febrero 21, 2011

Pop Fantasy Gore



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¬_¬

Pedazos de Him y Rasmus flotaban en un charco de sangre enlodada.

La cosplay-niña se arrancaba el cabello, desesperada, las lágrimas con sombra de ojos chartreuse, el maquillaje embarrado de rostro.

La cosplay-niña se arrojó al suelo, sobre los fragmentos de sus idorus. Un dedo, un cacho de pie, un codo, varios dientes, una nariz y una lengua, pero ningún ojo.

—¡Perdónenme! —gritó la cosplay-niña anegada en llanto— ¡No quise hacerlo!

:-(

Recolectó los pedazos y los guardó en la bolsa biodegradable de plástico negro, con el resto de pedazos de otros idorus que había logrado reunir, y se marchó al refugio (Hotel Tokio).


La loly-niña de cabello verde trató de consolar a la cosplay-niña con un beso en la mejilla llena de rouge. Juanito-chan se unió al abrazo, y pronto lo siguieron los otros chicos del club :-

—Fue mi culpa —sollozó la cosplay-niña, secándose las lágrimas verdes con el borde del vestido bermellón. Su liguero se había aflojado, y sus camaradas le ayudaron a llegar al estrado, donde colgaba una cruz podrida sin rastro de dios. Pero pronto iba a dejar de estar vacía :-)



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febrero 11, 2011

La habitación de Lupe





Lupe, pues Guadalupe se llamaba, se sentía realmente aburrida. Pero no sólo ese día; siempre. La vida ya no era nueva, todas las mañanas y también todas las noches eran iguales a la anterior. Todos los novios, todos los amigos, todos iguales.

Lupe caminaba con las manos en los bolsillos, la mirada y el espíritu sobre el suelo, pateando constantemente una vieja botella de 7up, sin pensar adónde dirigirla. De pronto, se detuvo. ¿Dónde estaba? Lupe no lo sabía. Miró a ambos lados. Había varios comercios, y el ambiente allí era un poco viciado, como si la totalidad de sus habitantes hubieran decidido fumar a la vez. Era una calle nueva, una que Lupe no conocía. Parecía haber brotado de la nada, y Lupe se sentía desconcertada.

Los ojos de Lupe hicieron una toma panorámica: había una cantina, una librería, una tienda de antigüedades, una licorería, un cabaret, una tienda de armas y una sex-shop. El alcohol no era nuevo para ella, ni los libros, ni las reliquias, ni los espectáculos de vodevil.

Algo nuevo, algo nuevo. ¿Un vibrador, una pistola? ¿Sexo, muerte? ¿Darle alegría a la vida, quitarse la vida? No era una decisión fácil de tomar, de ningún modo, pero debía hacerlo.

Después de unos segundos, se decidió a visitar la sex-shop. Consciente de que si nada de lo que encontrara ahí dentro la ayudaba a cambiar su vida, siempre estaría abierta la posibilidad de terminarla.


Lupe volvió a su casa antes de anochecer. Vació la bolsa de sus compras sobre la cama y contempló los diversos objetos que había traído de la tienda. Eligió algunos de ellos que, como informaba la etiqueta, se usaban en la ducha.

Después de bañarse, Lupe se sintió alegre, pero todavía no entendía cuál era la maravilla de todo aquello. Sí, había sido interesante y educativo, incluso agradable, pero si eso era todo, mejor hubiera comprado una escopeta de doble cañón. Sin embargo, era muy pronto para rendirse, aún quedaban varios objetos sin usar.

El que más llamó su atención, era el libro. Lupe había pensado que se trataba de algo así como un kama-sutra para uso individual, pero al hojearlo, ya no estaba tan segura.

Su mirada se detuvo sobre algo que parecía una receta. “Conjuro para la soledad inoportuna” (soledad inoportuna, la historia de mi vida). Así que se trataba de un libro de magia. Qué estupidez, pensó Lupe, quien no tenía estómago para soportar a todos esos payasos new age y supuestos magos wicca. Implacable devoradora de textos marxistas, Lupe era una auténtica materialista. No obstante sus prejuicios, decidió darle una oportunidad. Tal vez sería divertido, como las sesiones de oui-ja en la casa de su prima Cecilia, a las lecturas del Tarot de Laura Olivia.

Comenzó a leer el conjuro. De inmediato sintió los efectos del ritual: su cabeza se sentía ligera, el aire era más fresco, el mundo era más grande y había más cosas en él que un momento antes. Eso sólo le había sucedido algunas veces cuando leía una novela o veía una película realmente buena o consumía drogas sintéticas, es decir: cuando se olvidaba de sí misma y se fundía con lo que leía en el libro o lo que veía en la pantalla o lo que llevaba dentro.

Al terminar de leer el conjuro, se sintió adormilada. Creo que me he hipnotizado a mí misma, alcanzó a pensar un instante antes de perder la conciencia.


Lupe se encontraba acostada en su cama, completamente desnuda. Unas manos frías tocaban su piel y la hacían estremecer. Las manos frías recorrían cada milímetro de su piel, una gélida caricia erógena, pero Lupe no podía ver a nadie, la habitación estaba completamente oscura.

Un dedo largo y áspero tocó su garganta como un cuchillo sediento de sangre. Lupe dejó escapar un gemido, mitad de miedo y mitad de placer.

—Calla —dijo una voz. Ni de hombre ni de mujer. Sólo voz y ya—. Calla y siente.

Y Lupe sintió.

Las afiladas uñas de aquella mano fría arañaban ligera, dulcemente su piel aún húmeda por la ducha, causándole un placer hasta entonces desconocido.

—Calla.

Trató de contener sus gemidos, mientras todo su cuerpo temblaba.

De pronto, sintió un sabor como a guayaba madura en su boca, y un aroma a madera quemada llenó su nariz, y después ya no sintió nada. El conjuro había terminado, pero la sonrisa en el rostro de Lupe permanecería ahí durante un buen rato antes de volver a ser la mueca pesimista de todos los días.


Durante algunas semanas, Lupe sólo podría explicarse lo sucedido como un sueño, o como una sugestión (muy vívida, eso sí) provocada en parte por el libro y en parte por el aburrimiento de su vida.

Lupe sabía que los rituales pueden ayudar a darle sentido a la vida. Incluso los rituales mágicos. Sobre todo los mágicos. No es que la magia exista en el sentido ortodoxo del término “existencia”; la magia es más bien un modo simbólico de atar cabos sueltos, de cerrar círculos, de unir los puntos a través de la página de estar vivos. O eso es lo que alcanzaba a comprender de sus lecturas antropológicas. La mayoría de personas no creen en ello porque sencillamente no pueden creer algo que no entienden. Es más fácil dar la media vuelta.

El ritual es sólo un catalizador de algo más, como lo es lavarse para estar limpios o comer para mitigar el hambre. Es igual al caso de aquellas personas que no se sienten tranquilas hasta que contaron todos los autos azules que ven en el camino rumbo al trabajo, que no pueden ir a ninguna parte hasta que ordenaron todos los libros, o que no pueden comenzar sus labores diarias si no se ponen primero el calcetín derecho y luego el izquierdo, personas que tienen la vaga sospecha de que si no lo hacen, algo malo les sucederá.

Entonces, su sueño significaba unos pocos puntos unidos que le daban algo de cohesión al grisáceo desorden interior, al alma, al corazón de Lupe, una suerte de amuleto para alejar la mala suerte que vestía con máscara de tedio. Sí, se sentía bien, en su mente ya no revoloteaban tanto las ideas de suicidio, pero tampoco es que estuviera en un estado de gracia. Seguía siendo ella, sólo que con algo de tranquilidad en la cabeza.

Pero si todo había sido un sueño, la realización simbólica de la reparación de sus sentimientos, ¿por qué tenía aún ese sabor a guayaba? Pensaba que el sabor estaba en la fruta, no en la idea. ¿Estaba equivocada?


Lupe fue al supermercado. Metió en el carrito un paquete de toallas femeninas, una bolsa de botanas, una lata de frijoles, dos cartones de leche, un desodorante, una cajita de grapas, y otras cosas indispensables.

Se detuvo frente al refrigerador de carnes frías. Diversos aromas llenaban el espacio. Pescado, cerdo, res, pollo, quesos, cremas. Sintió una punzada de asco, pero logró contenerla, evitando que su estómago vaciara su contenido sobre el lustroso suelo del establecimiento.

Qué extraño, Lupe no era ninguna vegetariana. Le parecía una hipocresía suponer que la vida de un animal fuera más importante que la de un vegetal.

Cerró los ojos para recuperar el oxígeno y el alma (a pesar de su marxismo, a veces cree que existe algo a lo que sólo puede dar el nombre de alma o espíritu; sí, Lupe está consciente de que eso es caer en el terreno de la fe, pero qué es el materialismo histórico sino un acto de fe, una religión sin metafísica). Un instante después, un aroma dulce llenó sus pulmones. Se sentía mejor.

—¿Le puedo ayudar en algo, señorita? —preguntó una empleada. En su gafete decía que su nombre era Carmen.

—Sí, Carmen —dijo Lupe—. Me gustaría una bolsa de guayabas. Y azúcar, por favor.


Más tarde, cuando la alegría de unos cuantos días ya dejaba asomar el abatimiento de muchos años, Lupe decidió que deseaba realizar el conjuro una vez más.

Igual que la vez anterior, primero tomó un baño acompañada de algunos de sus juguetes. Dándose cuenta de que antes se había reprimido un poco, esta vez se permitió ir más allá, gozar de la experiencia, consciente por primera vez de que su vida, su placer y su cuerpo le pertenecían a ella, que su cuerpo más allá de ser suyo, era ella misma, y que toda represión es la que impone la sociedad en forma de sentimientos de culpa.

Secó su cuerpo y su cabello, se tendió desnuda sobre la cama y abrió el libro. De último momento, decidió quemar incienso.

Aspiró el humo acanelado. Recorrió con la mirada la piel de sus piernas. Tengo un hermoso color y una agradable textura, dijo a media voz, por qué no habría de reconocerlo. Cerró los ojos y llenó sus pulmones de fragancia y oxígeno. Un poco de música, pensó. Pero se sentía relajada y no se levantó. Cuando comenzó a sentirse somnolienta, buscó el conjuro y lo leyó en voz alta, creyendo totalmente en él, de la misma forma que creía en el incienso, en el aire que respiraba y en el calor del colchón.

Leía y su cuerpo se acariciaba, sintiendo su forma, sus detalles. Su respiración se agitó, el embrujo comenzaba a surtir efecto.

Cuando terminó, aún era temprano. Sólo le había tomado media hora. En su mente reproducía las sensaciones que había tenido: el mismo placer de la primera ocasión, pero mucho más intensamente. Y una sensación nueva, algo que parecía dolor. Se miró la entrepierna y descubrió unos arañazos. Se asustó un poco pues no recordaba habérselos hecho, pero tampoco recordaba claramente todo lo demás, únicamente sabía que había sido maravilloso.


Sin embargo, la alegría duró muy poco. Tan sólo dos días después, Lupe volvía a sentirse abatida. Era parecido a la resistencia que presentan los cuerpos a las drogas. Cada vez necesitan de dosis mayores o drogas más fuertes, y con mayor frecuencia.

Esa tarde, se comió seis guayabas, se bañó dos veces, encendió incienso y velas, puso música, bebió una copa, se masturbó mientras leía el conjuro, y esperó.

Pronto comenzó a sentirse mareada. Sus sentidos se agudizaron. Podía percibir el aguijonazo del incienso, el humo de las velas, que formaba figuras inauditas, como los bajorrelieves en las catedrales antiguas. Algo palpitaba feroz dentro de ella, algo como un núcleo de piedra, como un volcán, como un mar en ebullición.

Lupe escuchaba sus propios gemidos y su respiración alterada. Acto seguido, el volcán hizo erupción.

La habitación de Lupe ya no era la habitación de Lupe. Era un salón, una habitación en medio del Infierno. Había cosas sin ojos que la observaban, y cosas húmedas y rojas en las paredes, y alfombras de piel que emitían risas burlonas.

Lupe yacía sobre una plancha de hueso. Una figura inhumana se había colocado encima de ella. Parecía una mujer, y, al mismo tiempo, no se parecía a ninguna mujer. Sus ojos eran completamente negros, sin pupilas o globos oculares discernibles. Era como mirar directamente al abismo y que éste te devolviera la mirada. Era como mirar directamente al vacío y darse cuenta que el vacío tenía forma humana. En el mundo humano no podía haber nada tan negro, imposible. La textura de su piel era parecida a la sangre coagulada, y algunos huesos afilados asomaban de su cabeza escamada, sus brazos y su espalda.

Aquel rostro hermoso y terrible abrió una boca inundada de aftas. Lo que parecían millones de pequeñas dagas se cerraron sobre el cuello de Lupe. Era el beso más doloroso y placentero que Lupe hubiera conocido. Podía sentir la lengua de aquella criatura jugando con su carne, sus garras al cerrarse sobre sus delgadas muñecas, su sexo buscando el de ella, abriéndose paso como una fiera sobre su presa. Sus alas membranosas la envolvieron en un abrazo siniestro, apartando de sus ojos toda luz. Saboreó su carne—carbón, saliva y malicia. Su aroma a sudor y fruta podrida.

El orgasmo de Lupe era enorme y oscuro, el grito vertical de una boca muda, un barco hundido en lo más profundo de un mar negro. Ganchos aguzados desgarraban su interior, y pequeños objetos frágiles, como crustáceos de vidrio, rompieron las paredes de su carne interior.

Un suspiro semejante al de un alma torturada o un tranvía desbordado, surgió de la garganta ensangrentada de Lupe. Lupe abrió los ojos, y después, los cerró.



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octubre 03, 2010

Escenas eliminadas 001 -- Razones

Doce razones para no morir nunca



· Elotes asados
· “Kiss of life” de Gene Loves Jezebel
· El Profeta del Nopal
· Rimbaud
· Las películas de Takashi Miike
· Sweet Tooth de Jeff Lemire
· “La 1a calle de la soledad” de Jaime López
· Xocotl Atl amargo
· Las ballenas jorobadas
· Alan Moore
· El cuerpo de PamTekElha
· La palabra “libélula”

Aún así, lo que quedaba de Miguel Ángel se balanceaba suspendido en el centro de la sala. Amalia recogió la ropa que había estado al sol en el tendedero que faltaba.
Luego quemó la hoja y el humo le sacó lágrimas.

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septiembre 20, 2010

Uno de seres del espacio

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Impacto


El lugar del impacto no estaba lejos, y mi curiosidad era grande. Me puse mi abrigo, y salí rumbo a las colinas.

Aún en la distancia, podía oler el humo. Lo que fuera, era grande y emitía un resplandor rojo que contrastaba con la noche. Comencé a correr, ya no estaba lejos.

Entonces lo vi: alto y delgado, blanco y calvo como un paciente de quimioterapia, tenía ojos negros y profundos como fosas abiertas, como hoyos negros que trataban de atraparme. Sería hermoso si no fuera tan aterrador.

Caminaba por ahí, tambaleante, junto al fuego, como si cualquier accidentado que no entiende lo que ha pasado. No parece que se haya dado cuenta de mi presencia ahí, o tal vez no le importaba.

Sentí lástima por él. Ahí estaba, confundido, por todo lo que sabía él podría ser un viajero extraviado, y su familia podía estar ardiendo en llamas mientras él era incapaz de ayudarlos.

Me acerqué con precaución. Cuando me vio, comenzó a gritar aterrado, pero no había a donde correr. Resignado, esperó.

No entiendo bien qué sucedió, tal vez la compasión por el dolor ajeno me impulsó a hacerlo. El caso es que me arrojé sobre él y lo abracé con todas mis fuerzas. Lo escuché llorar en ese extraño tono que tenía su voz, y escuché una voz que no reconocí al instante:

—Calma. Ya todo está bien.

Era mi voz, hablando entre sollozos. Era la primera vez que lloraba desde que era un niño.

Tenía los ojos firmemente cerrados. Tal vez habían pasado dos minutos cuando me percaté de que estaba abrazando el aire. El fuego comenzaba a extinguirse, ya casi no había humo y la luna se asomaba entre las nubes.

Emprendí el camino de regreso, pero no llevaba prisa. La noche era tibia y agradable. Las estrellas brillaban, y entre ellas, una notablemente pálida cruzó el firmamento, hasta perderse de vista.

Tal vez era un ángel.


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septiembre 13, 2010

Los «Mythos», según Alan Moore





Alan Moore


Cthulhu, siempre el maldito Cthulhu. Y Alan Moore. Alan Moore “y su maldito Cthulhu” . Primero, allá lejos, en 2003, estuvo Yuggoth Cultures, que derivó en Nightjar, de Anthony Johnston. Pronto vino The Courtyard, también de 2003. Y ahora, en 2010, una continuación directa a éste, pero llevada hasta el límite, con el elocuente título de Neonomicon. Todas ellas, obras publicadas por Avatar Press.

Los «Cthulhu Mythos» fueron creados por Lovecraft, en parte también por sus amigos, colaboradores y sucesores, y han estado con nosotros durante los últimos 100 años, en forma de homenaje, derivación, parodia y continuación. Nos han visitado en novelas, cuentos, juegos de rol y de video, películas, canciones, artes plásticas, y cómics. Es más, el propio Jorge Luis Borges, pese a su abierta antipatía por el estadounidense, no pudo resistir el deseo de sumarse a este universo de seres extraterrestres y multidimensionales, casi dioses, casi demonios, y lo hizo con el excelente “There are more things”, incluido en El Libro de Arena. Pero Borges no nos importa, ni tampoco ninguno de los millares de imitadores; estamos aquí reunidos para hablar de Alan Moore y su maldito Cthulhu.

Los «Mythos» en manos del autor inglés, no son una mera imitación, ni tampoco simples homenajes. Son una actualización del panteón lovecraftiano, una versión moderna de estos seres y su impacto en la civilización.

Los ¿héroes? de Lovecraft eran intelectuales pusilánimes, hipocondriacos solitarios obsesionados con la muerte, criaturas incapaces de hacer frente a los problemas que ellos mismos se buscaban. Es lo lógico; en los años en que Lovecraft escribió, los «Mythos» las referencias a estos seres seguían apareciendo únicamente en olvidadas obras de ocultismo, viejos volúmenes de magia negra escritos en lenguas que nadie sabía leer, tratados de demonología de la edad media, y toda clase de libros prohibidos. ¿Será verdad lo que dicen, que la obra no es diferente a la mano que la escribe?

Cthulhu según Alan Moore, ha cambiado en la modernidad. Con el avance y crecimiento de las comunicaciones, y especialmente de la Internet, sería poco probable que un conocimiento tan importante quedara en la oscuridad, y los hechiceros modernos encuentran que la praxis de sus blasfemas artes es más fácil que nunca. Los héroes del también Músico, Mago, Anarquista y Novelista, son agentes del FBI, bien preparados y con armas de fuego. No son los que invocan a Cthulhu y a Dagon, sino los que quieren evitarlo.

Es relevante hacer notar una sugestiva trasposición que ocurre en el relato: Uno de los personajes más famosos de Lovecraft, el pintor Richard Upton Pickman , aparece mencionado en The Courtyard, donde también es un retratista de atrocidades, y sus obras “toman prestado algo de Breughel y el Bosco, pero trasladan aquellos horrores al metro subterráneo de Boylston Street”. Dentro de la obra, Alan Moore no está contando lo que está haciendo con ella, nos está gritando a la cara que está convirtiendo al viejo Howard Phillips, en un habitante del siglo XXI. No me sorprendería descubrir que Randolph Carter lleva el último disco de Christian Death en su iPod. Es que en serio: ¡Maldito Alan Moore! ¡Siempre ha sido más listo que todos nosotros, y que cualquier en el medio, y le encanta echárnoslo en cara!

Pero aunque los investigadores vienen bien equipados con pistolas y rifles, Neonomicon no es un Resident Evil ni otra insignificancia por el estilo. Es horror, puro y auténtico, donde los castillos embrujados han sido sustituidos por clubes góticos, los hechiceros y sus grutas en zonas olvidadas, por chicos new age y sus departamentos en los barrios bajos, las cofradías de brujas por las pandillas de junkies. Ahí donde Lovecraft se autocensuraba, ya fuera en sus ideas racistas, o sobre todo al omitir los detalles de los rituales que practicaban sus personajes, rituales que obviamente envolvían elementos sexuales, Alan Moore da rienda suelta a su exquisito mal gusto, y no se permite la menor duda, el menor titubeo, la menor represión, y el artista Jacen Burrows, recrea sus pasajes a la perfección, como era de esperarse tras The Courtyard y la fama adquirida en Crossed de Garth Ennis . Es un horror sobrenatural para la época moderna, aderezado con un interesante elemento metatextual, visto en algunas de las mejores obras del medio, como Animal Man, The Filth, ambas de Grant Morrison, y sobre todo en 1963, del propio Alan Moore, donde los personajes son conscientes de lo que son: personajes en una ficción. Y eso es tan sólo lo que hemos visto en el primer número, de los cuatro que serán en total, pues es el único que ha sido publicado hasta ahora.

Hoy no nos asustan los fantasmas ni el diablo. La actualidad es una época de horrores auténticos: guerra, pobreza, violencia extrema, intolerancia. Cierto, son aspectos de la cultura que siempre han estado presentes, pero nunca se han vivido con la misma intensidad que en el presente, aunque suene a frase hecha. Por algo son frases hechas. Hoy, el ser humano es más duro, es más difícil asustarlo, y eso sin duda no es una virtud. Háblale de muerte y no se estremecerá. ¿Quieres estremecerlo? Háblale de muerte, de la muerte que ocurre a las puertas de su casa, en la casa de junto, o en su propia casa, hazle notar que él mismo puede ser una víctima la próxima vez que se levante de la cama, recuérdale que él puede tener algunos esqueletos en el armario, o, mejor/peor aún, hazle entender, o como mínimo considerar, que es posible que su existencia, que lo que él cree que es su existencia real, podría tan sólo tratarse de una ficción, de una idea, de un sueño, y podrás contemplar cómo se derrumba.

Es de lo que hablan los «Mythos» en voz de Alan Moore. Por supuesto, Alan Moore es un fantasista y un poeta (además de muchas otras cosas), y sus historias son metáforas de la existencia (sea o no sea real), de una forma parecida a las metáforas usadas por Chris Carter en The X-Files, para contarnos su punto de vista sobre la corrupción en las Instituciones, sobre las posibles conspiraciones de control social, pero mientras Carter habla sobre verdadero monstruo, es decir el ser humano, Alan Moore habla sobre la “verdadera” ficción: el ser humano.





{ otros trece cómics necesarios de Alan Moore }

Watchmen
V for Vendetta
The League of the Extraordinary Gentlemen
From Hell
Miracleman
Swamp Thing
1963
A Small Killing
Promethea
Batman: The Killing Joke
Lost Girls
Top Ten
America's Best Comics


Nota: Alan Moore se ha deslindado de todas las películas basadas en sus creaciones (Constantine, From Hell, Watchmen, V for Vendetta, The League of the Extraordinay Gentlemen), y se ha asegurado de no recibir dinero proveniente de ninguna de ellas. Si usted decide verlas, recuerde que es bajo su propio riesgo. Más información, en el siguiente enlace:

http://www.bleedingcool.com/2010/09/09/alan-moore-speaks-watchmen-2-to-adi-tantimedh/

agosto 14, 2010

Homenaje a Harvey Pekar (1939-2010)




Extrañando a Harvey Pekar






Ayer fui a la tienda de cómics. Pero la tienda había desaparecido.

El guardia de la plaza me dijo que hacía tiempo que la tienda no estaba en esa ubicación, y enseguida el gerente de patio me dio indicaciones de locales de historietas en Miramontes. Caminando sobre Miramontes, mirando un montón de objetos caros e inútiles, como réplicas vulgares de arte vulgar, cubiertas de colores para teléfonos móviles, animales de peluche, espejos, pregunté a la vendedora de mostrador de un local de juegos de cartas como Magic: The Gathering, y Mitos y Leyendas (mientras me decía: “al fin, algo que no carece por completo de sentido”) dónde podía comprar historietas, y ella me dijo que dentro del bazar de Pericoapa, en tal y tal pasillo, podría encontrar. Y encontré, es cierto, pero sólo historietas japonesas, manga. Si supiera leer en japonés, probablemente no habría comprado ninguna tampoco. La vendedora me dijo que en el doble K sí vendían historietas occidentales, que eran las que yo buscaba. En realidad, iba en busca del Neonomicon, de Alan Moore, y cuando llegué al local indicado, resultó que sólo vendían ediciones en español, y únicamente de superhéroes. Pero fue bueno ir allí, porque la vendedora (otra mujer; empiezo a notar un patrón aquí) me dijo en dónde encontraría el ComiCastle, que era la tienda que originalmente buscaba y que creí que se había esfumado.

Después de agradecerle su ayuda, me dirigí a la dirección indicada, y, en efecto, allí estaba. Al entrar, fui recibido con un “buenas tardes” de la chica encargada. No me sorprendió que se tratara de una mujer, hasta ese momento siempre había sido así durante el día. ¿Cuándo el mundo se convirtió en esto? Le pregunté por el cómic de Alan Moore, y me dijo que estaba agotado, pero si me interesaba, lo podía pedir a la sucursal de Guadalajara. Dentro de dos semanas iré a recogerlo.

Ya que tenía tiempo (en realidad tenía que ir a trabajar, pero no me apetecía ni nunca me apetecerá) me dediqué a mirar los cómics nuevos, los libros de arte, los hardcovers a precios prohibitivos (me enamoré del volumen uno de Love and Rockets; me lo regalaré, pues me lo merezco) y las ofertas.

Estuve a punto de traerme los veinticinco números (salvo el siete, que no lo tenían) de The Books of Magick: Life During Wartime, pero como debía ir a trabajar y quería leer en el trabajo, pensé que no era la mejor opción. Me refiero a que no aún me faltan 24 números de la serie regular. Los dejé a un lado, sabiendo que en unos días volvería para reclamarlos. En lugar de ellos, me traje el Vertigo Pop! Bangkok, que era el que me faltaba, y al pasar lista a los títulos de precio normal de la línea Vertigo, ante mis ojos apareció el American Splendor #1, de Harvey Pekar, pero no la edición de finales de los setenta, con ilustraciones de Robert Crumb y otros caricaturistas menos famosos, sino una nueva versión, de 2008, con una encantadora portada de Philip Bond, y dibujado por ocho caricaturistas.





Pagué por mis cinco historietas, prometiendo volver por el Neonomicon dos jueves más tarde, y me marché a trabajar. ¡En serio! Al llegar a la chamba, abrí el American Splendor sin romper la cinta adhesiva, y me dispuse a viajar por esos deprimentes paisajes urbanos y suburbanos (gringos, por supuesto, ¿qué creían?), a los que Harvey Pekar nos tiene bien habituados.

Creo que me tardé poco más de una hora en terminar las 31 breves páginas de este primer número. Me sentí fascinado, triste, y también me reí lo suficiente durante esos minutos en blanco y negro. Supe de inmediato que coleccionaría toda la serie durante todos los años que fuera publicada.

Hoy, 13 de agosto, viernes para rematar, fui a agregar a Harvey Pekar a mi Facebook (como he agregado a Alan Moore, Neil Gaiman, Rick Veitch, Warren Ellis y otros), y en cuanto lo hice, le dejé un comentario agradeciéndole sus maravillosas obras. Luego, al mirar los comentarios de otras personas, vi un enlace que hablaba sobre el lamentable fallecimiento del escritor de cómics Harvey Pekar el pasado 12 de julio. ¡Un mes! Un puto mes, y yo sin saberlo.





Maldije a dios, aunque es inútil porque no hay tal cosa. Maldije a Harvey Pekar por no avisarme que se iba, pero eso fue egoísta de mi parte. Me maldije a mí mismo por no estar pendiente de mi querido amigo, pero no me sentí mejor. Finalmente, los maldije a todos ustedes, porque sé que nada de esto les importa.

Estoy consciente de que no le sirve de nada al pobre Harvey, el que ahora me enoje, sé bien que mi desesperación y mi odio no lo traerán de vuelta. Pero ustedes están conscientes, o al menos deberían estarlo, de que mi odio, mi cólera y mi angustia no pueden hacerle ya ningún daño a mi amigo, y que si es el único consuelo que me queda por su pérdida, tengo entonces todo el derecho a manifestarlo.

En cuanto llegue a mi casa, me emborracharé, leeré algunos Esplendores Americanos viejos, tocaré a Bird a todo volumen, buscaré una preciosa afroamericana con quien jugar al doctor, y romperé unos platos en honor a Harvey Pekar. Tal vez un poco de este ruido alcance a viajar por el tiempo hacia el pasado, al día preciso que Harvey Pekar se marchó, y antes de hacerlo, se dé cuenta de que tenía un amigo más de los que él pensaba.

¡Buen viaje, Harvey!



junio 07, 2010

Gilbert Hernandez: a paso lento

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Autor: Gilbert Hernandez
Título: Sloth
Editorial: DC/Vertigo
Año: 2006
Género: Misterio, Humor, Realismo, Fantástico


Tres encantadoras líneas:

"Huertos de limones."

"En un pueblito como el mío, los huertos de limones a veces son una fuente de misterio para los jóvenes."

"Como los maizales en otros pueblos, los huertos de limones, se rumorea, muchas veces están embrujados, son lugares donde es fácil ocultar un cuerpo, donde los niños se pierden y nunca regresan..."

Tres encantadoras líneas que abren una de las novelas gráficas (o cómics, para quien no tenga miedo de llamar a las cosas por su nombre) más hermosas que hayan sido publicadas por DC/Vertigo. Escrita y dibujada por Gilbert Hernandez (famoso principalmente por ser, junto a su hermano Jaime, co-creador del cómic Love and Rockets, uno de los primeros cómics en dar el salto de lo meramente entretenido a lo profundamente artístico.





Debajo de esas líneas introductorias, colocadas sobre un claro anochecer, por ahí, casi como de pasada, vemos unos limoneros formados a ambos lados de la página, señalando un camino que se abre ante nosotros y se pierde en la lejanía, un camino que nos invita a seguir adelante, a perdernos en esta en apariencia delicada obra de arte. A perdernos en sus finos trazos, tal vez para no volver.

Damos vuelta a la página y vemos que el camino nos ha conducido fuera del huerto, hacia el pueblito, sobre el cual una diminuta arroja su blanca luz.

En seguida, nos vemos caminando por las calles del pueblo, cuyas sombras son negras y siniestras, mientras el narrador nos habla del agotamiento producido por las grandes urbes y la quietud que muchos buscan al refugiarse en estos pequeños lugares, donde educarán a sus hijos a un ritmo menos frenético, sin darse cuenta de que son sus hijos quienes sufren de aburrimiento y alienación en estas demarcaciones. Un retrato de esos niños aparece entonces, mostrándolos como espectros, como sombras de ojos vacíos.

Pronto nos contarán más sobre estos espectros, por ejemplo Joely Jones, una niña de excelentes calificaciones y apariencia introspectiva, quien nunca molestó a nadie, hasta que un día llevó un arma a la escuela y trató de matar a una maestra. Tiempo después, Joely se ahorcó en la cárcel.

El narrador entonces se da cuenta de que no hace falta seguir contando sobre otros, y dirige nuestra atención a su propia historia, que comienza cuando nos explica que él consiguió escapar de ese aburrimiento existencial y sus sentimientos de desasosiego, durmiendo. Sí, durmiendo, pero nos advierte que no se trata de un dormilón común, sino que “un día antes del tercer mes de mi décimo primer grado, caí en coma”, y entonces, un día, “exactamente un año más tarde, desperté”.

No hay una explicación para ninguno de los dos sucesos. ¿Quién necesita una explicación? Se trata de un relato, de una obra de arte, no de un expediente psiquiátrico.




Llevamos sólo cuatro páginas. Es suficiente. Lo que importa es comentar que la historia de Miguel Serra (ése es el nombre del narrador y personaje central de Sloth; es decir, uno de los varios, pero no queremos arruinar la sorpresa para nadie) no es una simple historia de eso que tan pomposamente se ha conocido como “realismo mágico”, con sus lluvias de limones, sus leyendas (sub)urbanas, sus lloronas, sus hermosas mujeres pecosas, sus gentes que andan de prisa como si evitaran darse cuenta de sí mismos, es una historia sobre los deseos y como los deseos se inmiscuyen en la vida de uno, sobre lo que hace uno para realizarlos (o para huir de ellos) y el dolor que existe entre el deseo y su satisfacción. Es una historia sobre abandonos y reencuentros, verdades y mentiras, sobre tener la cabeza en las nubes y los pies en la tierra. Es sobre un mundo lleno de demonios y sueños. Sobre personas que piensan en la muerte y en la vida y todos esos pequeños detalles que hacen que nuestra vida sea ésta y no otra, ligera o radicalmente distinta. En esencia, es una historia sobre personas que se buscan a sí mismas, que anhelan encontrarse más que nada en el mundo, “es una lástima que algunos clichés den una descripción tan exacta. Resulta imposible evitarlos, a no ser que uno esté dispuesto a sacrificar la claridad por la originalidad”[1], todo contado como una historia de misterio e investigación, con protagonistas adolescentes, un bosque (un huerto), noches oscuras, lámparas de baterías, glam y punk rock, abucheos y una cámara de video. ¡Ah! Y una buena dosis de humor, blanco y negro y a veces bastante retorcido.




El arte es fantástico, como siempre. Cualquier que haya visitado el pintoresco Palomar de Love and Rockets, sabe lo que puede esperar. En Sloth no hay efectos especiales, no hay luces y colores, que si bien son bonitos, no sirven más que para distraer la atención de lo que de verdad importa: el trazo y el entintado. Ése es el defecto de la mini-serie Grip: the strange world of men, también de Gilbert Hernandez, publicada por DC/Vertigo en el 2002; me refiero al color, que si bien fue aplicado adecuadamente (nada de luces destellantes y efectos computarizados como los que acostumbran WildStorm y Marvel Comics en prácticamente todas sus publicaciones), no aportaba nada al arte de Gilbert ni a la industria en general. En blanco y negro habría mejorado bastante. En Sloth no ocurre eso; tenemos el viejo blanco y negro, sólo lápiz y tinta, sólo aquello que es verdaderamente esencial en las artes gráficas, que nos permite disfrutar del trazado y de la historia, y darnos cuenta de cómo texto y dibujo son parte de un todo, y una buena novela gráfica no es sólo un relato en prosa con bonitos dibujos. El texto es tan importante como el arte, y permite a Gilbert ser considerado uno de los grandes escritores del medio, junto a Alan Moore, Neil Gaiman, Rick Veitch, Grant Morrison, Jamie Delano y Peter Milligan, y uno de los artistas más originales, junto a su hermano Jaime, Richard Case, Rick Veitch, Stephen Bissette, Dave Sim y Chris Bachalo.

Que no te gane la pereza y que no te atrape la lentitud. Ve corriendo (o caminando) a la tienda de cómics más cercana (o menos lejana), y consigue tu ejemplar de Sloth antes de que sea demasiado tarde. Y asegúrate de leerla dos veces antes de emitir un juicio.





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[1] Trevanian. El verano de Katya. España, Plaza & Janes. 1983. P. 94.





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marzo 26, 2010

México a 200 años de sí mismo

200

Eres la corrupción
Eres al aire sucio de la ciudad
La tierra muerta del campo
El alza de precios
Y el salario mínimo

Eres el narcotráfico
Y todos los presos políticos
Eres el ejército en San Salvador Atenco
Peña Nieto en el Vaticano
Carlos Salinas en el Primer Mundo

Eres el caos vial
La vecina que, pistola en mano, se lleva tu quincena
Eres el Cardenal Norberto Rivera
Y todos los niños tristes que ya no confían en el señor

Eres Vicente Fox y Marcelo Ebrard
Felipe Calderón y Elba Esther Gordillo
Y todo lo que representan

Eres el ABC
Y un montón de niños de ceniza

Eres el PRI y el VERDE
El PAN y el PRD y te la juegas por México
(el ganador se queda con todo)

Eres Latin Lover y Maribel Guardia
Javier Alatorre y López Dóriga
El vómito en mi almohada
La mierda en mi baño
Eres el policía que se vende en la esquina
La ramera que preside la Corte

Eres todo eso y eres todos
Porque tú, amigo, eres México
Y todo México eres tú

“Feliz Bicentenario”
sonríe: todo está bien