Rozz Williams o del buen Joy Division. Pero también podemos o no resistir. Hallar una cura. Hasta Kafka lo hacía, o lo intentaba. ¡Pero su madre! Siempre las madres.
hay que ser absolutamente modernos.
Hoy no necesitas despertar convertido
en un repugnante insecto para que la
sociedad te trate como a un insecto.
Bibliografía básica recomendada en eterno crecimiento (vuelva pronto) para reconocer un absurdo que se resiste a ser comprendido (me resisto a poner la letra A por encima del resto):
Stéphane Mallarmé. Poesía completa. Barcelona, Ediciones 29. 1979.
Stéphane Mallarmé. Variaciones sobre un tema. México, Verdehalago. 1998.
Martha Robles. La ley del padre. México, FCE. 1998.
Antonin Artaud. Cartas desde Rodez 1. Madrid, Editorial Fundamentos. 1981.
Samuel Beckett. Three plays. New York, Black Sparrow. 1989.
Arthur Rimbaud. Poesía selecta. Ciudad de México, Ediciones Coyoacán. 1999.
Milan Kundera. La vida está en otra parte. México, Seix Barral. 2002.
Stendhal {Henry Beyle}. Rojo y negro. España. Editorial Planeta. 2001.
Charles Bukowski. El mundo visto desde la ventana de un 3er piso. México, Letras Vivas. 2005.
Patrick Waldberg. Dadá la función del rechazo. El surrealismo la búsqueda del punto supremo. México, FCE, 2004.
[A]Poema o blanco sobre blanco
Las flores de la tumba florecerán
Con relatos novedosos de serenidad fortuita
Y la fábrica de ilusiones
Va a existir siempre
Como una alma activa
Del reino
De los ídolos anamórficos
Que yacen soñando aquí con sus trajes nuevos
Escucharemos acertijos de oraciones
llamando
Las escenas de pintura de labios que acechan
Y el muchacho abrazado de un dios flexible
Y muchachas bonitas gritando
Los perdidos y los encontrados
Se acostarán con sus amores estáticos
Limpiando el corazón del eco
Hacia un paraíso privado de sueños
En un aire que se derrumba
septiembre 15, 2009
Instantáneas del F I N del M U N D O ( i )
Paseo nocturno
Era pasada la media noche y me caía de sueño. Abrí la puerta y salí de la calle hacia mi casa. Me lavé la cara, las manos. Me quité la corbata, la camisa, el pantalón y los zapatos; los arrojé en cualquier parte.
La puerta de mi casa estaba cerrada desde adentro; alguien estaba ahí, durmiendo, podía escucharlo roncar.
En la cocina guardaba una llave de repuesto. Fui por ella y regresé y abrí la puerta. Allí estaba yo, durmiendo y soñando ruidosamente. Me acosté dentro de mí, conté 26 borregos y algunas cabras y me dormí y desperté.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
agosto 18, 2009
Minificciones
Fantasías I
El bombero
Apagó el incendio con gasolina.
PescadorCazó aquella ballena con sólo sus manos.
Cuento fantástico (mentira descarada)...y vivieron felices para siempre.
Cuento fantástico (realismo concreto)...y murieron felices para siempre.
Disculpa
¡Lo juro! ¡No sabía que tenía cinco años!
Utopía
Cada vez hay más menores de diez años que cometen suicidio.
Increíble
Cuando despertó, ella todavía le parecía hermosa.
Imposible
No sólo era una rubia hermosa e inteligente, también era heterosexual.
Milagro
Cuando la conocí, ella todavía era virgen.
..

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
El bombero
Apagó el incendio con gasolina.
PescadorCazó aquella ballena con sólo sus manos.
Cuento fantástico (mentira descarada)...y vivieron felices para siempre.
Cuento fantástico (realismo concreto)...y murieron felices para siempre.
Disculpa
¡Lo juro! ¡No sabía que tenía cinco años!
Utopía
Cada vez hay más menores de diez años que cometen suicidio.
Increíble
Cuando despertó, ella todavía le parecía hermosa.
Imposible
No sólo era una rubia hermosa e inteligente, también era heterosexual.
Milagro
Cuando la conocí, ella todavía era virgen.
..
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
junio 01, 2009
Relato novedoso de serenidad fortuita; otro
A veces, al caer la noche, en ese momento en que el horizonte deja de ser una línea de luz roja, pero aún no es completamente negra, Emma sale a caminar al parque. Unos pocos niños juegan aún en los columpios o con un balón, corren de un lado a otro o montan en sus bicicletas, o dan giros y saltos con sus patines. En breve, algunas madres vendrán a recoger a los rezagados, y cuando Emma llegue a la banca del centro del parque, sobre una pequeña colina, y se siente bajo la sombra del árbol, que en la noche proporciona una sombra más deliciosa, ya no habrá más niños ruidosos que la molesten.
Un perro pasó corriendo junto a Emma. Emma tuvo que moverse a un lado del caminito de grava para no ser derribada por el niño que corría frenéticamente detrás de la bestia, gritando:
—Ven acá, no corras.
Suspiró para ahogar un gesto de enojo. No podía estar enojada. Necesitaba estar alegre, o no tendría sentido venir.
Continuó caminando a paso lento. Los gritos disminuían con cada paso que daba, como en una misteriosa conexión cósmica. Y en pocos minutos, ya estaba subiendo por la colina.
El aire refrescaba. Era uno de los grandes placeres, ese aire frío y vegetal que reinaba en el parque; un aire verde oscuro. Era como si allí nunca hiciera calor. Y ya era bastante con el calor de cada día de trabajo en la ciudad. Un calor pegajoso y molesto, al que ella imaginaba negro, que traía consigo más cansancio que la jornada de trabajo regular. Además estaban esas horribles minifaldas que debía usar en el trabajo; por fortuna, Emma nunca había sido de esas mujeres que se quejan demasiado pronto de tales cosas. Además, las propinas eran buenas, y en pocos meses había conseguido un buen lugar para vivir, un departamento amplio y bonito, cerca del parque. ¿Cuántas meseras podrían presumir de eso? Pero Emma no presumía en realidad. Tan sólo estaba satisfecha; no había nada de malo en sentirse bien consigo misma. Aunque no todo el tiempo era así.
Cerró los ojos para escuchar la brisa golpeando las hojas del árbol. Delicioso. Musical. Era como ser feliz. Y otros árboles, más allá, se unían a la canción del árbol de la colina. Cantaban para Emma. Y de los ojos de Emma escapaban las lágrimas. Una o dos lágrimas cada vez. De tristeza o de placer. En algunas raras ocasiones, ambas. Esta noche, la lágrima solitaria que salió de uno de sus ojos, representaba un sentimiento que no era muy claro. Emma se había separado de su novio unos días antes. Se sentía libre, pero no podía negar que se sentía triste.
Después de cinco años, su relación la ahogaba. Emma deseaba recuperar su vida. Antes, con frecuencia salía a bailar en las noches. Ya no lo hacía más. Solía ser independiente. Más tarde, comenzó a sentirse esclavizada. Recuperar su libertad era recuperarse a sí misma, recordar quién era. Emma es una mujer que baila y canta, que sueña y que no le rinde cuentas a nadie.
Pero se sentía sola. Eso no podía negarlo.
Escuchaba el sonido del aire sobre las hojas. Los ojos cerrados mantenían la mayor parte de la tristeza dentro. Se iba haciendo tarde. Estrellas pálidas en el cielo, y un poco de agotamiento en el cuerpo.
Se incorporó y dejó escapar un suspiro nostálgico. Una risita burlona se abrió paso desde su corazón, avanzando hasta alcanzar sus labios. “Será mejor que me vaya a dormir”, pensó.
Emma camina sobre las hojas secas. Le gusta el ruidito que hacen al pisarlas. Aún no termina el verano; el calor es sofocante, pero la noche puede ser fresca. Algunas hojas se equivocan y saltan de sus ramas, creyendo que ha llegado el otoño. El otoño es la temporada que más le gusta a Emma. Imagina la estación como una gran postal en tonos sepia o una película vieja, y se siente contenta.
Recuerdos. Su infancia le parece un prolongado otoño. Cabañas y hojas secas, viento, senderos libres de viandantes, bufandas; a Emma le gustan las bufandas. Cuando era niña, su madre le regaló una bufanda azul, para evitar resfriarse cuando jugaba en el parque con los otros niños. La vida de Emma parece un álbum de fotografías antiguas, melancólicas y un poquito siniestras. Le gustaría soñar con esas cosas, pero casi nunca recordaba sus sueños, y cuando lo hacía eran planos, aburridos; no había ninguna emoción en ellos. Emma recuerda que una vez soñó con la casa de la abuela, con sus escaleras de caracol que conducían a un ático lleno de polvo, cuadros, libros y vestidos increíbles. En su sueño, ella caminaba por la calle, y se detenía a mirar la casa de la abuela. Ahora deseaba haber traspasado el jardín y haber entrado a la casa, para ver si en los sueños también existían todas esas cosas que había en los recuerdos.
El crujir de las hojas le hizo pensar en un otoño en verano. Otoño en verano. Otoño de verano. Verano otoñal. Otoño veraniego. “Nada de eso”. Verano y hojas secas, que nunca volverán a existir, no más.
Salió del parque. Caminó sobre la acera, cruzó una avenida vacía. Un semáforo daba indicaciones a autos invisibles. “¿Tendrán avenidas los muertos?”
El eco de sus pisadas se perdía en la oscuridad del pasillo. La mano hizo girar la llave, y la puerta se abrió con un apenas esbozado rechinido. Emma encendió la luz de la sala, se sirvió agua en una copa, y olvidó tomarla. Ahora estaba contemplando el álbum de fotos de su cabeza. Allí estaba su madre, con su rostro y su frente grandes y esa sonrisa tímida que Emma heredó. Su padre siempre afligido. Su hermano menor de cabellos alborotados. Su abuela. Dio vuelta a la página. Allí estaban las instantáneas de su relación recientemente terminada. Una feria, un cine, un museo, un teatro, una librería, un grito, una bofetada, un reclamo, un temor.
Esa noche, Emma durmió muy sola.
Esa mañana, Emma despertó muy sola.
Ese día, Emma trabajó sin ánimos. Sólo esperaba la hora de ir a comer, para fumarse un cigarrillo y tomarse un buen café con mucha azúcar. No imitación, azúcar auténtica.
La jornada terminó. Se quitó la falda y se colocó su falda larga, de color verde olivo, esa falda que indica que Emma se siente muy triste, como si su corazón fuera a reventar, y muy distante, como si estuviera en el lado oscuro de Plutón, el planeta que ya no era un planeta sino sólo un pedazo de piedra muerta a la deriva. Emma no entendía cómo un planeta podía dejar de ser un planeta; pensaba que era como si alguien dijera que los pinos ya no son árboles porque no comparten las mismas características que los demás árboles. Emma a veces despreciaba al hombre. Se cambió los tenis blancos por los zapatos sin tacón, de tela gris, desgastados, que habían soportado durante años los pasos lentos de Emma. No se peinó, sólo recogió su cabello con una pinza roja de plástico.
En la calle, se comió una ensalada de pollo, chícharos, elote, papas, zanahorias y aderezo. Se fue a casa, hizo la limpieza, lavó los platos, guardó la copa después de tomarse el agua de la noche anterior, tiró a la basura viejas cartas de amor, quitó de la pared el cuadro abstracto y colocó un paisaje. Un otoño. Con una cabaña y un molino, un río y un pescador solitario que no conseguía aún atrapar nada. Y se fue al parque enseguida.
Llegó a su banca y cerró los ojos. El aire era un poco más frío esta noche. Y un poco más oscuro, cercano al gris negro.
Buscó en el bolsillo de su falda. Un caramelo. Necesitaba algo dulce, y un caramelo podía darle una sonrisa. Era de hierbabuena. Le enfriaba la garganta al aspirar su esencia. Emma pensaba que los muertos nunca sentían frío.
Cuando Emma iba al parque, y se sentaba en la banca sobre la colina, bajo aquel árbol, y escuchaba el roce del aire fresco sobre las hojas de todos los árboles, y saboreaba un dulce, era esa Emma libre que bailaba y cantaba y hacía todas esas cosas maravillosas que amaba, y ya no estaba sola.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







