septiembre 15, 2009

Instantáneas del F I N del M U N D O ( i )

Paseo nocturno





Era pasada la media noche y me caía de sueño. Abrí la puerta y salí de la calle hacia mi casa. Me lavé la cara, las manos. Me quité la corbata, la camisa, el pantalón y los zapatos; los arrojé en cualquier parte.

La puerta de mi casa estaba cerrada desde adentro; alguien estaba ahí, durmiendo, podía escucharlo roncar.

En la cocina guardaba una llave de repuesto. Fui por ella y regresé y abrí la puerta. Allí estaba yo, durmiendo y soñando ruidosamente. Me acosté dentro de mí, conté 26 borregos y algunas cabras y me dormí y desperté.

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agosto 18, 2009

Minificciones

Fantasías I


El bombero
Apagó el incendio con gasolina.

PescadorCazó aquella ballena con sólo sus manos.

Cuento fantástico (mentira descarada)...y vivieron felices para siempre.

Cuento fantástico (realismo concreto)...y murieron felices para siempre.

Disculpa
¡Lo juro! ¡No sabía que tenía cinco años!

Utopía
Cada vez hay más menores de diez años que cometen suicidio.

Increíble
Cuando despertó, ella todavía le parecía hermosa.

Imposible
No sólo era una rubia hermosa e inteligente, también era heterosexual.

Milagro
Cuando la conocí, ella todavía era virgen.


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junio 01, 2009

Relato novedoso de serenidad fortuita; otro



...Árboles



A veces, al caer la noche, en ese momento en que el horizonte deja de ser una línea de luz roja, pero aún no es completamente negra, Emma sale a caminar al parque. Unos pocos niños juegan aún en los columpios o con un balón, corren de un lado a otro o montan en sus bicicletas, o dan giros y saltos con sus patines. En breve, algunas madres vendrán a recoger a los rezagados, y cuando Emma llegue a la banca del centro del parque, sobre una pequeña colina, y se siente bajo la sombra del árbol, que en la noche proporciona una sombra más deliciosa, ya no habrá más niños ruidosos que la molesten.

Un perro pasó corriendo junto a Emma. Emma tuvo que moverse a un lado del caminito de grava para no ser derribada por el niño que corría frenéticamente detrás de la bestia, gritando:
—Ven acá, no corras.

Suspiró para ahogar un gesto de enojo. No podía estar enojada. Necesitaba estar alegre, o no tendría sentido venir.

Continuó caminando a paso lento. Los gritos disminuían con cada paso que daba, como en una misteriosa conexión cósmica. Y en pocos minutos, ya estaba subiendo por la colina.

El aire refrescaba. Era uno de los grandes placeres, ese aire frío y vegetal que reinaba en el parque; un aire verde oscuro. Era como si allí nunca hiciera calor. Y ya era bastante con el calor de cada día de trabajo en la ciudad. Un calor pegajoso y molesto, al que ella imaginaba negro, que traía consigo más cansancio que la jornada de trabajo regular. Además estaban esas horribles minifaldas que debía usar en el trabajo; por fortuna, Emma nunca había sido de esas mujeres que se quejan demasiado pronto de tales cosas. Además, las propinas eran buenas, y en pocos meses había conseguido un buen lugar para vivir, un departamento amplio y bonito, cerca del parque. ¿Cuántas meseras podrían presumir de eso? Pero Emma no presumía en realidad. Tan sólo estaba satisfecha; no había nada de malo en sentirse bien consigo misma. Aunque no todo el tiempo era así.

Cerró los ojos para escuchar la brisa golpeando las hojas del árbol. Delicioso. Musical. Era como ser feliz. Y otros árboles, más allá, se unían a la canción del árbol de la colina. Cantaban para Emma. Y de los ojos de Emma escapaban las lágrimas. Una o dos lágrimas cada vez. De tristeza o de placer. En algunas raras ocasiones, ambas. Esta noche, la lágrima solitaria que salió de uno de sus ojos, representaba un sentimiento que no era muy claro. Emma se había separado de su novio unos días antes. Se sentía libre, pero no podía negar que se sentía triste.

Después de cinco años, su relación la ahogaba. Emma deseaba recuperar su vida. Antes, con frecuencia salía a bailar en las noches. Ya no lo hacía más. Solía ser independiente. Más tarde, comenzó a sentirse esclavizada. Recuperar su libertad era recuperarse a sí misma, recordar quién era. Emma es una mujer que baila y canta, que sueña y que no le rinde cuentas a nadie.

Pero se sentía sola. Eso no podía negarlo.

Escuchaba el sonido del aire sobre las hojas. Los ojos cerrados mantenían la mayor parte de la tristeza dentro. Se iba haciendo tarde. Estrellas pálidas en el cielo, y un poco de agotamiento en el cuerpo.

Se incorporó y dejó escapar un suspiro nostálgico. Una risita burlona se abrió paso desde su corazón, avanzando hasta alcanzar sus labios. “Será mejor que me vaya a dormir”, pensó.

Emma camina sobre las hojas secas. Le gusta el ruidito que hacen al pisarlas. Aún no termina el verano; el calor es sofocante, pero la noche puede ser fresca. Algunas hojas se equivocan y saltan de sus ramas, creyendo que ha llegado el otoño. El otoño es la temporada que más le gusta a Emma. Imagina la estación como una gran postal en tonos sepia o una película vieja, y se siente contenta.

Recuerdos. Su infancia le parece un prolongado otoño. Cabañas y hojas secas, viento, senderos libres de viandantes, bufandas; a Emma le gustan las bufandas. Cuando era niña, su madre le regaló una bufanda azul, para evitar resfriarse cuando jugaba en el parque con los otros niños. La vida de Emma parece un álbum de fotografías antiguas, melancólicas y un poquito siniestras. Le gustaría soñar con esas cosas, pero casi nunca recordaba sus sueños, y cuando lo hacía eran planos, aburridos; no había ninguna emoción en ellos. Emma recuerda que una vez soñó con la casa de la abuela, con sus escaleras de caracol que conducían a un ático lleno de polvo, cuadros, libros y vestidos increíbles. En su sueño, ella caminaba por la calle, y se detenía a mirar la casa de la abuela. Ahora deseaba haber traspasado el jardín y haber entrado a la casa, para ver si en los sueños también existían todas esas cosas que había en los recuerdos.

El crujir de las hojas le hizo pensar en un otoño en verano. Otoño en verano. Otoño de verano. Verano otoñal. Otoño veraniego. “Nada de eso”. Verano y hojas secas, que nunca volverán a existir, no más.

Salió del parque. Caminó sobre la acera, cruzó una avenida vacía. Un semáforo daba indicaciones a autos invisibles. “¿Tendrán avenidas los muertos?”

El eco de sus pisadas se perdía en la oscuridad del pasillo. La mano hizo girar la llave, y la puerta se abrió con un apenas esbozado rechinido. Emma encendió la luz de la sala, se sirvió agua en una copa, y olvidó tomarla. Ahora estaba contemplando el álbum de fotos de su cabeza. Allí estaba su madre, con su rostro y su frente grandes y esa sonrisa tímida que Emma heredó. Su padre siempre afligido. Su hermano menor de cabellos alborotados. Su abuela. Dio vuelta a la página. Allí estaban las instantáneas de su relación recientemente terminada. Una feria, un cine, un museo, un teatro, una librería, un grito, una bofetada, un reclamo, un temor.

Esa noche, Emma durmió muy sola.

Esa mañana, Emma despertó muy sola.

Ese día, Emma trabajó sin ánimos. Sólo esperaba la hora de ir a comer, para fumarse un cigarrillo y tomarse un buen café con mucha azúcar. No imitación, azúcar auténtica.

La jornada terminó. Se quitó la falda y se colocó su falda larga, de color verde olivo, esa falda que indica que Emma se siente muy triste, como si su corazón fuera a reventar, y muy distante, como si estuviera en el lado oscuro de Plutón, el planeta que ya no era un planeta sino sólo un pedazo de piedra muerta a la deriva. Emma no entendía cómo un planeta podía dejar de ser un planeta; pensaba que era como si alguien dijera que los pinos ya no son árboles porque no comparten las mismas características que los demás árboles. Emma a veces despreciaba al hombre. Se cambió los tenis blancos por los zapatos sin tacón, de tela gris, desgastados, que habían soportado durante años los pasos lentos de Emma. No se peinó, sólo recogió su cabello con una pinza roja de plástico.

En la calle, se comió una ensalada de pollo, chícharos, elote, papas, zanahorias y aderezo. Se fue a casa, hizo la limpieza, lavó los platos, guardó la copa después de tomarse el agua de la noche anterior, tiró a la basura viejas cartas de amor, quitó de la pared el cuadro abstracto y colocó un paisaje. Un otoño. Con una cabaña y un molino, un río y un pescador solitario que no conseguía aún atrapar nada. Y se fue al parque enseguida.

Llegó a su banca y cerró los ojos. El aire era un poco más frío esta noche. Y un poco más oscuro, cercano al gris negro.

Buscó en el bolsillo de su falda. Un caramelo. Necesitaba algo dulce, y un caramelo podía darle una sonrisa. Era de hierbabuena. Le enfriaba la garganta al aspirar su esencia. Emma pensaba que los muertos nunca sentían frío.

Cuando Emma iba al parque, y se sentaba en la banca sobre la colina, bajo aquel árbol, y escuchaba el roce del aire fresco sobre las hojas de todos los árboles, y saboreaba un dulce, era esa Emma libre que bailaba y cantaba y hacía todas esas cosas maravillosas que amaba, y ya no estaba sola.




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marzo 23, 2009

La literatura fantástica en México

Elena Garro, creadora del concepto "realismo mágico".

La literatura fantástica, en cualquiera de sus vertientes (policíaca, ciencia ficción, terror, sobrenatural, real maravilloso, concreto hechizado, etcétera) no goza de muy buena reputación en América Hispánica, en general, y en México en particular, siendo la literatura realista (que no deja, sin embrago, de ser ficción; incluso aquélla que habla de personajes, lugares y acontecimientos reales, lo hace de un modo ficticio) la que goza de mayor audiencia, sólo superada (en ventas) por las insulsas lecturas de superación personal, new age y revistas frívolas de moda y chismes.

La Historia de nuestro país, como de nuestro medio continente, se remonta a un pasado idílico, pleno de fantasías. Lo fantástico está inmerso en nuestra cultura (¡qué más fantástico que la idea de un ser -o de muchos- todopoderoso!), es parte de lo que somos, y aunque la literatura realista sea en general más apreciada por los escritores y lectores, y más estudiada y valorada por los críticos, es un hecho consumado que la obras más importantes que han dado nuestras naciones pertenecen a ese género desdeñado por las mayorías.


En México, practican o practicaron el género personajes de la talla de Juan Rulfo y Juan José Arreola, pero también Carlos Fuentes, Julio Torri, Inés Arredondo, Salvador Elizondo, Elena Garro (fundadora de la literatura latinoamericana de mayor prestigio en el mundo: El realismo mágico, al que no sólo dio un nombre sino que también dotó de unas características bien específicas), Rafael Bernal, Amparo Dávila, también René Avilés Fabila, Bernardo Ruiz, Beatriz Espejo, José Emilio Pacheco, Ricardo Bernal, Alberto Chimal, Gerardo Horacio Porcado, Emiliano González, Mauricio Molina, entre muchos otros[1], sin contar a los nuevos escritores, sobre todo provenientes de la escena oscura, dark o gótica. De América Hispánica provienen personajes como Horacio Quiroga, Eduardo Ladislao Holmberg, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, y una larga lista que resultaría de autores sobresalientes.

Habiendo tal cantidad de autores que han creado obras fantásticas tan importantes, ¿por qué seguimos considerando al fantástico como un género menor? Las razones pueden ser muchas: desde la ridícula idea de que el relato fantástico es sinónimo de cuento para niños o jóvenes inmaduros que pretenden negar la realidad (lo que se conoce como escapismo, hasta la suposición de que un continente trágico como el nuestro, al cultivar una identidad más cercana al socialismo que al capitalismo globalizador, no tiene tiempo para la imaginación, luchando como está para tan sólo sobrevivir (estoy hablando de la identidad del pueblo, no del Estado autoritario que gobierna en la mayoría de nuestras naciones). Razones como éstas, válidas como pueden ser, no consiguen explicar por qué, entonces, además de la literatura basura tan abundante hoy en día, el libro más vendido es Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, novela perteneciente, quién lo duda, al género fantástico (por más que casi todos sus poco críticos críticos la cataloguen de novela realista contada con analogías, metáforas y metonimias (¡ay que ser pendejo!); ver los textos adjuntos a la edición conmemorativa, publicada por Alfaguara, para conocer los textos en su totalidad y sus débiles argumentos -disfruté especialmente el del delincuente Álvaro Mutis-; critíquelos usted mismo).

Siguiendo esta línea de ideas, si Cien años de soledad es aplaudida y adorada por tantos, y esos tantos la han convertido (desde la soledad de una psicosis; como mínimo, desde la mentira y la farsa, que tan bien se da en nuestros países, al igual que la adulación fácil y el onanismo en grupo) en novela realista, es evidente que ese pasaje se ha dado como una forma de justificar la lectura de una novela perteneciente a ese género tan aberrante y desdeñado que es el fantástico: Si la consideráramos novela fantástica -parecen decir tales críticos-, sería vergonzoso haberle otorgado un Nobel a su creador.

Sin ir ya demasiado lejos, podemos aventurar una idea: La (buena) literatura fantástica es un arte elevado, y por ende será comprendida y aprehendida por una minoría. ¿Digo con esto que el arte es elitista?


La élite (para los fines que en este texto nos ocupan) es un grupo desafortunadamente muy reducido, conformado por sujetos cuyos alcances intelectuales van más allá de lo simple y evidente, de lo obvio y elemental, es decir, individuos de mayor inventiva, creatividad, y sobre todo, poseedores de una mayor capacidad de análisis, que permite acceder a la importancia real de la literatura fantástica y su relación con el mundo real, siendo como es, su mejor analista y crítica.[2]

La literatura fantástica, al ser un arte que podríamos etiquetar de superior, va dirigida al hombre superior (ya dijimos en qué aspectos); evidentemente, el individuo superior no puede ser el mismo que conforma las mayorías. Éstas, las mayorías, están destinadas (de cierto modo trágico, no literal) a consumirlo todo: consumen lo vulgar, por un lado, porque apela a ellas (grandes ventas de libros de superación personal y psicología barata que ofrecen soluciones a los problemas típicos del ciudadano común), consumen lo superior, por otro lado, por un asunto de frivolidad, ya porque se pone de moda o ya por las campañas mediáticas, como las que hicieron llegar Don Quijote de la Mancha y el propio Cien años de soledad a círculos de lectores más abundantes que nunca antes.

Ahora que sabemos esto, ¿no sería correcto favorecer la educación de nuestro país, de tal modo que esa reducida élite creciera un poco más? ¿No sería lo ideal que cada vez más gente desarrollara su capacidad crítica, y que el arte, en lugar de bajar su calidad para llegar a más sectores de la población, fueran estos mismo sectores los que aumentaran su capacidad de asimilar el arte? ¿No sería maravilloso que se leyera menos a Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska y sí más a Juan José Arreola y Elena Garro?

En tal sentido, es bueno que existan libros como Harry Potter, Lestat y Crepúsculo. Cuando una persona jamás ha tomado un libro, y (gracias a la publicidad) se atreve a comprar y leer uno de estos libros, esto puede ser una buena entrada a una mejor literatura, es un buen comienzo. El problema es que la mayoría, aún prefiere quedarse con esas lecturas, sin aventurarse a ir más allá. ¡Cuántos lectores de esta nueva literatura jamás han leído una línea de Poe, Lovecraft, Bradbury, Hoffman, Quiroga, Verne, o tan siquiera de Borges! Y si bien, aquellos exitosos autores, a nivel ventas quiero decir, escriben novelas del género fantástico, es importante hacer notar que no toda la literatura fantástica es un arte superior. La verdadera literatura fantástica, la que llamamos superior es, en palabras de René Avilés Fabila, “un arte refinado que no ha alcanzado el lugar que le corresponde todavía, que pertenece a las minorías y que por sus dificultades formales o temáticas no consigue la penetración necesaria, especialmente en donde los problemas culturales son grandes. Y esto no es un criterio elitista, sino parte de un complicado fenómeno político y social”
[3]. Pero, ¿cómo podrá llegar a esos sectores? ¿Qué le ofrecen hoy en día un Poe, un Lovecraft, un Arreola, a una persona que con grandes dificultades gana algo de dinero, apenas suficiente para mal-comer, mal-vestir y mal-vivir? ¿Qué le ofrecen a sus hijos? ¿A quién le sobran 50, 100, 200 pesos para comprarse un libro que no está seguro de que entenderá o disfrutará? Tú, escritor, ¿qué le ofreces?
[1] Significativo el caso el de Carlos Olvera, ganador del segundo lugar del concurso de cuento “Juan Rulfo” de 1988, quien en 1968 publicó Mexicanos en el espacio, probablemente la mejor space opera en español al combinar la literatura de la onda con los temas que pronto se volverían clásicos de la ciencia ficción (corporaciones súper poderosas, vuelos espaciales, corrupción, totalitarismo), anticipándose a John Brunner, y que entonces abandonó el terreno fantástico, considerado cosa de jóvenes.[2] En la traducción francesa de Crash!, de J.G. Ballard, el autor señala en el prólogo: “La ficción está allí. El trabajo del novelista es el de inventar la realidad”. Es en tal tono que podemos afirmar que la ciencia ficción, y toda la demás literatura fantástica, más que ser un género de evasión de la realidad, es un modo de asimilar la realidad, de aprender a vivir en ella y a transformarla en lo que queremos que sea. Pero no es un trabajo sólo para el escritor, lo es también para el analista y sobre todo lo es para el lector.[3] René Avilés Fabila. “¿Es la literatura fantástica un género de evasión?”, en: Material de lo inmediato. Nueva Imagen, México, 2005. p. 124.

marzo 17, 2009

Nico no estaba muerta




Nico no estaba muerta


Era otoño. Nico no estaba muerta.

Era 1999. Y ella lucía vieja y joven, eterna.

Yo viajaba en bicicleta, mirando a los otros ciclistas. Un mujer rubia, de ojos distantes y sonrisa extraordinaria aunque triste, y quizá un poco fría, pasó junto a mí. Era Nico. Di media vuelta sobre la hojarasca y pedaleé lo más rápido que pude; fui tras ella.

Había muchas cosas en mi corazón y se las quería mostrar. Pero no conseguí alcanzarla.

Para Adri, con amor, quien
compartió la magia de Nico conmigo

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enero 24, 2009

Incidente en Reforma

(Robert Crumb)

Plumas


Caminaba sobre Reforma. Eran cerca de las tres de la madrugada y ningún taxi se atrevió a detenerse. Hacía frío, pero me pareció agradable cruzar hasta el camellón central y caminar bajo los árboles que parecían más despiertos a esas horas.

A unos metros de mí, bajo la pálida iluminación pública, algo se movió. Me acerqué a inspeccionar. ¿Qué será? Tenía la forma de un hombre, pero cubierto de plumas negras y grises. ¿Un hombre alado, emplumado?

Di una palmada para llamar la atención de la criatura, si criatura era (se movía, debía estar vivo), y miles de pájaros emprendieron el vuelo; ante mí sólo quedaba el cadáver putrefacto de una persona.

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noviembre 25, 2008

otro novedoso relato de serenidad fortuina para la «coletzión»

Fuck me and marry me young


Like a voice in the wind blow little crystals down
Like brittle things will break before they turn
Like lipstick on my cigarette
And the ice get harder overhead
Like think twice but never never learn…
—The Sisters of Mercy, Driven like the snow




Iba en el mismo autobús que yo, separada de mí por cuatro asientos y un pasillo atestado. Nuestras miradas se encontraron un par de veces cuando ella parecía buscar algo atrás, o tal vez a alguien. Su mirada se mantenía fija en la mía, y parecía estar a punto de sonreír, pero sólo se giraba hacia el lado contrario, recargaba la cabeza sobre la ventana y cerraba los ojos. Parecía dormir, pero de vez en vez sus ojos se abrían, fijos siempre en los míos, que no se desviaban nunca.


Volvió a abrir los ojos, sin dejar de mirarme, y un bostezo invadió su boca, tímidamente oculto detrás de la palma de una mano. Se desperezó, estiró el cuello, aspiró profundamente y se levantó. Caminó hacia la portezuela delantera, esquivando codos y bultos, y solicitó el descenso.

Caminó sobre la acera, y se detuvo frente a mi ventana. Sus pechos se dibujaban sobre su playera negra con una leyenda en nerviosas letras blancas: “Fuck me and marry me young”. Y el autobús reemprendió el viaje.


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julio 06, 2008

Inflorescencia

( Grass roots ii; Ursula Salemink-Roos )


Inflorescencia

Había oído de gente que habla con sus plantas y flores, para que éstas crezcan saludables; he sabido incluso de personas que les cantan o les recitan poesía. Por ello, no me sorprendió demasiado descubrir a Clara contando sus problemas a las macetas de mi departamento.

Al principio parecía un juego. Clara venía a visitarme una o dos veces a la semana. Cenábamos juntos, tomábamos una copa, asistíamos a obras de teatro, íbamos a los cines, escuchábamos música, y, más como una ocurrencia que como una actividad formal, cuidábamos las plantas de mi departamento. Clara disfrutaba ponerlas bajo la lluvia para que bebieran el vital líquido, ponerlas al sol o a la sombra según hiciera falta, cambiarles la tierra vieja por nueva o la maceta por una más grande, y, lo más interesante, ayudarlas a su reproducción. Nunca tuvimos, ni ella y no, mascotas. Las plantas eran un buen sustituto. En realidad, eran más que un sustituto. Para algunas personas son como hijos.

Clara sacó varios libros de botánica de la biblioteca pública, y aprendió lo fundamental sobre la vida sexual de las flores.

Comenzó a utilizar palabras como “pistilo”, “estambre”, “estigma”, “antera”, “filamento”, “corola” y “sépalo”. En algunas semanas, logró que mis plantas dieran más flores que nunca.

Todo esto podría parecer agradable, o incluso fascinante, excepto por una cosa: Clara ya no tenía más vida que las flores. Hacía semanas (tal vez meses) que no hacíamos el amor, que no íbamos al cine, que no salíamos a divertirnos, en suma que no hacíamos otra cosa que cuidar seres del reino vegetal. Incluso, por petición suya, llegué a darle una copia de la llave del departamento, “para acompañar a las flores cuando las dejas sola”, me dijo. No supe negarme. Por alguna razón, su explicación me pareció bastante razonable. Así que cuando salía a trabajar, Clara pasaba la mayor parte del tiempo en mi departamento, haciendo no sé qué cosas con aquellas plantas.

La primera anomalía sucedió después de una fuerte disputa entre Clara y sus padres. Llegué a casa y escuché voces y llanto. Cuidándome de no hacer ruido me acerqué a la habitación de donde venían los sonidos. Abrí la puerta suavemente y descubrí a Clara llorando y hablando con unos claveles.

—Ya no los soporto —decía ella, entre sollozos—. A ellos nunca les importó nada de lo que yo quisiera, ¿por qué creen ahora que tienen derecho a decirme qué hacer? —se refería a que sus padres no aprobaban su decisión de abandonar su trabajo para pasar el mayor tiempo posible al cuidado de mis plantas (trabajo que, por otro lado, no le generaba unos buenos ingresos).

Yo le apoyé en esa decisión, no por su relación con las plantas, sino porque me parecía injusto que trabajara durante siete horas diarias, incluidos los sábados, por una paga tan ridícula que no permitía a nadie sobrevivir, ya no se diga vivir dignamente.

Salí de la habitación, y cerré la puerta tras de mí. Esperé a que dejara de sollozar, y llamé a la puerta. Ella me hizo pasar. Dijo que había tenido un mal día, que se había sentido triste y que había llorado para desahogarse. Acepté su explicación. Nunca supo que me di cuenta de todo lo que pasaba allí.

Durante un tiempo, las cosas se relajaron. Volvimos a salir, aunque no tanto como en el pasado. Pero estábamos lejos de estar perfectamente bien: ella seguía negándose a tener un contacto más íntimo conmigo.

Traté de tenerle paciencia y esperar, y en buena medida lo conseguí. Y lo habría logrado del todo de no ser por lo que ocurrió aquella noche.

Para darle una sorpresa a Clara la llamé de la oficina y le dije que me quedaría dos horas extra en el trabajo, lo cual era falso. En realidad, planeaba llegar temprano, darle una nueva planta (una pequeña planta carnívora, en una diminuta maceta de barro) y pedirle que nos fuéramos de día de campo al día siguiente, que me tocaba descanso. Iríamos al mercado de flores y visitaríamos el invernadero. Seguramente le encantaría la idea.

Pero cuando llegué, escuché unos gemidos leves detrás de la puerta de mi habitación. Acerqué el oído y me sobresaltó un fuerte grito.

Ligeramente asustado, abrí la puerta de golpe, y lo que vi va más allá de la sorpresa, de lo imaginable: Clara, no estoy bien seguro de cómo, estaba haciendo el amor con una orquídea. Estaba acostada sobre mi cama, completamente desnuda. Aún recuerdo con triste claridad el momento en que la flor abandonaba su sexo, y la mirada despreocupada y lasciva de Clara.

Di la vuelta y salí a prisa del departamento. Vagué durante algunas horas por la ciudad, bajo la lluvia. Me interné en un parque completamente enlodado. Como un zombie, sólo caminaba por instinto, sin fijarme dónde ponía los pies, hasta que sentí pisar algo suave. Miré abajo y descubrí que caminaba por una jardinera llena de flores. Me sentí molesto y comencé a pisotearlas. Al principio levemente, después con furia. Resbalé y tomé entre mis manos algunos tallos que arranqué de raíz. Repetí la operación una y otra y otra vez, hasta que me derrumbé fatigado y llorando, y completamente empapado de lluvia y lodo. Cuando me tranquilicé, volví a casa.

Clara no estaba allí. El departamento se encontraba en silencio. La habitación estaba en orden. No sé por qué, pero de alguna manera esperaba encontrarme con un desastre y un caos absolutos. En su lugar, hallé la cama hecha, las plantas en sus repisas correspondientes y los platos lavados. Debe haberlo hecho Clara antes de irse. ¿De irse a dónde? Nunca lo supe.

Primero supuse que estaría con sus padres, pero rechacé la posibilidad porque ya sabía de antemano que no era una posibilidad. Comencé a buscarla en los mercados de flores, en el invernadero, sin siquiera encontrar su rastro. Después, pasé a los parques y florerías, con el mismo éxito. Llegué a creer que Clara sólo había sido un sueño, una invención de mi mente, para distraerme de la monotonía de mi vida, pero eso no explicaba las fotos que me había sacado con ella, ni tampoco tantos recuerdos, dulces la mayoría, aunque algo más amargos los últimos.

También me descubrí pensando en más de una ocasión en la posibilidad de que Clara se hubiera transformado en una de aquellas flores que tanto amaba. Había tantas ya que la mayoría me resultaban desconocidas. Yo tenía cuatro o cinco macetas, y tras los cuidados de Clara, éstas se multiplicaron tanto que ya no prestaba atención a la individualidad de las flores, sino al conjunto de ellas. Tal vez en alguna de la familia de los narcisos. Pero era absurdo pensar eso, no era más que un escapismo, una forma de esconderse de una realidad mucho más dura.

Pasó el tiempo. Me volví viejo y casi un ermitaño. Mi cabello se pintó de blanco y olvidé un poco la tristeza. Me resigné a no verla nunca más, a ni siquiera saber cuál había sido su destino, pero al menos había aprendido a vivir sin que su recuerdo implicara una condena, una tortura.

Y una tarde, fría y nublada, una de esas tardes melancólicas en que la nostalgia hace de las suyas, alguien llamó a la puerta. Cuando abrí, no vi a nadie, pero a mis pies descubrí una canasta de mimbre, cubierta por una manta, y en la trenza que sirve para cargarla, una nota sujeta con un alfiler.

La nota, escrita a mano, con tinta verde, decía: “Su nombre es Esperanza. Cuídala; te dará suerte”. Los pensamientos se arremolinaron en mi cabeza. ¿Sería la hija de Clara? ¿Sería acaso nuestra hija? ¿Habría pasado menos tiempo del que yo suponía? ¿Se trataría tan sólo de una broma cruel contra un pobre anciano? ¿Y cómo se supone que me daría suerte? Sólo había una manera de averiguarlo.

Llevé la canasta al interior. La coloqué sobre la cama, y retiré con delicadeza la pequeña colcha que cubría el contenido.

—¡Diablos! —dije, incapaz de dominar la sorpresa. Tibias lágrimas cayeron de mis ojos.

En el interior de la canasta yacía una pequeña y hermosa flor de lis, la favorita de Clara.

(Fue para Karl; por su cumpleaños)


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