octubre 01, 2011

dos poemas dos




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Zapato rojo de tacón alto

Lata de cerveza apachurrada

Colillas de cigarro

Corbata

Hojas de periódico revoloteando inmóviles

Charco

Coladera

Torreta de patrulla

Pistola

Sangre en el pavimento

Pedacitos de vidrio

Alianza
__________________________________
Suave sonrisa que invita al placer nocturno,
A descubrir lo que se oculta debajo de ella,
Tras los pliegues de tela. Mi cuerpo taciturno
Te busca entre el deseo, esperando la faena

Que entre las sábanas se lleva a cabo.
Curvatura de tu cuerpo, paisaje erótico
De vaivenes y cadencias, que yo grabo
En mi cuerpo caliente. Templo gótico

Donde se efectúa el ritual de la piel,
La penetración, sin tregua ni cuartel,
En que los cuerpos se funden en uno,

En que tus labios se vuelven el mundo,
En que bebemos nuestros besos de aguamiel,
En que mi espada conquistadora enfundo.

***

Geometría de esferas tu piel,
Laberinto del cual ser Minotauro y Teseo
Entregados al mismo deseo
Al hilo de una Ariadna fiel

Paisaje de placeres ocultos
La carne que a mi carne atrae
A tu abrazo mi cuerpo cae
Y mi sexo en tu interior sepulto

Bebiendo de tu caja de Pandora
Me veo, durmiendo en tu pecho suave
Después de penetrar la noche grave
Entregado mi sexo que te adora

Ignoro qué depara el fin de la noche
Qué luz traerá el nuevo día
Dolor que desenamoraría
Incluso al mínimo reproche

Lo que sé con toda certidumbre
Es lo inextinguible de este deseo
Estas ganas de ti que parafraseo
En el lenguaje eterno de tu lumbre

Tu cuerpo será el lienzo de mi poesía
Narraré la historia de tus gemidos
De placer, de gozo, no reprimidos
Cuando con fuerza viril te embestía

Estas rimas a mí déjamelas
Tu abre la boca y recibe mi sexo
Dejemos los sinsabores inconexos
Tus piernas y caderas, dámelas
 



Aquel cuerpo

Hay tristeza en la mirada de aquel cuerpo
Como el tiempo que fallece inexorable
En las noches del verano petulante
Donde el goce del amor hoy yace muerto

Hay penumbra en la mirada de esa sombra
Que se llama como tú, y que en la tarde
Cuando el viento ajeno muerde y la piel arde
Y la inmóvil soledad ya no te asombra

De tu boca sólo quedan dos suspiros
Dos respiros de tus besos, bella loca
Que me obligan a buscar nuevos caminos

Que me obligan a encontrar nuevos senderos
Y mi cuerpo duerme en su cama de roca
Esperando un día encontrarte en sus terrenos


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septiembre 15, 2011

Unknown Soldier, según Joshua Dysart





En sus casi veinte años de existencia, Vertigo ha publicado una buena cantidad de cómics (perdón, quise decir: novelas gráficas) de guerra, casi todos ellos, propositivos e inteligentes, y críticos del status quo, la cultura y la economía bélicas de los Estados Unidos y otras naciones históricamente pendencieras. Ahí están los varios War Story y la miniserie Unknown Soldier, ambos de Garth Ennis, Army@Love de Rick Veitch, en sus dos hilarantes y feroces temporadas, el olvidable Haunted Tank de Frank Marrafino (relato demasiado republicano y pro-americano para mi gusto), Jason Aaron con The Other Side (que además critica ligeramente la postura de DC Cómics ante la guerra, mediante sus títulos clásicos del tema), DMZ de Brian Wood, e incluso otros como The Losers de Andy Diggle y Y the Last Man o Pride of Baghdad de Brian K. Vaughan.

En diciembre de 2008, debuta una nueva versión del conocido Unknown Soldier, esta vez de la mano de Joshua Dysart. Y ahora, ante la inminente cancelación de este título, uno se pregunta por qué un cómic tan bueno no tuvo mejores ventas.

En breve, se trata de uno de los mejores cómics (no sólo de guerra) de la historia. Pero quiero que se tome en cuenta que los elogios no son gratuitos, pues en verdad el título cumple con todos los méritos necesarios para recibirlos. El arte de Alberto Ponticelli, la paleta de colores de Oscar Celestini, y sobre todo, los guiones y caracterizaciones de Joshua Dysart, son sencillamente perfectos, no se puede pedir más a un cómic.

El apartado visual no sólo cumple con su papel de representar en imágenes las acciones que ocurren dentro del relato, van más allá de eso y narran su propia historia, ligada claro está a la historia principal (el guión de Dysart), pero aportando más de lo que suele esperarse del arte en los cómics. El dibujo y los colores crean la atmósfera adecuada para cada historia. A veces melancólico, a veces depresivo, no tiene nada que ver con el arte, si nos atrevemos a llamarle así, que uno encuentra en el típico cómic de superhéroes.

La emoción y la acción dentro de Unknown Soldier bastarían por sí mismas para hacer del título un gran thriller de guerra, pero ese aspecto queda en segundo lugar cuando se toma en cuenta que la auténtica relevancia del título radica en su postura política, que nos dice algo de veras importante para nuestro mundo en la actualidad. Además, ya hay demasiados thrillers y novelas negras publicadas por Vertigo.

Los guiones de Dysart pasan de la tristeza a la violencia, de la soledad a la esperanza, y se van enriqueciendo constantemente con toda clase de matices. Por momentos, Unknown Soldier se convierte en un cómic de horror (baste recordar la escena del rinoceronte en el número 16, donde no se sabe si el animal es real, si es una alucinación del doctor o si se trata de un espíritu de la selva o un demonio), pero hasta esos breves instantes están ahí para enriquecer el relato, no para distraernos de él, pues todos esos detalles jugarán un papel importante durante los últimos capítulos.

Algunas semanas después de anunciarse la cancelación del título, tuve la oportunidad, mediante el Facebook, de platicar con el autor, Joshua Dysart, quien además, demostró ser un caballero a carta cabal. Él me dijo que con Unknown Soldier trató “de hacer algo que tuviera un valor más grande que su valor comercial”; ya antes, Garth Ennis había dicho: “Una historia valiente, que no tiene miedo de confrontar algunas horribles verdades sobre el mundo en que vivimos, Unknown Soldier de Joshua Dysart en su cómic que genuinamente importa”[1].

¿Pero qué es eso que hace tan especial a este título? Trataré de explicarlo brevemente, pero sería mejor que dejaras de leer esto ahora mismo y fueras a conseguir una copia del primer tomo recopilatorio, “Haunted House”, que conforma el primer arco argumental de la obra.

Veo que sigues aquí. Bien, entonces te diré de qué se trata este Unknown Soldier.

El protagonista es el doctor Lwanga Moses, proveniente de Uganda, graduado en Estados Unidos. Pronto, Moses y su esposa, llamada Sera, se marchan de vuelta a Uganda para tratar de ayudar a su pueblo desde el interior. Después de un incidente (no les contaré más detalles aquí), Moses queda con el rostro desfigurado, y se ve obligado a usar vendas (una modernización del diseño clásico del Unknown Soldier original), y decide convertirse en lo que él cree que necesita su país, un soldado que luche por las razones correctas, no por dinero, poder o fama, no por fanatismo religioso o político, no por amor a la guerra, sino por odio a ella.

Desde el primer número queda patente que Unknown Soldier no se basará en la acción y la violencia, aunque ambas estén presentes en cada capítulo, pues el quid del relato será la puesta en escena de las atrocidades cometidas por el hombre contra el hombre (secuestro, reclutamiento y violaciones de niños, miles de expatriados que al no ser oficialmente refugiados—por no haber atravesado las fronteras de su país—no tienen los mismos derechos según las leyes internacionales), una crítica feroz contra las instituciones internacionales que se colocan en la posición de salvadores (estrellas de cine que crean fundaciones para ayudar a las naciones pobres, la intervención de la propia ONU y sus fuerzas “pacificadoras” equipadas con rifles y tanques), un enérgico pronunciamiento de la necesidad de que las naciones soberanas permanezcan así, soberanas, y que resuelvan sus conflictos internos ellas mismas sin la intervención de policías mundiales, naciones mesiánicas ni otras organizaciones (Moses decide hacer la guerra contra aquellos que dentro de su nación están destruyendo a la misma, sin seguir las órdenes de ningún líder que pudiera tener intereses personales en tal guerra, sin que importe mucho si se trata de miembros del ejército de Uganda, de los rebeldes, o de algún oportunista), y las preguntas de si existe una manera más rápida de terminar esta guerra, y si ciertas situaciones requieren el uso de la violencia, como la está usando Moses (su objetivo es matar a Jospeh Kony, líder del Ejército de Resistencia del Señor—LRA por sus siglas en inglés—un ejército de fanáticos religiosos que emplea niños como soldados; ambos, Kony y el LRA son reales, como lo es también Yoweri Museveni, Presidente de Uganda, y toda la guerra que tiene a Uganda sumida en la miseria y muchos de los personajes que aparecen representados o mencionados en el cómic). Al hacer esto, Moses cambia todo el concepto de “guerra”; ya no se trata de pelear la guerra de otros, sino la propia (la que uno se apropia), y es una enorme lección para todos sus lectores (que no deben ser muchos, tomando en cuenta que el título sólo se publicó durante dos años).

Sin temor a equivocarme, esta versión de Unknown Soldier es el equivalente para esta década (2001-2010), a Transmetropolitan de Warren Ellis y The Invisibles de Grant Morrison para los noventa, y Watchmen y V for Vendetta de Alan Moore para los ochenta. Los cinco son títulos de enorme relevancia tanto para el mundo de los cómics en particular, como para las artes en general. Todos ellos plantean preguntas importantes, sugieren formas particulares de libertad, y ponen en discusión la situación del hombre ante los gobiernos y sus ejércitos y policías.


[1] Ver Unknown Soldier #1, diciembre de 2008.


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agosto 22, 2011

Letras de Maya

Letras de Maya




Maya comenzó a redactar:

/'pje/, /pi'e/, /'pie/
“Me pregunto”, pensó mientras mordisqueaba las viejas marcas de dientes sobre el lápiz HB, “cuántas veces se usará la palabra pié en la lengua española”.

Aunque le gustaba la gramática, pensaba que la fonología era un poco boba, “con razón le gusta tanto a Érica”. Érica era la profesora de gramática, una mujer más joven que Maya, “tendrá unos veintiséis”. ¿Y qué podía tener que ver un diapasón y un osciloscopio con las palabras? ¿Acaso la gramática se parece a la afinación de un piano o a un mp3 en el Winamp?

Volvió a la hoja:

¡Qué tontería! Mi nombre, ¿cómo será mi nombre? ¿/'maλa/? A lo mejor, pero tanta incertidumbre me da dolor de cabeza, de núcleo y de coda.
Cuando vio lo que había escrito, arrancó la hoja del cuaderno y la hizo una bola, que arrojó fuera del cesto de la basura. No le gustaba desperdiciar papel, no le gustaba la tala de árboles excesiva, pero si mil árboles contrarrestan la podredumbre de a penas cuatro coches al año, ya podía considerársele a todo intento de reforestación, una batalla perdida. Necesitas más de cincuenta mil árboles para atacar lo de doscientos cincuenta y seis coches. Además, también había que pensar en las familias que dependían del trabajo de los taladores, la economía no estaba para ir abandonando trabajos así como así.

Decidió que no podía pensar con el estómago vacío y se fue corriendo a la cocina, esquivando por nada la puerta floja de la alacena, y para qué, para descubrir que sus reservas de helado de chocolate habían desaparecido misteriosamente. No podía ser Azucena, “está a dieta”. Sólo había una posible respuesta, pero era mejor no pensar en eso o podrían generarse algunos kilos de culpa extra, y “la culpa la hace a una verse menos bonita. No hay que perder la clase”.

Se calzó sus botas rosas (sin atarse los cordones blancos grises) y se echó una sudadera verde encima. En la tienda de conveniencia se encontró a Marquitos. Maya pensó: “/mar'kitos/”. Le dio un beso en la mejilla. Tomó un bote de litro y medio (producto tipo helado con sabor a chocolate, ingredientes: manteca vegetal, colorante y saborizante; nada de helado ni de chocolate, pero estaba bueno) y lo pagó.

—Maya —dijo Marquitos, y lo pronunció “masha”. Marquitos fue criado a partes iguales en Azul, Buenos Aires y en Iguala, Guerreo, lo cual explicaba muchas cosas además de su forma de hablar—. ¿Vas a mi casa mañana a la tarde a ver movies?

La última vez que Maya fue a casa de Marquitos “a la tarde a ver movies” terminaron revolcándose en el suelo, con los sensuales fraseos y gemidos de Andy Lau y la sabrosa Jane March como banda sonora. Fue divertido, y le gustaría repetirlo…

—No puedo —contestó ella, jugueteando con los cordones de la capucha.

…pero había mucha tarea de gramática que terminar (y que comenzar, por supuesto), helado que beber y estupideces que pensar.

Se despidió del muchacho (cinco años menor que ella), y al entrar a su casa puso un disco de los Gene Loves Jezebel (en modo shuffle, por supuesto), se puso a darle a la bailada buena (wonderful rockabilly girls) y se despojó del exceso de ropa. Cuando terminó la segunda canción, estaba exhausta.

Entre gemidos, suspiros y bostezos cansinos, regresó al escritorio. Puso una hoja limpia sobre él, deslizó el lápiz sobre el papel mirando unos guantes de colores que había sobre la lámpara.

Cuando Esteban sonríe parece que mi corazón se hace más grande
Si tan sólo pudiera dejar ir a ese pobre chico
Cuerpo flaco Cuerpo flaco


¿Hace cuánto que no te enamoras? No me refiero a esas noches o a esos días que se prestan o regalan para ir a ningún lado, o quedarse en la cama o en el suelo. Me refiero a esa sensación que se manifiesta en el cuerpo, en las vísceras, que provoca que una persona, una sonrisa, un nombre, una cabellera, unos zapatos sucios ronden tus pensamientos. Me refiero a eso que hace que sonrías como si no existiera la muerte cada vez que esa persona o esa sonrisa te dicen alguna cosa.

Maya creía que no creía en el amor. Pero las letras traicionan, muestran verdades desconocidas, revelan mentiras y deseos. No se puede luchar contra la verdad que insiste en mostrarse en todo su descarnado salvajismo.

—Could it be you don’t spend enough time with me —canturreó Maya con esa voz como de Eva O. sin talento que la hacía sentirse avergonzada cuando tenía que hablar en público, que secretamente la enorgullecía cuando se ponía a cantar en la soledad de su casa— Could it be you don’t spend enough time with me.

Pero, y esto era el quid del asunto, ¿se atrevería a ponerle nombre a ese alguien, a esa sonrisa, a esos zapatos viejos de suela de goma? ¿Podría usar su maltrecho lápiz para escribir tan ansiado nombre?

J.A.

“Quiero un novio como J.A.”, pensó. “/λei'aston/, ¿o debería separarlos?” Pero aunque no en el papel, es su mente quedó inscripto un nombre: Julio. Y se necesitaría mucho valor para salir al mundo y decir “Julio” en voz alta. Tal vez podía ensayar con algún pequeño ejercicio:

—Julio, agosto, septiembre.

¿Podría hacerlo en la calle?

χχ=θ
♀+♂=☺

use mis palabras al sol, para que se sequen
y qué joda con los sintagmas y con la menstruación

¿/‘ma∫a/?


Probablemente no, pero entretanto no le llegara la valentía, aún tenía que terminar su tarea.

Leyó: “la fonética estudia los sonidos reales que pronunciamos, es decir, los fonos, que son más numerosos que los fonemas”, y lo que leyó no significaba nada. ¿Qué podía significar cualquier cosa cuando se compara con el amor?

“O con la muerte.”

Cuando el poeta Sicilia, tras el asesinato de su hijo, decidió dejar de escribir poesía, algunos no lo entendieron, “pero yo sí lo entiendo; mientras todo está en calma creemos que hay cosas importantes, como la poesía o la gramática, pero la calma es un espejismo, cuando algo verdaderamente importante ocurre la poesía y la gramática se muestran como son, meros pasatiempos, juguetes de letras para no aburrirse mientras llega el fin. Sirven igual que una buena sopa de letras con limón y una tortilla. Yo no sé nada de poesía; sólo he leído Trilce y En la masmédula(1), aunque no entendí ni iota, pero sí sé algo: hay cosas más importantes”.

Maya hizo otra pelota de papel, la arrojó al cesto y obtuvo tres puntos. Salió a la calle en busca de Marquitos, que seguía perdiendo el tiempo en la esquina.

—¿Vamos a tu casa a ver una película?



(1) Nota del narrador: Trilce es un libro de poesía bastante nihilista de un sujeto llamado César Vallejo, y En la masmédula es un libro insensato de un tipejo bastante genial conocido como Oliverio Girondo, a los que todos admiramos y respetamos. Son tan buenos ambos libros que he pesado ponerle a mi hija el nombre de Trilce Masmédula, y si nuestra heroína no entiende, como afirma, ni uno ni otro libro, es porque no comparte los mismos códigos que sus autores, pero eso es meternos en lingüística, y éste no es un curso ni un texto didáctico, es un cuento, un texto, como dice ella, para divertirse en lo que se mueren. Me alegro de ser una invención, yo nunca moriré. Pobres de ustedes. En fin, también les aconsejo que lean Altazor de Vicente Huidobro, la poesía completa de Rosario Castellanos, Nostalgia de la muerte de Xavier Villaurrutia, Muerte de Narciso, de José Lezama Lima, Muerte sin fin de José Gorostiza, y Swamp Thing de Alan Moore y Rick Veitch, aunque no tengan nada que ver con todo esto. ¡Ah! Lo olvidaba, el autor desea dedicar este cuento a Mariana Montiel.
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agosto 12, 2011

Novedoso relato de amargura fortuita



Bird


Sábado


El sábado, Martín se despertó después de las once de la mañana. Desayunó choco-crispis, agarró su balón de básquet y se fue a la cancha a meter unas canastas. Pero la cancha estaba llena de niños, que jugaban soccer. Pinche futbol de mierda, pensó Martín, me cagan la madre todos los pinches pamboleros.

Pero en el fondo, Martín envidiaba a las personas como aquéllas, que lo pasaban bien con placeres simples y estúpidos, que no pensaban demasiado en nada, que tenían la cabeza y la vida un tanto vacías.

Martín se fue a su casa. Puso un disco de Bird y jugueteó un rato con su balón. Cuando se sintió aburrido, se fue a sentar, para escuchar a Bird con más atención. Diez minutos después, se había quedado dormido y su sábado había ido a parar a la mierda.



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agosto 04, 2011

Un zoológico secreto: Aburrimiento




Aburrimiento


Ernesto Teodoro vivía inmerso en su rutina (trabajo, casa, cena/televisión, cama, y de vuelta).

Ese martes, mientras veía TV de Noche, admirando las tetas semicubiertas de Marisol, y se comía una pechuga empanizada con un jarrito de tamarindo, la ventana se abrió de golpe.

Ernesto Teodoro miró a su extraño visitante, mezcla de gato y perro, con algo de lagarto y de ratón, y dando un buen bocado a su pollo, volvió la mirada hacia la morena exótica de la tele.


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junio 18, 2011

Borges



Borges. 25 años más viejo

Borges: tú y yo nunca fuimos buenos amigos, sabes que mantengo una mejor relación con Adolfo, pero me agradaba cuando componías versos.
Éstos han sido días complicados: trabajo y calor agobiante, marchas de no-putas (o algo así, en alguna parte del discurso me perdí), politicorruptos entambados, la muerte de la Carrington, y para colmo la chica que me gusta no me deja comer las papas si no compro el pollo entero (por fortuna seguí el consejo de Olivia: “prende al menos dos veladoras por si una se te apaga”). En fin, entenderás que haya olvidado esta fecha. Pero no puedes culparme, la verdad es que ya nadie se acuerda de ti. Sí, compran tus libros, algunos hasta los leen, un puñado incluso los comprenden, pero de ti, Borges, ni quien se acuerde.
Sin embargo, algunos medios tienen mejor memoria, y esta carta está siendo escrita todavía a unos minutos de terminar el lunes.
Como sea, el motivo de esta misiva es contarte algo que me parece monstruoso: tú te moriste hace un cuarto de siglo, y desde entonces nadie pensó en ti, hasta hoy. ¿No es horrible? Me refiero a que, de golpe, así como así, pasaste de los eternos 87 años a tener más de 110. Diablos, debe ser duro.
Estoy escuchando una selección de Tricky, Goldie, Alec Empire y Merciful Nuns, tengo un vaso de agua con hielo y el catálogo de animales fantásticos abierto entre mis manos, estoy tratando de elegir una mascota para hacer más llevaderos los días, mas los covers, versiones y deconstrucciones que Alec Empire hace de temas de Elvis me han puesto nostálgico y tengo ganas de emprenderla a patadas con el zaguán del vecino y poner black metal.
Creo que lo que trato de decir, Borges, es que aunque no nos entendamos mucho, seguiré leyendo algunos de tus libros.

Ciudad de México
13 de Junio de 2011

febrero 21, 2011

Pop Fantasy Gore



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Pedazos de Him y Rasmus flotaban en un charco de sangre enlodada.

La cosplay-niña se arrancaba el cabello, desesperada, las lágrimas con sombra de ojos chartreuse, el maquillaje embarrado de rostro.

La cosplay-niña se arrojó al suelo, sobre los fragmentos de sus idorus. Un dedo, un cacho de pie, un codo, varios dientes, una nariz y una lengua, pero ningún ojo.

—¡Perdónenme! —gritó la cosplay-niña anegada en llanto— ¡No quise hacerlo!

:-(

Recolectó los pedazos y los guardó en la bolsa biodegradable de plástico negro, con el resto de pedazos de otros idorus que había logrado reunir, y se marchó al refugio (Hotel Tokio).


La loly-niña de cabello verde trató de consolar a la cosplay-niña con un beso en la mejilla llena de rouge. Juanito-chan se unió al abrazo, y pronto lo siguieron los otros chicos del club :-

—Fue mi culpa —sollozó la cosplay-niña, secándose las lágrimas verdes con el borde del vestido bermellón. Su liguero se había aflojado, y sus camaradas le ayudaron a llegar al estrado, donde colgaba una cruz podrida sin rastro de dios. Pero pronto iba a dejar de estar vacía :-)



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febrero 11, 2011

La habitación de Lupe





Lupe, pues Guadalupe se llamaba, se sentía realmente aburrida. Pero no sólo ese día; siempre. La vida ya no era nueva, todas las mañanas y también todas las noches eran iguales a la anterior. Todos los novios, todos los amigos, todos iguales.

Lupe caminaba con las manos en los bolsillos, la mirada y el espíritu sobre el suelo, pateando constantemente una vieja botella de 7up, sin pensar adónde dirigirla. De pronto, se detuvo. ¿Dónde estaba? Lupe no lo sabía. Miró a ambos lados. Había varios comercios, y el ambiente allí era un poco viciado, como si la totalidad de sus habitantes hubieran decidido fumar a la vez. Era una calle nueva, una que Lupe no conocía. Parecía haber brotado de la nada, y Lupe se sentía desconcertada.

Los ojos de Lupe hicieron una toma panorámica: había una cantina, una librería, una tienda de antigüedades, una licorería, un cabaret, una tienda de armas y una sex-shop. El alcohol no era nuevo para ella, ni los libros, ni las reliquias, ni los espectáculos de vodevil.

Algo nuevo, algo nuevo. ¿Un vibrador, una pistola? ¿Sexo, muerte? ¿Darle alegría a la vida, quitarse la vida? No era una decisión fácil de tomar, de ningún modo, pero debía hacerlo.

Después de unos segundos, se decidió a visitar la sex-shop. Consciente de que si nada de lo que encontrara ahí dentro la ayudaba a cambiar su vida, siempre estaría abierta la posibilidad de terminarla.


Lupe volvió a su casa antes de anochecer. Vació la bolsa de sus compras sobre la cama y contempló los diversos objetos que había traído de la tienda. Eligió algunos de ellos que, como informaba la etiqueta, se usaban en la ducha.

Después de bañarse, Lupe se sintió alegre, pero todavía no entendía cuál era la maravilla de todo aquello. Sí, había sido interesante y educativo, incluso agradable, pero si eso era todo, mejor hubiera comprado una escopeta de doble cañón. Sin embargo, era muy pronto para rendirse, aún quedaban varios objetos sin usar.

El que más llamó su atención, era el libro. Lupe había pensado que se trataba de algo así como un kama-sutra para uso individual, pero al hojearlo, ya no estaba tan segura.

Su mirada se detuvo sobre algo que parecía una receta. “Conjuro para la soledad inoportuna” (soledad inoportuna, la historia de mi vida). Así que se trataba de un libro de magia. Qué estupidez, pensó Lupe, quien no tenía estómago para soportar a todos esos payasos new age y supuestos magos wicca. Implacable devoradora de textos marxistas, Lupe era una auténtica materialista. No obstante sus prejuicios, decidió darle una oportunidad. Tal vez sería divertido, como las sesiones de oui-ja en la casa de su prima Cecilia, a las lecturas del Tarot de Laura Olivia.

Comenzó a leer el conjuro. De inmediato sintió los efectos del ritual: su cabeza se sentía ligera, el aire era más fresco, el mundo era más grande y había más cosas en él que un momento antes. Eso sólo le había sucedido algunas veces cuando leía una novela o veía una película realmente buena o consumía drogas sintéticas, es decir: cuando se olvidaba de sí misma y se fundía con lo que leía en el libro o lo que veía en la pantalla o lo que llevaba dentro.

Al terminar de leer el conjuro, se sintió adormilada. Creo que me he hipnotizado a mí misma, alcanzó a pensar un instante antes de perder la conciencia.


Lupe se encontraba acostada en su cama, completamente desnuda. Unas manos frías tocaban su piel y la hacían estremecer. Las manos frías recorrían cada milímetro de su piel, una gélida caricia erógena, pero Lupe no podía ver a nadie, la habitación estaba completamente oscura.

Un dedo largo y áspero tocó su garganta como un cuchillo sediento de sangre. Lupe dejó escapar un gemido, mitad de miedo y mitad de placer.

—Calla —dijo una voz. Ni de hombre ni de mujer. Sólo voz y ya—. Calla y siente.

Y Lupe sintió.

Las afiladas uñas de aquella mano fría arañaban ligera, dulcemente su piel aún húmeda por la ducha, causándole un placer hasta entonces desconocido.

—Calla.

Trató de contener sus gemidos, mientras todo su cuerpo temblaba.

De pronto, sintió un sabor como a guayaba madura en su boca, y un aroma a madera quemada llenó su nariz, y después ya no sintió nada. El conjuro había terminado, pero la sonrisa en el rostro de Lupe permanecería ahí durante un buen rato antes de volver a ser la mueca pesimista de todos los días.


Durante algunas semanas, Lupe sólo podría explicarse lo sucedido como un sueño, o como una sugestión (muy vívida, eso sí) provocada en parte por el libro y en parte por el aburrimiento de su vida.

Lupe sabía que los rituales pueden ayudar a darle sentido a la vida. Incluso los rituales mágicos. Sobre todo los mágicos. No es que la magia exista en el sentido ortodoxo del término “existencia”; la magia es más bien un modo simbólico de atar cabos sueltos, de cerrar círculos, de unir los puntos a través de la página de estar vivos. O eso es lo que alcanzaba a comprender de sus lecturas antropológicas. La mayoría de personas no creen en ello porque sencillamente no pueden creer algo que no entienden. Es más fácil dar la media vuelta.

El ritual es sólo un catalizador de algo más, como lo es lavarse para estar limpios o comer para mitigar el hambre. Es igual al caso de aquellas personas que no se sienten tranquilas hasta que contaron todos los autos azules que ven en el camino rumbo al trabajo, que no pueden ir a ninguna parte hasta que ordenaron todos los libros, o que no pueden comenzar sus labores diarias si no se ponen primero el calcetín derecho y luego el izquierdo, personas que tienen la vaga sospecha de que si no lo hacen, algo malo les sucederá.

Entonces, su sueño significaba unos pocos puntos unidos que le daban algo de cohesión al grisáceo desorden interior, al alma, al corazón de Lupe, una suerte de amuleto para alejar la mala suerte que vestía con máscara de tedio. Sí, se sentía bien, en su mente ya no revoloteaban tanto las ideas de suicidio, pero tampoco es que estuviera en un estado de gracia. Seguía siendo ella, sólo que con algo de tranquilidad en la cabeza.

Pero si todo había sido un sueño, la realización simbólica de la reparación de sus sentimientos, ¿por qué tenía aún ese sabor a guayaba? Pensaba que el sabor estaba en la fruta, no en la idea. ¿Estaba equivocada?


Lupe fue al supermercado. Metió en el carrito un paquete de toallas femeninas, una bolsa de botanas, una lata de frijoles, dos cartones de leche, un desodorante, una cajita de grapas, y otras cosas indispensables.

Se detuvo frente al refrigerador de carnes frías. Diversos aromas llenaban el espacio. Pescado, cerdo, res, pollo, quesos, cremas. Sintió una punzada de asco, pero logró contenerla, evitando que su estómago vaciara su contenido sobre el lustroso suelo del establecimiento.

Qué extraño, Lupe no era ninguna vegetariana. Le parecía una hipocresía suponer que la vida de un animal fuera más importante que la de un vegetal.

Cerró los ojos para recuperar el oxígeno y el alma (a pesar de su marxismo, a veces cree que existe algo a lo que sólo puede dar el nombre de alma o espíritu; sí, Lupe está consciente de que eso es caer en el terreno de la fe, pero qué es el materialismo histórico sino un acto de fe, una religión sin metafísica). Un instante después, un aroma dulce llenó sus pulmones. Se sentía mejor.

—¿Le puedo ayudar en algo, señorita? —preguntó una empleada. En su gafete decía que su nombre era Carmen.

—Sí, Carmen —dijo Lupe—. Me gustaría una bolsa de guayabas. Y azúcar, por favor.


Más tarde, cuando la alegría de unos cuantos días ya dejaba asomar el abatimiento de muchos años, Lupe decidió que deseaba realizar el conjuro una vez más.

Igual que la vez anterior, primero tomó un baño acompañada de algunos de sus juguetes. Dándose cuenta de que antes se había reprimido un poco, esta vez se permitió ir más allá, gozar de la experiencia, consciente por primera vez de que su vida, su placer y su cuerpo le pertenecían a ella, que su cuerpo más allá de ser suyo, era ella misma, y que toda represión es la que impone la sociedad en forma de sentimientos de culpa.

Secó su cuerpo y su cabello, se tendió desnuda sobre la cama y abrió el libro. De último momento, decidió quemar incienso.

Aspiró el humo acanelado. Recorrió con la mirada la piel de sus piernas. Tengo un hermoso color y una agradable textura, dijo a media voz, por qué no habría de reconocerlo. Cerró los ojos y llenó sus pulmones de fragancia y oxígeno. Un poco de música, pensó. Pero se sentía relajada y no se levantó. Cuando comenzó a sentirse somnolienta, buscó el conjuro y lo leyó en voz alta, creyendo totalmente en él, de la misma forma que creía en el incienso, en el aire que respiraba y en el calor del colchón.

Leía y su cuerpo se acariciaba, sintiendo su forma, sus detalles. Su respiración se agitó, el embrujo comenzaba a surtir efecto.

Cuando terminó, aún era temprano. Sólo le había tomado media hora. En su mente reproducía las sensaciones que había tenido: el mismo placer de la primera ocasión, pero mucho más intensamente. Y una sensación nueva, algo que parecía dolor. Se miró la entrepierna y descubrió unos arañazos. Se asustó un poco pues no recordaba habérselos hecho, pero tampoco recordaba claramente todo lo demás, únicamente sabía que había sido maravilloso.


Sin embargo, la alegría duró muy poco. Tan sólo dos días después, Lupe volvía a sentirse abatida. Era parecido a la resistencia que presentan los cuerpos a las drogas. Cada vez necesitan de dosis mayores o drogas más fuertes, y con mayor frecuencia.

Esa tarde, se comió seis guayabas, se bañó dos veces, encendió incienso y velas, puso música, bebió una copa, se masturbó mientras leía el conjuro, y esperó.

Pronto comenzó a sentirse mareada. Sus sentidos se agudizaron. Podía percibir el aguijonazo del incienso, el humo de las velas, que formaba figuras inauditas, como los bajorrelieves en las catedrales antiguas. Algo palpitaba feroz dentro de ella, algo como un núcleo de piedra, como un volcán, como un mar en ebullición.

Lupe escuchaba sus propios gemidos y su respiración alterada. Acto seguido, el volcán hizo erupción.

La habitación de Lupe ya no era la habitación de Lupe. Era un salón, una habitación en medio del Infierno. Había cosas sin ojos que la observaban, y cosas húmedas y rojas en las paredes, y alfombras de piel que emitían risas burlonas.

Lupe yacía sobre una plancha de hueso. Una figura inhumana se había colocado encima de ella. Parecía una mujer, y, al mismo tiempo, no se parecía a ninguna mujer. Sus ojos eran completamente negros, sin pupilas o globos oculares discernibles. Era como mirar directamente al abismo y que éste te devolviera la mirada. Era como mirar directamente al vacío y darse cuenta que el vacío tenía forma humana. En el mundo humano no podía haber nada tan negro, imposible. La textura de su piel era parecida a la sangre coagulada, y algunos huesos afilados asomaban de su cabeza escamada, sus brazos y su espalda.

Aquel rostro hermoso y terrible abrió una boca inundada de aftas. Lo que parecían millones de pequeñas dagas se cerraron sobre el cuello de Lupe. Era el beso más doloroso y placentero que Lupe hubiera conocido. Podía sentir la lengua de aquella criatura jugando con su carne, sus garras al cerrarse sobre sus delgadas muñecas, su sexo buscando el de ella, abriéndose paso como una fiera sobre su presa. Sus alas membranosas la envolvieron en un abrazo siniestro, apartando de sus ojos toda luz. Saboreó su carne—carbón, saliva y malicia. Su aroma a sudor y fruta podrida.

El orgasmo de Lupe era enorme y oscuro, el grito vertical de una boca muda, un barco hundido en lo más profundo de un mar negro. Ganchos aguzados desgarraban su interior, y pequeños objetos frágiles, como crustáceos de vidrio, rompieron las paredes de su carne interior.

Un suspiro semejante al de un alma torturada o un tranvía desbordado, surgió de la garganta ensangrentada de Lupe. Lupe abrió los ojos, y después, los cerró.



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