abril 13, 2008

Un cuento al revés



Perdida


Sigo frente a la ventana, sucia de moscas, cerrada, sin aire en la habitación, mirando el camino que va lejos de aquí, por donde Jordán se fue hace varios meses, con un rifle de casa, a luchar por las tierras.

Llevo dos horas de este día sentada frente a la ventana sucia de moscas. Ayer estuve veinticuatro horas continuas sin moverme, un día antes también. Siete días enteros así, esperando a que vengan Jordán o la muerte.

Llevo todo este tiempo sin parpadear, sin comer, sin orinar, sin beber y sin moverme, mirando por la ventana sucia de moscas, esperando que alguien venga de regreso por ese camino que sólo va y no viene nunca, y que se pierde lejos de acá.

Así llevo desde hace no sé cuántos días, mirando por la ventana sucia, llena de moscas, con los ojos bien agarrados al camino, esperando que algo pase, que sobrevengan Jordán o la Muerte y yo pueda proseguir mi existencia. Y ya empiezo a cansarme. Y me he sentido cansada desde hace no sé cuántos días, no sé cuántas tardes, no sé cuántas noches, desde que recibí el telegrama ése: “Señora Clotilde de Caire. Nuestro más sentido pésame al notificarle la muerte de Jordán Caire”.


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marzo 28, 2008

En Recuerdo de Rozz Williams (RIP 1° abril 1998)


we are like weak flowers
trodden by the step of time

–Macbeth, Forever


Cuando sopla el viento nocturno las flores, en el campo y en la ciudad, se mecen con tristeza. Las amapolas, las rosas, todas las otras flores, danzan con sutiles movimientos. La cadencia de su canción –cantada en lenguaje de vegetales– envuelve las penumbras del campo y la ciudad.

En el mundo no hay espacio para tanto dolor. En el mundo sembraste la semilla del dolor y cosechaste amor, pero el amor te enfermó y te destruyó. Y ahora, nosotros, te hemos sembrado a ti, y el fruto que nació fue el del recuerdo. Es un fruto dulce, pero agrio. No hay amargura, sólo nostalgia. Y cuando tú cantaste de flores, sin saberlo, sembraste una en el corazón de cada uno de nosotros. Y ahora... ahora es nuestro turno de cantar de flores para ti, que te fuiste, quizá con llanto, quizá con un sonrisa amarga.

Pondremos flores, cantaremos canciones, y la suave melancolía que nos legaste será nuestra bandera. Y aunque corran lágrimas por mis ojos, por los ojos de todos, nunca haremos coro de desprecio, sólo amor.

Puede que la vida sea sueño, puede que cada rey tenga o sea un hijo bastardo, puede que cada beso sea de carne y hueso, puede que la boca de una ramera sea perfume y puede que los sueños no acaben con la muerte. Pero si la vida no es sueño y no cada rey es o tiene un hijo bastardo y ningún beso es de carne y hueso y la boca de ninguna ramera es perfume y los sueños acaban con la muerte, no te olvides de ti mismo.




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Rozz Williams, RIP abril 1 de 1998, causa de muerte: suicidio.

Fue el vocalista de la banda Deathrock Christian Death, además de dirigir otros proyectos como Shadow Project, Daucus Karota, Premature Ejaculation, Heltir, entre otros. También se le reconoce como el fundador del estilo Dark Cabaret, con su disco Dream Home Heartache, que grabó en colaboración con Gitane Demone.

La importancia de Rozz Williams en la música es comparable a la de bandas seminales como the Damned o Bauhaus, siendo una de las originadoras de lo que a la postre sería conocido como Gothic Rock, o Deathrock en los Estados Unidos.

A unos pocos días de que se cumpla el décimo aniversario de su muerte, queremos (quiero) rendir un sentido, si bien modesto, homenaje a este hombre, quien aunque desaparecido, sigue vivo en nuestros corazones.


marzo 04, 2008

Sobre El bosque de los prodigios, de RAF




El bosque de los prodigios, bestiario mesoamericano



Se ha dicho varias veces que El bosque de los prodigios (2007), de René Avilés Fabila, es una obra singular, insólita y afortunada, una rareza en las letras, no sólo nacionales, sino en castellano, en donde no es tan habitual el género fantástico (aunque, como en todo, hay grandes excepciones). El mismo René, con su acostumbrado buen humor, mezcla de cinismo e inocencia, dedica algunos elogiosos adjetivos a su libro: magistral, soberbio, genial (esto, en la presentación que se hizo del libro en la XXIX Feria Internacional del Libro del Palacio de Mineria; Ciudad de México). Pero lo que en la mayoría de autores no sería otra cosa que una muestra de pedantería, o en el mejor de los casos, una farsa, en René se trata más un juego, un doble sentido. Por una parte, no parece que él mismo esté totalmente convencido de lo que ha expresado, porque si algo tiene nuestro autor, es humildad, y no parece que esté dispuesto a aceptar que alguna, la que sea, de sus creaciones, pudiera convertirse en obra maestra; por otra parte, es evidente su profundo amor por lo que hace, y cuando alguien ama, ese objeto amoroso se convierte ante nuestros ojos en algo sublime, que merece todos los elogios. Estoy seguro de que Einstein sabía que él era, probablemente, el hombre más inteligente del mundo; reconocerlo, eso se llama sinceridad; hacer de cuenta que no es así, eso es de pusilánimes.

Se ha dicho, también, que El bosque de los prodigios es un libro de enorme erudición, y en la misma medida, de enorme imaginación. Es cierto. En su gestación tuvo presencia un profundo escudriñamiento, una amplia investigación en torno a la fauna mesoamericana; para ello, recurrió a los textos de algunos autores, como Bernal Díaz del Castillo, fray Bernardino de Sahagún o Hernán Cortés (no está de más echar un vistazo a sus Cartas de Relación). Hay datos precisos y totalmente reales en estos seres portentosos que pueblan este bosque. Pero el dato real no es lo que predomina, ni tampoco es el espacio más adecuado desde el cual habrá de leerse este libro. La mayor parte de la obra se construye a partir de la invención pura; en otras palabras, es un texto de ficción.

Muchos lectores estarán tentados a descubrir cuáles elementos de los que conforman El bosque de los prodigios son reales y cuáles son imaginarios. Pero no tiene caso, no hay necesidad de eso. El libro tendría más bien que ser leído para disfrutarse, y no para aprender, aunque no niego un aprendizaje posible, tras el recorrido de esta obra; quiero decir que, si uno pone atención, podrá darse cuenta de que si bien estos maravillosos animales habitan las páginas de este bosque, el hombre aparece allí como una sombra furtiva, que con su exacerbado narcisismo (se cree animal superior), decide quién y qué puede vivir, y quién y qué, no. Pero esta no es una nueva enseñanza, simplemente se trata de una reafirmación (aunque no creo que ello fuera una pretensión de RAF). Así que la sugerencia es no buscar una cualidad moralizante en este texto, sino goce y disfrute, y algunas risas; pero no la estúpida risa de los ángeles, como diría Milan Kundera, sino esa otra risa más profunda e intelectual, esa risa irónica del que se da cuenta de la vacuidad de la existencia, y comienza a sacarle el mejor provecho.


Porque algo que no se ha dicho, al menos no tan abundantemente, sobre El bosque de los prodigios, es que se trata de un libro divertido, humorístico. Pero que el lector no se asuste con esta palabra; el auténtico humor no es el chiste fácil de las conversaciones entre amigos, en una fiesta inocua; el humorismo, como en Jonathan Swift, es una de las creaciones del intelecto y la astucia que permiten al hombre acceder al conocimiento del ser, pues la risa hace de la investigación humana algo más blando y manejable. Aquí, me gustaría añadir, tal vez un poco con calzador, las palabras que RAF dedicó al enorme poeta Otto-Raúl González (1921-2007), refiriéndose a “que nunca en un continente trágico y solemne ha perdido el sentido del humor, (y) que escribe a veces con aires de fina y elegante ironía”[1]. Es por ese sendero, quizá, por donde más convenga entrar a este bosque encantado y encantador.

A manera de conclusión, El bosque de los prodigios, muestra lo que posiblemente sea la mejor faceta de nuestro autor, la del narrador fantástico y de ingenio. El propio RAF ha afirmado en más de una ocasión que, de su trabajo literario, el género fantástico es el que él prefiere. Siendo así, que sirva este breve comentario como una invitación al viaje, a través de esta floresta de prodigios sin igual, y si al lector le gusta la experiencia, deseará acudir al resto de la obra fantástica de RAF, afortunadamente reunida bajo el título de Fantasías en Carrusel, en dos volúmenes, así como al libro-hermano del que nos ocupa: Los animales prodigiosos.



 
 


[1] René Avilés Fabila. “Homenaje en Bellas Artes a Otto-Raúl González”, en: Universo del Búho. México, año 8, num. 87, julio de 2007.


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febrero 11, 2008

La última carretera


La última carretera

La carretera era negra, plana, recta. Kilómetros y kilómetros de lo mismo. Cerros grises quedaban atrás, vistos por la ventana del vehículo, como un programa de televisión demasiado aburrido para prestarle más atención que a un anuncio de información pública sobre la importancia de ahorrar agua o pagarle a hacienda. La luz parecía inmóvil, como si las seis de la tarde fuera la única hora que el día conociera allí. Los buitres –negros, enormes, carentes de gracia y virtud– volaban sobre nuestras cabezas. A mi mente vinieron recuerdos lejanos, viajes en carretera al pueblo de mi padre, viajes a una ciudad más lejana, para agradecer a un dios niño de cerámica, viajes a un pueblo en medio de los cerros, para visitar a una enamorada. Eran viajes largos, aburridos, invariables, excepto cuando la neblina caía de golpe a nuestro alrededor, acrecentando el riesgo de caer por un barranco, haciéndonos sentir la proximidad de la muerte con cada giro de los neumáticos, y el nieblumo nos abrazaba como un manto vivo de encaje.

La carretera se extendía hasta donde la vista podía percibir. Una enorme serpiente negra con una única línea blanca en el dorso. Horas y horas de recorrido, y ni un solo auto en sentido contrario.

El aire era tibio, y tenía un olor peculiar. A los lados de la carretera, sólo tierra y llanos. Algunos espinos, algunos matorrales, pero nada semejante a la vida.

–Enciende la radio –dije, y la música llegó a mis oídos. No sintonizaba bien, pero al menos era una variación del incesante zumbido del motor y del roce de las llantas con el asfalto. Traté de conciliar el sueño, y creo que estaba por conseguirlo cuando su voz me trajo de vuelta a la realidad.

–Pronto llegaremos.

Miré. Al frente de nosotros, todavía lejos, pero visible al fin, se levantaba una ciudad. Parecía un puñado de edificios y torres amontonados, como si unas manos gigantes se hubieran dedicado a comprimir ese espacio de civilización color óxido.

Mirar ese cuadro me hacía pensar en los campamentos petroleros, que pude conocer gracias a un libro con fotografías que tuve en la infancia. Montones de hierro y concreto colocados como una intrincada red, como un laberinto de hormigas, casi como un cuadro de Escher, pero uno muy desesperanzador. Era triste como el otoño, y hermoso como un puente del siglo XX, lleno de luces y coches haciendo sonar sus bocinas, llevando a sus ocupantes a casa, después de una dura jornada en la oficina, en el colegio, en el hospital.

Sobre la ciudad, una nube negra amenazaba con tormenta. Debajo de la nube, pequeñas figuras negras se movían azarosamente. Eran buitres. ¿Qué hacen los buitres sobre la ciudad?

Al fin llegamos. La ciudad estaba inmóvil, en silencio. Sólo los semáforos en las esquinas seguían trabajando. Un esfuerzo inútil, pero constante. Había otros autos en la ciudad, sobre las avenidas, como si sus ocupantes se hubieran visto obligados a dejarlos allí por causa de alguna emergencia. Recordé los terremotos que viví en el pasado, y el pánico de la gente, que si era capaz de arrojarse de un edificio de treinta niveles, dejar el auto a media calzada no era ningún sacrificio. Yo mismo dejé una vez mi auto así, para ir tras una mujer que amé. Ya no recuerdo su nombre, pero ella era real.

El auto se detuvo en una esquina, frente a un semáforo en ámbar. Descendí. Y él se marchó. No había autoridades que se lo impidieran.

Caminé en busca de la dirección que me dieron. Cuando la encontré, a pocos metros de donde bajé, vi que se tratada de un edificio de departamentos. Toqué, pero nadie respondió. Aunque me pareció inútil, empujé la puerta, y ésta se deslizó hacia dentro, tan suave como nueva, sin emitir rechinido alguno, a pesar de la podredumbre que reinaba en el lugar. Dentro estaba oscuro, y apestaba a muerte. Busqué un interruptor con la mano, y palpé algo suave y húmedo. Esperaba que sólo se tratara de moho. Cuando encontré en interruptor y pude iluminar el lugar, ahogué un grito pánico en la garganta. Cuerpos en diferentes estados de descomposición, algunos mutilados, otros deformados, colgaban de cadenas por todas partes. Hombres, mujeres y niños habían sido masacrados por igual, y convertidos en ese cuadro obsceno de muerte y humillación. Ninguno tenía ropa. Ninguno tenía ojos.

Fue cuando escuché el graznido, un graznido casi como un chillido, casi como un grito humano. Y recordé los buitres que volaban sobre la ciudad, y comprendí que la ciudad no era otra cosa que su nido, o un criadero de esas bestias. Quise correr, pero choqué de frente con un hombre alto y serio, que me hizo caer de espaldas sobre el suelo sucio. ¿De dónde salió, maldición?. Llevaba un sombrero con una pluma roja, y su mirada feroz lastimaba mis ojos.

El graznido se repitió, y pude ver una sombra bajando por las escaleras. Cerré los ojos, para no ver mi propia muerte, pero una mano suave se posó sobre mi hombro.

–Levántese, por favor –dijo una voz dulce y suave.

La miré. Era una dama elegante, hermosa. Me indicó que la siguiera, y el hombre caminó detrás de nosotros.

Ella vestía de negro con algunos toques rojos y blancos. Una estola de los mismos colores adornaba su cuello delgado y largo, como un cisne. No, no un cisne, más bien un buitre.


{Gracias a Jaqueline por su ayuda en la reparación de este texto}


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diciembre 28, 2007

Los cantos del mal olor

Los cantos del mal olor
o
De destripamientos





Ella: Bukowski se destripó y se hizo rico.
Yo: Y se compró un carro de 10.000 dólares.
[Fragmento de una conversación con Araceli]



1

Me reconozco infeliz ante ti, seas quien seas, que no te conozco, y a quien extraño como un infierno. No es la tristeza lo que me embarga, sino la extrañeza de no sentirme triste y abatido como en otros momentos iguales. Qué es lo que siento y lo que soy ahora, eso yo no lo sé. Desamparado, quizá, pero nunca he buscado un padre en las alturas. Perdido; sí, definitivamente estoy perdido. Avergonzado, no tendría de qué. Cansado; sin duda, sería mejor que todo se viniera abajo una noche de éstas. No sé qué es lo que quiero buscar o a qué espero para hacerlo. No sé nada de eso ni de mí, y creo que no me importa. O me importa muy poco. El silencio dentro de mí me parece más importante hoy que la luz y el ruido de todos los lugares que amé y frecuentaba; ruidos y luces que me hicieron feliz un tiempo. Ese silencio que se rompe de vez en vez cuando la vocecilla insistente grita que hay algo que no he completado y que debo descubrir qué es, una vocecilla que suena tan parecida a un graznido malintencionado y lejano. Esa voz que quisiera callar de una vez para siempre, mientras leo, bailo, escribo y canto inmóvil, solitario, mudo, sordo, torpe, desafinado, ciego y casi muerto; mientras bebo agua con hielo a medianoche, a las dos de la mañana, a las tres; mientras imagino que dejar de respirar debe ser parecido a dejar de caminar o a dejar de rascarse la cabeza en público o de tronarse los dedos. Debo reconocer que a veces la tristeza me visita, pero como de pasada, como preparándose para soltar su martillazo fatal, que tanto espero, más por curiosidad que por deseos de morirme. Lo reconozco, pero niego que sea tan desdichado como solía ser o creer serlo hace unos años. Será que la soledad me sienta bien, será que nací para dedicarme a mí mismo, que no sé ser responsable para proteger a nadie; será que gozo tanto de la pena que en el fondo no quiero compartirla con nadie, será que soy demasiado egoísta. No quiero que nadie me entienda; no quiero eso ni nunca lo querré. Prefiero la oscuridad y la sombra, y algunos amigos que no me pidan cuentas; las cuentas me las reservo para cada atardecer, para cada madrugada justo antes de dormir. Cuentas ante el espejo. Me miro reflejado en el vidrio empañado de un baño una noche demasiado fría y tímida para gritarlo. Es malo envejecer. Esos ojos que reflejan aún hoy la luz y que un día te miraron de frente sin vergüenza y con orgullo, recuperan las marcas del pasado que se vuelven evidentes cada hora, cada minuto de tu ausencia que ya se ha prolongado más de un año. Ya sé que no volverás, y así está bien; lo sé ahora y lo supe todo el tiempo. No es que no me duela; es, creo, que ya me habitué. Me gusta eso, el hábito. Fue más complicado los primeros meses, pero hoy sería más complicado que regresaras. No podría soportar tu voz, ni tu cuerpo, ni tus ojos puestos sobre mí. No soportaría que me amaras de nuevo, no soportaría que nadie me amara de nuevo. Para mí, estas marcas que dejaste al irte son sagradas. Y todos los rincones que quedaron vacíos, vacíos se quedarán; así están bien, así debe ser. Incluso estas manos vacías y secas, que tanto lloraron la pérdida de tu piel, secas y vacías quieren quedarse por el resto de sus días. Estas mismas manos que palpan la ventana cuando miro a la calle, donde todo perdió su significado desde aquel día, cuando la ciudad se convirtió en un amenazador laberinto, retorcido y maloliente, habitado por incontables recuerdos sedientos de venganza y olvido. Ríndete. Ríndete, me dicen cuando me atrevo a salir. Pero los ignoro. Los recuerdos son muertos y los muertos no escriben cartas, no cantan, no hablan y no importan. Los muertos no pueden lastimarme. Antes, cuando yo gritaba, las imágenes de ese presente me herían con sus voces y con sus colores brillantes. Ya no hay brillo en el mundo. El sol se ha quedado tras una nube; la luna muestra su cara negra. Cuando grito, el eco calla, nada me perturba. Puedo dormir tranquilo y no soñar. Puedo despertar cada día sin la pesadez de los símbolos imaginarios revoloteando como hacían hace unos años. Es mejor así, con sólo las umbrías canciones fúnebres y su música de cuerdas, y el viento del otoño que se quedó encerrado en mi cuarto y que no se ha marchado en años. Quiero gritar como un rugido callado y un edificio derrumbado. Quiero quitarme de encima el polvo acumulado la noche anterior. El polvo amarillo y salvaje de la memoria. Quiero borrarme por completo, devorarme yo mismo, enterrarme en una fosa vacía, cubrirme con sábanas de tierra y líquenes fríos, bajo la lluvia y los desastres naturales a que soy tan propenso, como la primera vez que te dije «te amo» con todas las consecuencias que acarreó. Quiero desarmarme como un maniquí, perder la cabeza, las manos y los ojos; quiero perder los dientes y las uñas que tanto tienen de ti. Desvanecerme en el silencio y en la penumbra donde no existen los nombres ni las culpas ni los reproches. Flotar entre nubes y bolas de fuego y gas en la negrura que se alza por encima de mis más altos deseos, y que no quede ni el recuerdo de los recuerdos, ni los ecos lejanos de ningún sueño. Perder la forma, la materia, el alma. Y yacer eternamente a la deriva entre los mundos y lunas allá, afuera, lejos, donde no hay nada de ti. Pero en lugar de eso, me miro al espejo y pienso que es malo envejecer. Y veo mi propia imagen multiplicada mil veces en los ojos de este extraño solitario en el vidrio frente a mí. Y me entran unas ganas enormes de arrojarme al lodo, de revolcarme entre la inmundicia y la escoria. De abrir la boca y devorar la mugre y llenarme de miedo y cosas negras y grises, y reaparecer entre los hombres como un criminal. Pintar toda la ciudad de un blanco absoluto y aparecer con harapos oscuros y manchas de suciedad humana a embarrarlo todo. Y anunciar que ya no te amo más a los cuatro destinos del planeta. Quiero gobernar la mentira y las apariencia, y las cuatro paredes que me rodean y que no me ven salir en días. Quiero que nunca nadie más me ame, ni amar a nadie nunca más.


2

Quiero que mi cuerpo vuelva a diluirse en otro cuerpo, en un cuerpo de una mujer de madera, astillas y escamas. Revolcándose entre la arena de los descansos y días verdes. Hasta que mi sangre también llegue a la dilución con sus besos y su aliento amargo, como una floresta que muere en un incendio. Entonces, quiero hacerme un hoyo en la carne para que fluya por allí la sangre; enredarme en el agua turbia de un pantano y atraer a los tiburones que como un solo gran tiburón acaben por devorar este corazón. El agua oscura va a entrar en mí, y yo me convertiré en un monstruo cruel y vagaré sin hogar, hacia el paraíso que quiero contaminar de enojo. Haré el frío mientras camino solo. Los recuerdos serán quemados en los hornos de la memoria. No quiero arrepentirme de nada y no quiero tener nada que perder. Quiero aullarle a la luna una noche de éstas, y manchar mi hocico con la sangre limpia de los mortales, y enterrar mis garras en los músculos de aquellos que sonríen, extender las alas y elevarme hacia la opaca iluminación de una luna demasiado cansada. Dicen que hay un castillo de ónice en su cara invisible, elevado entre montañas de escombros y robles petrificados. Allí, seguro hay silencio, y podré dormir sin escuchar las voces detrás de la puerta.


3

Por las tardes me dan ganas de inyectarme algo. Tengo en este pequeño vial un negro en forma líquida; me lo inyecto y mi sangre pierde el color. Tengo este otro vial con azul también líquido. Mi sangre se hará noble, pero venenosa. Y cuando sea de noche, saldrá a vagar por allí, llevando a mi cuerpo a que retoce en las charcas infectas y podridas. Pero en este momento, siento que muy lejos, dentro de mí, se libra una guerra terrible. El corazón, el cerebro, el hígado, los riñones, la mierda, discuten sobre cuál es más importante en su función. El corazón deja de palpitar y siento un desmayo; el cerebro se desconecta y me viene así de pronto una alegría inmensa; el hígado se va a descansar y me retuerce todo; los riñones se van a huelga y siento inundaciones; la mierda se niega a partir, y de pronto, como si de la nada, me siento más y más pesado. El aliento cambia. Hasta la mirada cambia y el mundo se ve un poco más sucio que de costumbre, y huele peor. Pero sigo adelante con mi plan de ennoblecer mi sangre, y cuando los primeros rayos de la luna se asoman, yo ya estoy nadando entre los renacuajos, golpeando las puertas de las cámaras oscuras, llevado al límite, dragándome a mí mismo. En el agua negra veo un rostro; me veo como nunca me vi antes, retratando todos los traumas y degeneración y los dolores sufridos, y veo que nunca fui libre. Tomo una rama y me golpeo hasta romperme los ojos, y veo ciego manar el azul de la sangre, que se revuelve con algunos pensamientos que accidentalmente escaparon por el mismo agujero. Y pienso, la muerte es azul, la muerte es el espeso azul del firmamento nocturno, y el llanto de la muerte es el murmullo de una lechuza que se lleva una rata entre las garras para devorarla. Me gustaría ser un sapo, que me trituren las mandíbulas de un gato salvaje junto al río en el bosque que una vez visité, cuando todavía quería estar vivo. La brisa de la madrugada sopla y me cobija con su calor helado, hasta que me voy durmiendo y me duermo. En el lado de la realidad en que estoy ahora, veo un campo lleno de rosas salvajes de espinas asesinas. Las moscas y las avispas se encajan y son tragadas con premura. Incluso, escucho los eructos de las flores, y las veo cuando van corriendo a cagar detrás de un arbusto ofendidas por mi lascivia; se han dado cuenta de que están desnudas y de que las observo atentamente. Luego de un rato me aburren y miro a otro lado; una pequeña loma de estiércol, y sobre ella, una margarita blanca y pura hace el amor con un abejorro gordo y dorado. Son felices, y me entran deseos de pisotearlos, pero despierto y ya es de tarde. El charco de ayer se ha secado; aún tengo un renacuajo en la nariz. Luego de aspirarlo, me entran ganas de inyectarme algo. Te hago llorar y me meto tus lágrimas hasta el fondo.


4

La tráquea rota yace sobre el suelo. Las hélices de oxígeno fuera de control. Las nubes del sentido de todo esto muy lejos demasiado pronto. Las venas revientan. Los ríos corren. Hay anuncios de diluvios y ciudades perdidas en televisión durante toda la madrugada. En la garganta los tallos crecen sin flores. Los campos de margaritas se pudren en el invierno que dormita en mi jardín. Un pétalo se cierne sobre tu ojo como un párpado y tus párpados como pétalos caen a la tierra este otoño. No puedo ver bosques por árboles. El veneno se dispara dentro de las arterias. Ahora todo se ha ido al diablo y de regreso otra vez. Los lirios rosados flotan sobre las charcas de primavera donde los enamorados ahogan mutuamente sus dolores. Donde sueñan con el día siguiente. Por mi parte yo me ahogo de otra manera. No es sangre lo que corre por mis venas. En mis venas corre la tristeza. Las guirnaldas avejentadas me coronan. Debería marchitarme como las flores de esta cama. Pero me hago a la mar en barcos vacíos. Un suelo de rosas muertas a tus pies. Llaman a la puerta. La ramera está muerta al igual que el resto de aquellos rostros familiares que dejaron huella de los sinsabores por débiles razones. ¡No me apuntes con ese dedo artrítico! La carne inmóvil trajo toda la desesperación. Estrangulado. Recién nacido. Un leño más al fuego. El pistilo y los filamentos de este clavel se incendian cada nuevo amanecer. Frutos amargos cuelgan de los árboles podridos en mi jardín de oscuro y delicioso desprecio. Un centro traumático. Epicentro. ¿Puedes sentir el terremoto? Sólo es un teatro imaginado y los cuerpos yacen desnudos sobre el escenario porque son cuerpos de madera y plástico aun si respiran. Tócame. Tócame antes del otoño. Antes del otoño. Cinco minutos más y nos vamos al diablo. El deseo es alimento. Mira esa magnifica espalda de porcelana. Sobre su cuerpo de arena las flores de la condena florecen prósperas como un lujo de días pasados llegados a los días presentes. ¿Qué es lo que miras? Mi temor secreto es retirarme a un rincón y abrazarme a mí mismo y hacerme el amor a mí mismo cuando estoy solo.


5

El minúsculo verso que se ha formado en tus labios nunca va más allá de tus sienes tomadas por asalto por mis besos. En estas latitudes sólo hay sangre que fluye roja y amorosa de mis abrazos a tus caricias. Nos hemos encerrado mutuamente entre fiordos y ciénagas grises para devorarnos poco a poco cada noche.


6

Esta mañana, al salir, vi cómo toda la ciudad comenzaba a oxidarse. Cayó una oscuridad que parecía noche. A mi paso, el suelo cambiaba; el concreto se convertía en acero demasiado expuesto al sol y la lluvia; el pavimento parecía disolverse en múltiples tonos ocre. Los edificios parecían bailar en un vaivén de un viento invisible, ramas de una selva demasiado urbana. Los puentes se derrumbaban sobre autos desgastados y rojos. Las formas están quietas, dormidas, altas como hombres. En los callejones cuelgan retratos rotos, despintados por el paso del tiempo. Los vagabundos en las aceras duermen sin darse cuenta del paso de la corrosión sobre sus cuerpos y sus sueños. El cielo parece un mar de sangre. Me aviento de cabeza contra él, entre murmullos que nadie observa. Un barco hundido. Hay un grito en medio de todo eso, un grito que vuela desde la ventana que sale al interior de mí. Ruido de vidrios rotos. Y ese hombre dentro de mi boca que a veces habla cosas de las que yo no sé nada, escapa y me mira por última vez. En los callejones perdidos de la ciudad que cambia en las sombras, se cuentan historias de tragedias que ocurren bajo los puentes. Pequeños cuentos de suicidios y nacimientos terribles. Niños de menta helada se alejan con sonrisas verdes, y se marchan a los días en que los árboles cayeron. El señor elegante de sonrisa de caramelo de rayas blancas bebía agua sobre la mesa en cualquier parte, y murió ahogado. Yo me quiero ahogar con él, con música de saxofones, con olores de perfume fino y sexo barato. Las mortajas corren sucias por los ríos de lágrimas en la ciudad. Hay un aroma de velas muertas. Hay velas muertas marcando el camino a la celebración en la casa de madera donde nunca nadie vivió. Regreso al cuarto de arriba, y a mi paso, la ciudad recupera su luz pero yo me quedo blanco y seco.


7

De pronto la desesperación llega, incisiva y burlona. Es ridículo; casi puedo reír a grito franco. El miedo nunca viene solo, trajo a aquella desdichada. El miedo paraliza y en medio del desespero, el llanto se niega a salir como se niega a marcharse del todo. Vivo rodeado de desesperanza y desconsuelo, de desilusión, amargura y angustia. Todo eso se me ha pegado en la piel, como una costra. Quiero arrancarla de tajo, pero hay un terror casi sagrado sepultado allí. Quiero gritar a pulmón vivo que ya no sé qué hacer, que se me han terminado las opciones, pero no hay voz en mi garganta, sólo hay gemidos y tristeza. Hay frustración y soledad. Tengo miedo de la vida, aun más que de la muerte. Quiero escapar de todo esto, pero también anhelo ganar lo que podría ganar si me quedara. He olvidado cómo tomar decisiones. He olvidado la vida en otra parte. Sólo un poco de agua. Sólo quiero un poco de agua. Un pequeño espacio de mar, guardado para mí.


8

Presiento la existencia de unos labios nuevos, anhelo su frescura. De nuevo corro, brinco, grito y empujo. De nuevo huelo, siento y veo. Tomo el telescopio, el microscopio, hasta el galvanoscopio y sondeo entre mis poros en busca de sonrisas. Detrás del hígado me pareció ver una tormenta con luminosos relámpagos. Junto a mi oreja izquierda, algo pica, y me hace soltar la carcajada. Humedezco mis labios con un beso imaginado y salgo en busca de la vida. Hace un sol tremendo, y casi me derrito de contento cuando me tomaste por el brazo más o menos un segundo y medio. Hay días en que presiento que llevo una cinta de audio en la cabeza. Hoy es uno de esos días. Es parecido a rebobinar la cinta nueve años y reconocer que mucho ha cambiado pero que en general el mundo es el mismo. Escucho voces de jóvenes adolescentes que lo único que quieren es comerse al mundo a enormes bocanadas, y me pregunto qué pasó con esos ánimos. Una década de subidas y bajadas, de mareos y sobresaltos parecían haber mellado sus espíritus. Pero hoy es un día extraño. Hoy esos tres viejos muchachos se reúnen en torno a cualquier cosa, y reconocen que hay algo para ellos en alguna parte, que está allí esperando a que alguien lo tome. Hoy ha sido un día extraño y bueno. Quizá esta noche me acueste temprano y duerma bien. Quizá esta noche me tope de frente con unos labios nuevos que me den de su frescura.


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diciembre 09, 2007

Cuento Novedoso de un Hada Amorosa

Un buen beso


Salimos del Scary Witches, ese siniestro café lleno de alegría y buena música. Caminamos lado a lado por Balderas. Nos despedimos con un abrazo.
   –¿No me dejas darte un beso en los labios? –pregunté.
    Y ella besó mis labios.
   Fue un beso fugaz, suave, tierno. Fue un beso sonriente. No fue un beso de amor.
    Fue un buen beso.


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