No te confundas,
llevo este parche debido a mi esposa. Verás: hace un año mi esposa quiso
sorprenderme con un pastel de cumpleaños, pero la sorpresa no resultó como ella
esperaba. Debimos ir al cine, como hacemos cada año.
No suelo dejarme convencer con facilidad,
pero accedí a su petición de darle una mordida al pastel mientras ella
canturreaba y daba de palmadas. Es posible que su esfuerzo para hacer de esa noche
algo memorable, me conmoviera. Sólo así me explico el haber accedido a tan mala
idea. (Debimos haber ido al cine.)
Había olvidado por qué no me gustaban los
pasteles de cumpleaños, pero su mano pesada y el rostro sumergido en aquella
pasta azucarada me lo recordaron. Algo de crema se metió a mi ojo izquierdo,
provocándome una severa infección. Ella me llevó a ver al médico a toda prisa.
El tratamiento incluía el uso de un parche en el ojo.
El médico me explicó que debía usar el
parche a todas horas, aunque podía retirarlo para dormir. La idea de ir con el
parche por las calles me molestaba, sobre todo era incómodo pensar en los
compañeros del trabajo.
Cansado por los acontecimientos del día,
decidí ir a dormir temprano. Mi esposa ya estaba en la habitación, me ayudó a
desvestirme, y cuando iba a retirarme el parche, dijo:
—Déjatelo.
Desde hace un año, mi esposa no quiere
hacer el amor si no llevo el parche puesto.
No lloró cuando le dieron el
diagnóstico—sarcoma, cáncer de hueso. No lloró cuando le dijeron que debía
comenzar el tratamiento—quimioterapia, radioterapia, cirugía—de inmediato, esa
misma semana. Tampoco lo hizo cuando le dijeron que el pronóstico era poco
prometedor, que seguramente no sobreviviría más de ocho meses.
Rompió en llanto cuando se lo dijo a Santos
y Santos enmudeció y la abrazó como no lo había hecho desde antes del
matrimonio.
Mary se preparó para ingresar al hospital,
si es que existe preparación para eso. Santos no pudo acompañarla. El trabajo,
ya se sabe. Mary empacó lo necesario. Dos semanas interna, tratamiento
intensivo, pero no era un hotel, no requería más que algunos libros y su
teléfono lleno de canciones tristes. ¿Por qué se enferma la gente buena? ¿Por
qué muere la gente buena? ¿Acaso dios está loco? Si no lo está, es un
pervertido.
Había dos horarios de visita, a mediodía
el primero, a las seis el segundo. Santos terminaba de trabajar a las seis.
Alcanzó a Mary, pero sólo pudo estar con ella quince minutos. Es una vida dura,
la de los hombres en la tierra.
Después de tres meses (cada uno repartido
en dos mitades: quince días interna, recibiendo químicos en su sangre,
radiación en su piel, cuchillos en su carne; quince días en casa, con vómitos,
náusea, falta de apetito, dolores en el cuerpo, en la mente, melancolía y malos
humores) Santos decidió renunciar a su trabajo. Si dios o la suerte habían
abandonado a Mary, él no los imitaría. Dedicaría su tiempo a ella, leerían
juntos, viajarían juntos, vivirían juntos ahora por primera vez.
Mary decidió que no quería extinguirse en
un gris y triste hospital. Para el sexto mes de tratamiento, Mary no se
presentó. Vendieron el auto, pidieron un préstamo con abusivos intereses, y compraron una furgoneta, maltrecha pero aún tenía vida para algunos años, a
diferencia de su nueva dueña.
Emprendieron el viaje con rumbo al sur, hacia
el sol y el color tropical. Acampaban a la orilla de la carretera, dormían en
la furgoneta y cocinaban con leña. Era una vida difícil, pero era auténtica, no
como la supuesta vida entre cuatro paredes inertes, de la oficina o del
hospital.
Al término de los ocho meses que le habían
pronosticado, el temor se presentó en sus corazones, pero de una u otra
manera—libros, música, caza, exploración, sexo—conseguían mantenerlo a raya.
Ocho meses se convirtieron en un año, en
año y medio. ¿Y si había sido mal diagnosticada?
Emprendieron un viaje fugaz a la civilización, sólo para estar seguros,
sólo esa certeza y no necesitarían nada más.
Santos consiguió una cita para la semana
siguiente a su regreso. La espera los consumía. Ambos se encontraban
irritables. Mientras Mary cocinaba algo en la furgoneta, Santos fue a caminar.
Sin percatarse de ello, se adentró en un centro comercial. Se descubrió mirando trajes y corbatas.
Los días pasaron con lentitud, finalmente
Mary fue recibida. Le aplicaron algunas pruebas,
una radiografía urgente, le programaron una biopsia para el viernes—entrada por
salida. Al final, los resultados eran concluyentes: un milagro (¿qué otra cosa
podría ser?). No había rastro del cáncer de Mary. La metástasis había
retrocedido por completo, era como si Mary nunca hubiera estado enferma—¿diagnóstico
errado?—, ¡un milagro!
El divorcio se realizó dos meses después.
Santos se reintegró a su viejo despacho después de algunas disculpas
apresuradas. Mary se marchó en la furgoneta.
Estoy en la mesa bebiendo café
malo mientras espero al diablo. Dijo que vendría y no tengo razones para no creerle.
El café está frío. Debí pedirlo con menta.
Vierto más azúcar en él. Leo unos poemas de Rimbaud y observo la fotografía del
niño en el llavero-portarretratos que encontré sobre la mesa. Una muchacha
bonita platica animadamente con una muchacha fea. Ríen. Es la risa sonora de la
gente vulgar. La alegría es siempre algo vulgar.
El café se ha terminado. Pido otro. Las
tripas me avisan que debo hacer espacio si quiero meterles algo más. Salgo del
café sin pagar y camino en busca de un baño. Indago. Pero ningún comercio
permite a los clientes hacer uso de los baños.
Le pregunto al puerco de tránsito si él no
sabría dónde encontrar un baño público, pero los puercos no saben nada, por eso
son puercos y no, digamos, trabajadores honestos.
A lo lejos, detecto la presencia de una
plaza comercial. Al centro de ella, como la mansión de un gran señor feudal, se
levanta un Soriana.
Pago los 3.50 que cobran por cagar y cago.
Y mientras lo hago, leo un par de poemas. En el muro de plástico escribo: “Ha
llegado el tiempo de los asesinos revisited”.
Vuelvo al café a paso lento. Ya no había
urgencia. Sobre mi mesa, la fotografía del niño permanece intacta. Me siento. Traen
café, bebo y lamento no pedir mi café con menta y leo algunos poemas mientras sigo
esperando la llegada del diablo. Dijo que vendría y no tengo razones para no
creerle.
Para no hacer la historia larga,
sólo diré que cada año debo ir a una revisión en el hospital de traumatología
de Lomas Verdes. Uno no está exento de tener olvidos, así que la única vez que
dejé pasar mi cita y traté de reprogramarla, me enfrenté con el infierno
burocrático del seguro social mexicano (ni en una ficción kafkiana sería tan
perfecto y tan terrible): debía solicitar un pase en el hospital de zona, pero
para obtener ese pase debía acudir antes a la clínica de mi localidad. En la
clínica debía solicitar una cita para consulta, en la cual la doctora me tendría
que valorar para poder enviarme al hospital de zona; los trámites para
conseguir esa primera cita eran más complicados que los que le pedirían a un
ex-convicto noruego naturalizado mexicano, para adoptar a una niña de cinco
años en Tamaulipas; pero qué remedio, tenía que hacerlo o resignarme a terminar
en una silla de ruedas.
En la ventanilla de recepción del carnet
me indicaron que debía ir a al archivo a solicitar mi expediente, en el archivo
me dijeron que debía ir a la oficina de gobierno a que me autorizaran la
solicitud de archivo, en gobierno me enviaron de nuevo a la primera ventanilla
para solicitar el sello de vigencia del carnet, y entre vuelta y vuelta alcancé
a ver una dorada cabellera. Sí, estaba seguro, se trataba de Yareli, una
antigua novia de secundaria.
Mientras esperaba a que la fila del
archivo avanzara, me hundí en los recuerdos: después de la fractura y una
temporada en el hospital y luego en cama pero ya en casa, regresé a la escuela.
Usar muletas era un martirio para un niño de trece años, pero tenía su lado
bueno: los lunes tenía permiso de saltarme los honores a la bandera porque el
médico me había prohibido permanecer de pie más de quince minutos, además,
siempre podía disfrutar de la compañía de Yareli, a quien el director enviaba a
que me acompañara en el aula mientras el resto de la escuela cantaba himnos y
juramentos en los que no creían.
Pues sí, mi primera relación sexual fue en
el aula, con Yareli. No sé cómo me las arreglé, pero ahí estábamos, encima del
escritorio. Resultó terrible, y ambos nos sentíamos ridículos, pero al mismo
tiempo era satisfactorio saber que ya no éramos uno novatos en el amor carnal.
Y cada lunes a partir de entonces y hasta graduarnos, repetimos la sesión y nos
volvimos unos expertos. Después de la graduación, Yareli terminó conmigo, pues
su familia se mudaba a Querétaro o Guanajuato, alguno de ésos.
Y ahora está ahí, en la misma sala que yo,
esperando su consulta, seguramente. ¿Cuándo habrá vuelto a la ciudad? Pienso
que me acercaré a saludarla, ¿me reconocerá? Pero no sé qué decirle. Hola, cómo
te va, me va bien, y a ti, también. Me preguntará a qué me dedico, y le diré
que soy promotor cultural y que tengo un taller de creación literaria, eso le
parecerá poca cosa, seguro. Entonces le diré que también soy escritor, y me
preguntará cuánto gano con mis cuentos y artículos, y le diré que con algunos
nada, y con otros, muy poco. Y mientras camino y paso detrás de ella, para
entregar un documento a la ventana correspondiente, sé que ella recordará lo
que decían nuestros profesores acerca de mí y del gran futuro que tenía delante
y pensará que defraudé a todos, y no podrá entender lo importante que es la
escritura para mí, que no se trata del dinero; no lo comprenderá porque es
mexicana y casi todos los mexicanos tienen la idea de que lo más importante en
la vida de uno es ser exitoso y ser exitoso para la mayoría significa tener un
empleo muy bien remunerado, tener una casa, estar casado y con hijos y perros y
carros, una hipoteca, una amante, vacaciones en Acapulco o Cancún o fuera del
país según lo bien remunerado del trabajo de uno, y todas esas cosas que a mí
nunca me interesaron, excepto tal vez por la amante.
Cuando la gobernadora ha colocado su firma
sobre mi papel, pienso que quizá estoy siendo injusto: nada me garantiza que
Yareli sea una mujer frívola, tal vez ella sea capaz de interesarse por algo
más que telenovelas y los gramos que gana o pierde según lo que come y las
visitas al gimnasio. Sí, después de todo ella era una de las alumnas más listas
de la escuela, y nos entendíamos bien cuando éramos unos escuincles llenos de
hormonas y energías para ser utilizadas. Entonces le hablaré, la saludaré, le
preguntaré si vive por aquí, platicaré un rato con ella y quizá espere a que
salga de su consulta, o le pediré que me espere ella, según, y podremos tomar
un café en la cafetería de la clínica. Sí, eso haré.
Me acerco a su silla, pero Yareli ya no
está ahí. Tal vez vuelva a verla por aquí la próxima vez que tenga que
solicitar una nueva cita.
Gerhard Richter (Ger) Gegenüberstellung 3 Confrontation 3 1988
He despilfarrado tres juventudes. Me queda una.
Para esta última tengo un plan de acción:
La marcha, el grito, la pinta,
la protesta, la consigna, el rencor...
Porque cuando esté viejo
quiero estar limpio y quiero estar en paz.
En paz con mis libros, con mis discos.
En paz con mis amigos y con el mundo.
En paz
y sin enemigos.