junio 07, 2010

Gilbert Hernandez: a paso lento

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Autor: Gilbert Hernandez
Título: Sloth
Editorial: DC/Vertigo
Año: 2006
Género: Misterio, Humor, Realismo, Fantástico


Tres encantadoras líneas:

"Huertos de limones."

"En un pueblito como el mío, los huertos de limones a veces son una fuente de misterio para los jóvenes."

"Como los maizales en otros pueblos, los huertos de limones, se rumorea, muchas veces están embrujados, son lugares donde es fácil ocultar un cuerpo, donde los niños se pierden y nunca regresan..."

Tres encantadoras líneas que abren una de las novelas gráficas (o cómics, para quien no tenga miedo de llamar a las cosas por su nombre) más hermosas que hayan sido publicadas por DC/Vertigo. Escrita y dibujada por Gilbert Hernandez (famoso principalmente por ser, junto a su hermano Jaime, co-creador del cómic Love and Rockets, uno de los primeros cómics en dar el salto de lo meramente entretenido a lo profundamente artístico.





Debajo de esas líneas introductorias, colocadas sobre un claro anochecer, por ahí, casi como de pasada, vemos unos limoneros formados a ambos lados de la página, señalando un camino que se abre ante nosotros y se pierde en la lejanía, un camino que nos invita a seguir adelante, a perdernos en esta en apariencia delicada obra de arte. A perdernos en sus finos trazos, tal vez para no volver.

Damos vuelta a la página y vemos que el camino nos ha conducido fuera del huerto, hacia el pueblito, sobre el cual una diminuta arroja su blanca luz.

En seguida, nos vemos caminando por las calles del pueblo, cuyas sombras son negras y siniestras, mientras el narrador nos habla del agotamiento producido por las grandes urbes y la quietud que muchos buscan al refugiarse en estos pequeños lugares, donde educarán a sus hijos a un ritmo menos frenético, sin darse cuenta de que son sus hijos quienes sufren de aburrimiento y alienación en estas demarcaciones. Un retrato de esos niños aparece entonces, mostrándolos como espectros, como sombras de ojos vacíos.

Pronto nos contarán más sobre estos espectros, por ejemplo Joely Jones, una niña de excelentes calificaciones y apariencia introspectiva, quien nunca molestó a nadie, hasta que un día llevó un arma a la escuela y trató de matar a una maestra. Tiempo después, Joely se ahorcó en la cárcel.

El narrador entonces se da cuenta de que no hace falta seguir contando sobre otros, y dirige nuestra atención a su propia historia, que comienza cuando nos explica que él consiguió escapar de ese aburrimiento existencial y sus sentimientos de desasosiego, durmiendo. Sí, durmiendo, pero nos advierte que no se trata de un dormilón común, sino que “un día antes del tercer mes de mi décimo primer grado, caí en coma”, y entonces, un día, “exactamente un año más tarde, desperté”.

No hay una explicación para ninguno de los dos sucesos. ¿Quién necesita una explicación? Se trata de un relato, de una obra de arte, no de un expediente psiquiátrico.




Llevamos sólo cuatro páginas. Es suficiente. Lo que importa es comentar que la historia de Miguel Serra (ése es el nombre del narrador y personaje central de Sloth; es decir, uno de los varios, pero no queremos arruinar la sorpresa para nadie) no es una simple historia de eso que tan pomposamente se ha conocido como “realismo mágico”, con sus lluvias de limones, sus leyendas (sub)urbanas, sus lloronas, sus hermosas mujeres pecosas, sus gentes que andan de prisa como si evitaran darse cuenta de sí mismos, es una historia sobre los deseos y como los deseos se inmiscuyen en la vida de uno, sobre lo que hace uno para realizarlos (o para huir de ellos) y el dolor que existe entre el deseo y su satisfacción. Es una historia sobre abandonos y reencuentros, verdades y mentiras, sobre tener la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Es sobre un mundo lleno de demonios y sueños. Sobre personas que piensan en la muerte y en la vida y todos esos pequeños detalles que hacen que nuestra vida sea ésta y no otra, ligera o radicalmente distinta. En esencia, es una historia sobre personas que se buscan a sí mismas, que anhelan encontrarse más que nada en el mundo, “es una lástima que algunos clichés den una descripción tan exacta. Resulta imposible evitarlos, a no ser que uno esté dispuesto a sacrificar la claridad por la originalidad”[1], todo contado como una historia de misterio e investigación, con protagonistas adolescentes, un bosque (un huerto), noches oscuras, lámparas de baterías, glam y punk rock, abucheos y una cámara de video. ¡Ah! Y una buena dosis de humor, blanco y negro y a veces bastante retorcido.




El arte es fantástico, como siempre. Cualquier que haya visitado el pintoresco Palomar de Love and Rockets, sabe lo que puede esperar. En Sloth no hay efectos especiales, no hay luces y colores, que si bien son bonitos, no sirven más que para distraer la atención de lo que de verdad importa: el trazo y el entintado. Ése es el defecto de la mini-serie Grip: the strange world of men, también de Gilbert Hernandez, publicada por DC/Vertigo en el 2002; me refiero al color, que si bien fue aplicado adecuadamente (nada de luces destellantes y efectos computarizados como los que acostumbran WildStorm y Marvel Comics en prácticamente todas sus publicaciones), no aportaba nada al arte de Gilbert ni a la industria en general. En blanco y negro habría mejorado bastante. En Sloth no ocurre eso; tenemos el viejo blanco y negro, sólo lápiz y tinta, sólo aquello que es verdaderamente esencial en las artes gráficas, que nos permite disfrutar del trazado y de la historia, y darnos cuenta de cómo texto y dibujo son parte de un todo, y una buena novela gráfica no es sólo un relato en prosa con bonitos dibujos. El texto es tan importante como el arte, y permite a Gilbert ser considerado uno de los grandes escritores del medio, junto a Alan Moore, Neil Gaiman, Rick Veitch, Grant Morrison, Jamie Delano y Peter Milligan, y uno de los artistas más originales, junto a su hermano Jaime, Richard Case, Rick Veitch, Stephen Bissette, Dave Sim y Chris Bachalo.

Que no te gane la pereza y que no te atrape la lentitud. Ve corriendo (o caminando) a la tienda de cómics más cercana (o menos lejana), y consigue tu ejemplar de Sloth antes de que sea demasiado tarde. Y asegúrate de leerla dos veces antes de emitir un juicio.





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[1] Trevanian. El verano de Katya. España, Plaza & Janes. 1983. P. 94.





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marzo 26, 2010

México a 200 años de sí mismo

200

Eres la corrupción
Eres al aire sucio de la ciudad
La tierra muerta del campo
El alza de precios
Y el salario mínimo

Eres el narcotráfico
Y todos los presos políticos
Eres el ejército en San Salvador Atenco
Peña Nieto en el Vaticano
Carlos Salinas en el Primer Mundo

Eres el caos vial
La vecina que, pistola en mano, se lleva tu quincena
Eres el Cardenal Norberto Rivera
Y todos los niños tristes que ya no confían en el señor

Eres Vicente Fox y Marcelo Ebrard
Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo
Y todo lo que representan

Eres el ABC
Y un montón de niños de ceniza

Eres el PRI y el VERDE
El PAN y el PRD y te la juegas por México
(el ganador se queda con todo)

Eres Latin Lover y Maribel Guardia
Javier Alatorre y López Dóriga
El vómito en mi almohada
La mierda en mi baño
Eres el policía que se vende en la esquina
La ramera que preside la Corte

Eres todo eso y eres todos
Porque tú, amigo, eres México
Y todo México eres tú

“Feliz Bicentenario”
sonríe: todo está bien

febrero 27, 2010

La belleza de la guerra




Autor: Rick Veitch
Título: Army@Love (Army at Love).
Editorial: DC/Vertigo
Año: 2007
Género: Sátira sociopolítica/Guerra





Vuelve a las andadas el iconoclasta Rick Veitch (Swamp Thing, Can't Get No, The Maximortal) con una miniserie de guerra, escrita y dibujada por él mismo (con tintas de Gary Erskine, colores de Jose Villarrubia, letras de Travis Lanham, editada por la siempre genial Karen Berger).

La historia de Army@Love se ubica tanto en el imaginario Afbaghistan como en los suburbios de Estados Unidos, con algunas escenas en la también ficticia Mongrolia, y se desarrolla en un futuro cercano, cuando el Ejército Norteamericano le hace la guerra al país oriental (aunque nunca se especifican las razones del conflicto, lo más probable es que se trate de una simple invasión para apoderarse del territorio y sus riquezas; ¿acaso USA conoce otro tipo de guerras en la era moderna?), pero como es tradicional en la narrativa de Roarin’ Rick, el contexto funciona como alegoría de la realidad, mientras que las distintas capas narrativas, que vienen representadas por cada uno de los personajes (ninguno de los cuales es propiamente protagonista o secundario) y la idiosincrasia de cada región retratada, permean esa realidad, modificándola, a veces desgarrándola, provocando ese delicioso caos del cual él es un maestro.




No revelaré los secretos de esta cautivante e hilarante historia de guerra, traición, sexo y frivolidad, sólo comentaré algunos de sus aspectos básicos para despertar el interés en el lector potencial.

EUA en guerra contra un pequeño país oriental. El ejército americano se ve fortalecido por la incorporación de muchos jóvenes voluntarios. La mecánica detrás de tantos reclutamientos, es algo que se ha dado en llamar “Hot Zone Club”, y que básicamente es un club ficticio al que sólo pertenecen aquellos que han tenido sexo salvaje en el campo de batalla durante una operación riesgosa (o sea, coger al cobijo de las balas).

Uno de nuestros personajes es un traficante que fotocopia billetes y va engañando a medio mundo, que trata de matarlo, pero que siempre consigue escapar. Su esposa es soldado y está luchando mientras él se ha quedado en casa. Ella conoce a un recluta/mago, que le resulta atractivo, y mientras están siendo emboscados en un edificio, a ella se le antoja tener sexo con él, y para convencerlo se inventa al momento todo el “Hot Zone Club”. Y eso ocurre apenas en las primeras 10 páginas del primer tomo (son 12).




Si quieres una buena lectura, con buen arte, muchas risas y mucha reflexión en torno a la condición actual de la política gringa y mundial, no deberías dejar de leer este trabajo. Te costará alrededor de 350 pesos juntar los 12 números, pero eso mismo cuestan esos libros todos mal escritos que tanto te gustan de Vampiros Emos Adolescentes Crepusculares y ni siquiera tienen dibujitos.

Si al terminar Army@Love no estás de acuerdo conmigo en que es una obra excelente, miéntame la madre a creatica_deconstruccion@yahoo.com. Si, en cambio, crees que ha valido el esfuerzo, recompénsame dejando un comentario.




{La siguiente información no pertenece a esta entrada; si está aquí, es sólo por presumir; claro, también puede servir como una lista de recomendaciones de cosas que ni siquiera sabías que existían}

Leyendo: Michael Moorcock et al. Peón del Caos: Relatos del campeón eterno
Leyendo: Peter Milligan. Shade the Changing Man.
Releyendo: Grant Morrison. The Invisibles.
Terminado: Fedor Dostoievski. Memorias del Subsuelo.
Escuchando: Tom Waits. Alice.
Escuchando: The Eden House. Smoke & Mirrors.
Redescubriendo: Lou Reed. Ecstasy.
Redescubriendo: David J & Alan Moore. V for Vendetta.
Películas recién vistas: Kim Ki Duk. Bad Guy.
Películas recién vistas: Slava Tsuckerman. Liquid Sky.

febrero 24, 2010

Swamped!




Alan Moore y Rick Veitch: Cosas del Pantano


Peter Milligan: “Los símbolos deberían representar algo, luego, antes de derrumbarse, deberían desaparecer, dejando un espacio vacío que pueda ser llenado con el desastroso caos de nuestros sueños”. Estas palabras fueron escritas en el segundo número del segundo volumen de Shade the Changing Man (titulado: “Who shot JFK? the Unreal story”, y se refería a John Fitzgerald Kennedy y su asesinato para impedir que se convirtiera en el símbolo que estaba destinado a ser.

La etapa en que Alan Moore y Rick Veitch escribieron y recrearon “La cosa del pantano” terminó abruptamente, cuando el cómic podía haberse convertido en la obra más grande de todos los tiempos. Primero, Alan Moore, en 1984, en los primeros tres números que escribió, no sólo creó algunas de las historias más memorables de los cómics, sino que cambió para siempre el destino de la industria, al eliminar (al menos en parte) la noción de que los cómics eran para niños; “The saga of the Swamp Thing” pasó de ser un cómic de terror con monstruos, a una obra madura de suspenso sofisticado, donde se tocaban temas universales, como el amor, el odio, el peligro de la tecnología, el poder del dinero y la política y, por supuesto, el miedo.

Su prosa, rica en texturas, incorporó una narrativa poética más propia de la literatura de arte que de la literatura de entretenimiento. ¿Cómics de arte? Tal vez eso no impresione hoy en día, pero durante la primera mitad de los 80, era un concepto extraordinario, revolucionario. Es precisamente a Alan Moore a quien debemos (y no es poca cosa) que los cómics dejaran de ser únicamente literatura barata para niños y adolescentes inmaduros, donde lo más importante era el dibujo de hombres súper-musculosos y mujeres semidesnudas, que mediante métodos violentos protegían al mundo de violentos villanos súper-musculosos y villanas semidesnudas. Las cuatro obras fundamentales con las que Moore cambió la historia son: Watchmen, Miracleman, V for Vendetta y, por supuesto, Swamp Thing.

En 1974, cuando Len Wein y Berni Wrightson crearon a la Cosa del Pantano, ellos, como todo el mundo, pensaron que se trataba de un hombre (Alex Olsen) que, por un experimento fallido, se había transformado en un monstruo con características vegetales. Más tarde, la historia que originalmente ocupaba sólo 8 páginas (“House of Secrets” no. 92; 1971), se convirtió en una revista mensual, de 24 páginas (“Swamp Thing” no. 1; 1971). Un nuevo personaje, Alec Holland, científico también, sufre un atentado contra su vida, donde su esposa Linda fallece. Holland, bañado en su fórmula de restauración para plantas, cubierto en llamas, se arroja a los pantanos de Luisiana, y más tarde regresa convertido en el monstruo vegetal.

Cuando una década después le tocó su turno a Alan Moore de contar la historia, nos demostró que tanto Wein como Wrightson como todos los lectores y creadores pretéritos, estaban equivocados. Alec Holland sí había muerto en el pantano; lo que más tarde se levantó de su lecho cenagoso no era un hombre ni nunca lo había sido; el pantano mismo dio a luz a un ser que de alguna forma absorbió los recuerdos de Holland, y que durante varios años erró en busca de volver a ser hombre, algo que nunca conseguiría porque nunca lo había sido.

En una de las primeras historias de Moore, Jason Woodrue, “the Floronic Man”, descubre que la cosa del pantano no tenía nada humano, y Moore nos va revelando más y más de ese descubrimiento, hasta que nos enteramos de que se trataba de un ser elemental, un semidiós que tenía la misión de proteger a la naturaleza. Estos eventos quedaron registrados en el relato titulado “the Anathomy Lesson”, que es considerado por unanimidad la mejor historia jamás escrita en “Swamp Thing”. Y eso tan sólo es la primicia central de a penas el primer arco argumental de Moore; son todos los detalles, todos los personajes, mayores y menores, las historias, lo que está entre líneas, lo que hicieron de “Swamp Thing” una obra revolucionaria.

Alan Moore, el más grande escritor de la industria sin duda alguna, no sólo transformó a los cómics; también sus lectores cambiaron. De ser entes que automáticamente alababan al dibujante en turno, se convirtieron (lamentablemente no todos; y las nuevas generaciones parecen volver a ser como aquellos zombies) en personas analíticas, que ponían atención tanto al arte del libro como a la narrativa y a la estética de la misma. Con Alan Moore, el escritor se convirtió en la parte más importante del proceso creativo del cómic. El artista, quien siempre había sido la razón por la que la mayoría leía cómics, ahora era el acompañante, pero su papel, en lugar de devaluarse, se fortaleció. Ya no sólo tenía que dibujar bien; ahora tenía que dibujar bien siguiendo las indicaciones de un escritor, sin que hubiera una incoherencia entre lo escrito y lo dibujado. Afortunadamente, “Swamp Thing” siempre contó con artistas de primer nivel (en otros, Berni Wrightson, Tom Yeates, John Totleben, Stephen Bissette y Rick Veitch).

Pero nada es para siempre, y más temprano que tarde, Alan Moore se fue y el pantano se quedó solo y triste. O eso parecía, porque inmediatamente tras su partida, la creación de los guiones del cómic quedó en manos del hoy legendario Rick Veitch. Pero, un momento, ¿no era Rick Veitch el dibujante? Oh, sí, lo era. Y lo siguió siendo durante casi todo el tiempo que escribió. Los lectores por supuesto no sabían qué esperar. Veitch dibujaba una maravillosa cosa del pantano, y ya había demostrado que era un buen guionista también. La pregunta no era si podía escribir “Swamp Thing”, sino si podría mantener el nivel de excelencia que había alcanzado Alan Moore.

Rick Veitch también utilizó una narrativa poética, heredada de Moore, lo que ayudó a darle coherencia a la historia de Alec Holland, pero sus relatos abandonaron en gran medida el horror gótico, y añadieron más elementos de ciencia ficción y horror moderno (para un ejemplo, verse las historias de “Gargles in the Rat Race Choir” y “Fear of Flying”; en ellas, vemos primero a una enloquecida cosa del pantano falsa conduciendo un automóvil con sus dos tripulantes asustados, algo que ni siquiera Moore hubiera imaginado, y después, un hombre al que le dan miedo los aviones pero que se ve obligado a tomar uno aún cuando todos los indicios anuncia que se estrellará y, efectivamente, se estrella; luego, un harapiento John Constantine, creación de Moore, reprende a Alec. Eso es puro genio.)

Así que, en corto, Veitch demostró que era tan buen guionista como Alan Moore; incluso algunas de sus historias (“Infernal Triangles”, “Fear of Flying”, “One flew over the cuckoos nest”, Wild Thing”, “Gargles in the Rat Race Choir”) se consideran incluso superiores a varias del propio Moore.

El último arco argumental que escribió Veitch fue una larga aventura por el tiempo, en la que descubrimos que Swamp Thing es su propio padre (la magia de la literatura que permite esa clase de paradojas). Para esta aventura, Veitch escribió un guión en el cual la cosa conocería a Cristo, guión que primero fue aceptado, pero posteriormente, cuando iba a comenzar a ilustrarse, fue censurado por Jenette Kahn, presidenta de DC Comics. Veitch renunció a la compañía, con la advertencia de no volver a trabajar para ella (DC) hasta que su historia fuera publicada (lo cual no ha sucedido aún; sin embargo, Rick Veitch ha vuelto a escribir para DC). El encargado de completar el arco que Veitch dejó inconcluso fue un tal Doug Wheeler, un escritor que realmente no aportó nada, sino que destruyó casi por completo la magia de “Swamp Thing”. Pero eso no nos concierte.

La partida de Moore y especialmente la de Veitch de las páginas de “Swamp Thing” dejaron un hueco que nunca sería llenado. Alan Moore abandonó cuando creyó que era un buen momento, aunque muy prematuramente aún; Rick Veitch se fue por defender su ética.

Nunca sabremos que hubiera sido de “Swamp Thing” si las cosas hubieran sucedido de forma diferente. Nunca sabremos a ciencia cierta lo que Veitch planeaba hacer con Holland y sus amigos. Pero una cosa es cierta: la salida de ambos los convirtió en leyendas del medio, en símbolos de lo que significa se un artista del cómic, de lo que significa la dignidad y la ética.

Por ello, siempre serán recordados como las más grandes cosas del pantano que hayan pisado esta cenagosa tierra.

¡Salud!



diciembre 15, 2009

Instantáneas del F I N del M U N D O (ii)




Fiesta


Fue a una fiesta y bebió un poco. Se sintió mareada y se desvaneció. Ellos trataron de levantarla, pero ella no estaba ahí.


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Resistencia

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Resistencia
o la anamorfosis
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Oh just burn down the house!
Burn down the street!
Turn everything red and the dream is complete

—The Cure, Doing the Unstuck

En esta época donde una nueva convicción no reemplaza una vieja, sino más bien la devora y diversifica y se contradice, lo más decente es no buscar guirnaldas ni la bastarda gloria revolucionaria; permanecer en el estricto oficio donde el logro no es ya un reconocimiento general y la flor sino la discusión y la oscuridad del trabajo solitario del que excava tumbas.

Uno se resiste a la hoja en blanco [queremos ensuciarla]. Blanco sobre blanco. ¡Qué sueño! Pero la escritura es siempre negro sobre blanco; oscuridades sobre claridades. Y uno quisiera preservar esa hoja blanca, esa revista blanca, esa literatura blanca sin mancharla de objetos y persecuciones que no nos llevan a ninguna parte. Al finalizar el día, nos vamos a dormir y no podemos tener la seguridad de que nuestras manchas de tinta nos sobreviven durante la noche.

Mallarmeando un poco, hemos creado la anticultura. Desde Nietzsche Dios no es más que una impostura, bien nos dicen. Pero ¿cuál es el modus vivendi de una sociedad atea? Eso todavía está por verse. ¿Cuánto más? Todo está muriéndose pero no hay embarazos. Los sistemas políticos incluidos. Y tampoco parece que un nuevo movimiento de rebeldía de juventud como el Punk de 1966-1967 quiera dar muestras de salir a escena. ¿A qué esperamos? ¿Por qué nos resistimos? ¿Es que no vamos nunca a salir a tomar las calles y levantar la voz? ¿No vamos nunca a pintar la Ciudad de México de Rojo y Negro?

Me resisto siquiera a pensarlo.

Haciendo un poco como Samuel Beckett, llenando el blanco del vacío con voces y silencios que no significan gran cosa... Tenemos un hoyo en el corazón del tamaño de un camión y lo queremos llenar con basura, con agua, con amor, con una cogida de una noche, con flores o con el absurdo reflejo de la vida que está en otra parte. “El tiempo se llenaba con el silencio y el habla” (Martha Robles: 103). Y al final agua, nada de llamas. ¿Es esto todo lo que podemos tener? ¿Es esto todo?

Me resisto siquiera a pensarlo.

Como me resisto a llevar a cabo un formalismo chucho como la versificación académica tan g[u/a]stada por los latinos de la bota europea. Como me resisto a dejar de tocar una y otra vez el “the Eraser” de Tom con H Yorke. Como me resisto a comprar un teléfono móvil nuevo con la vana esperanza de encontrar mi viejo celular (porque una vana esperanza aunque vana es esperanza). Como me resisto a llevar una línea estándar, establecida por los sagrados cánones de la creación escritural, una prosa clara, directa o no tanto, pero no tan poco, un discurso coherente y bien estructurado. Y es que en mis laberintos creáticos plagados de fantasmas, en las cámaras secretas de nuestro corazón y de nuestro cerebro, no tengo nada realmente importante que decir. No soy un Artaud, ni un Montesquieu, ni un Maquiavelo, ni un Bukowski, ni un Verlaine. Es más, ni siquiera soy un maldito Cortázar como para que alguien pague el precio de impresión de estas hojas que debieron quizá quedarse en blanco sobre blanco {de no ser por la dolorosa resistencia a quedarse uno calladito en un rincón viendo cómo la vida de los demás se desdobla de las formas más interesantes} Y aunque ni soporto ni respeto a Cortázar, a veces me ciegan “unos celos furiosos e imposibles de vengar, la continuidad de un dolor sin esperanza” (Stendhal: 542), y me resisto a callar más. Pero... o en el fondo vencí esa negativa o en el fondo sólo soy un condenado escritor más, que se vanagloria de sí mismo en esta gloria vana y banal ante la que sucumbe incluso el verdadero genio, mas una vana gloria aunque vana es gloria. ¿Y por qué no voy yo a festejar mis propios logros {decidirme a continuar algo comenzado, algo apenas esbozado en un papel, es para mí un logro} usando mis propias palabras? ¿Por qué no va René Avilés Fabila a ponerle su nombre a su fundación? ¿Acaso Nietzsche pensaba que era estúpido?

Quizá sea que te cansaste de primero cantarle a la luna. Quizá sea que te cansaste de después implorar su atención. Y quizá sea que te cansaste de también mirarte a los ojos. Y ahora sólo como entonces esperas caer solo sin siquiera saber dónde. Podemos vender o dejar que se roben nuestros votos, nuestros países, nuestros grupos de rock, nuestros escritores, nuestras libertades y nuestros ratos de ocio. O podemos no dejar que eso pase. Podemos dejarnos morir y matar, lo cual es tan pero taaaaaaaaaaaan placentero, sobre todo en compañía de un buen disco del buen Tom Waits, del buen Lou Reed, del buen Iggy Pop, del buen Nick Cave, del buen Rozz Williams o del buen Joy Division. Pero también podemos o no resistir. Hallar una cura. Hasta Kafka lo hacía, o lo intentaba. ¡Pero su madre! Siempre las madres.



Ha llegado el tiempo de los asesinos;
hay que ser absolutamente modernos.
Hoy no necesitas despertar convertido
en un repugnante insecto para que la
sociedad te trate como a un insecto.





Bibliografía básica recomendada en eterno crecimiento (vuelva pronto) para reconocer un absurdo que se resiste a ser comprendido (me resisto a poner la letra A por encima del resto):


Stéphane Mallarmé. Poesía completa. Barcelona, Ediciones 29. 1979.
Stéphane Mallarmé. Variaciones sobre un tema. México, Verdehalago. 1998.
Martha Robles. La ley del padre. México, FCE. 1998.
Antonin Artaud. Cartas desde Rodez 1. Madrid, Editorial Fundamentos. 1981.
Samuel Beckett. Three plays. New York, Black Sparrow. 1989.
Arthur Rimbaud. Poesía selecta. Ciudad de México, Ediciones Coyoacán. 1999.
Milan Kundera. La vida está en otra parte. México, Seix Barral. 2002.
Stendhal {Henry Beyle}. Rojo y negro. España. Editorial Planeta. 2001.
Charles Bukowski. El mundo visto desde la ventana de un 3er piso. México, Letras Vivas. 2005.
Patrick Waldberg. Dadá la función del rechazo. El surrealismo la búsqueda del punto supremo. México, FCE, 2004.




Epílogo mágico musical:

[A]Poema o blanco sobre blanco
Las flores de la tumba florecerán
Con relatos novedosos de serenidad fortuita
Y la fábrica de ilusiones
Va a existir siempre
Como una alma activa
Del reino
De los ídolos anamórficos
Que yacen soñando aquí con sus trajes nuevos
Escucharemos acertijos de oraciones
llamando
Las escenas de pintura de labios que acechan
Y el muchacho abrazado de un dios flexible
Y muchachas bonitas gritando
Los perdidos y los encontrados
Se acostarán con sus amores estáticos
Limpiando el corazón del eco
Hacia un paraíso privado de sueños
En un aire que se derrumba



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septiembre 15, 2009

Instantáneas del F I N del M U N D O ( i )

Paseo nocturno





Era pasada la media noche y me caía de sueño. Abrí la puerta y salí de la calle hacia mi casa. Me lavé la cara, las manos. Me quité la corbata, la camisa, el pantalón y los zapatos; los arrojé en cualquier parte.

La puerta de mi casa estaba cerrada desde adentro; alguien estaba ahí, durmiendo, podía escucharlo roncar.

En la cocina guardaba una llave de repuesto. Fui por ella y regresé y abrí la puerta. Allí estaba yo, durmiendo y soñando ruidosamente. Me acosté dentro de mí, conté 26 borregos y algunas cabras y me dormí y desperté.

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agosto 18, 2009

Minificciones

Fantasías I


El bombero
Apagó el incendio con gasolina.

PescadorCazó aquella ballena con sólo sus manos.

Cuento fantástico (mentira descarada)...y vivieron felices para siempre.

Cuento fantástico (realismo concreto)...y murieron felices para siempre.

Disculpa
¡Lo juro! ¡No sabía que tenía cinco años!

Utopía
Cada vez hay más menores de diez años que cometen suicidio.

Increíble
Cuando despertó, ella todavía le parecía hermosa.

Imposible
No sólo era una rubia hermosa e inteligente, también era heterosexual.

Milagro
Cuando la conocí, ella todavía era virgen.


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