julio 07, 2013

Un minuto y un segundo de Joaquín



Un minuto y un segundo de Joaquín


Un minuto

Joaquín caminaba por la banqueta en el mismo sentido que el flujo de automóviles. Pensaba en el hambre que sentía desde hacía tres horas y sólo esperaba llegar a su casa. Era más rápido caminar que abordar un microbús, y también mucho más barato, se decía mientras intentaba apresurar el paso, pero la banqueta estaba llena y no era fácil esquivar a esas madres con carriolas o a esas parejas que caminaban lado a lado con lentitud de paquidermo.
            Pensó en comprar unos plátanos fritos, podía ser un buen tentempié en lo que llegaba a casa. Además, quería contarle a Rosa que le habían rechazado el proyecto para reducir costos en papelería y electricidad, allá ellos, pensaba, si quieren seguir malgastando recursos. Pero los jefes siempre creen tener la razón aunque sean unos imbéciles.
            Había demasiada gente, y encima esos chavos besándose y estorbando más de lo aceptable.
            —Compermiso —dijo Joaquín.
            —Pásele —respondió el muchacho.
            Joaquín pasó entre la pareja y una señora que esperaba el camión. Comenzaba a desesperarse y le pasó por la mente la idea de darle un codazo a la señora y bajarla de la banqueta. Pero pudo más su sentido común y se tragó su molestia. Pero había mucha gente y tenía prisa.
            Puso un pie en el arroyo vehicular…

Un segundo

El cuerpo de Joaquín yace inmóvil bajo las ruedas del microbús.

junio 15, 2013

La ciudad de las maravillas: Pinche payaso



Pinche payaso

 
Ese pinche payaso ya se merecía lo que se le vino encima. Se lo ganó a pulso por su forma de trabajar. Lo primero que hace es hablarle con cariño a un niño, una vez que el niño lo mira, el payaso saca un globo y lo infla rápidamente, lo moldea para que tome la forma de una espada o de una flor, según el sexo del pequeño (aunque a veces los listillos piden el que supuestamente le corresponde al otro sexo; son más listos que tú), y cuando el niño toma el globo, el payaso le dice:
     —Dile a tu papi o mami que sólo son diez pesos.
     ¡Hijo de su puta madre! Ningún papi y ninguna mami (de los de verdad, no de los que lo son por pendejos) quiere que sus hijos sufran, y en vez de decirle al pinche payaso que chingue a su madre, le ofrecen el dinero.
     Por eso me alegró mucho cuando el pinche payaso se quiso ligar a mi “amiga” Carmen. “Ella” le dijo que sí, se fueron al hotel y ahí, Carmen le mostró la sorpresa y el pinche payaso lleva ya dos días sin poder sentarse.

junio 14, 2013

Las fábulas del idiota - Paletas de cajeta


Foto robada de: chilango.com

Paletas de cajeta


El viejito abordó la unidad y comenzó a recitar su desanimado mantra:
     —Lleve sus paletas de cajeta, una, dos pesos, tres por cinco. Es la deliciosa paleta de caramelo macizo sabor cajeta…
     No vendió ni una sola. Llevaba todo el día abordando microbuses y camiones, pero nadie compraba sus paletas de cajeta. A nadie le gustaban. Lo peor del caso es que había  invertido todo su dinero en una bolsa de tres kilos, y si no vendía, no sabía qué iba a hacer.
     Quiso probar suerte en el metro, pero no había recorrido aún cuatro vagones (sin vender) cuando le cayó la mafia del DF, es decir, el GDF. Los agentes le pidieron entre empujones que se retirara y él lo hizo. El viejito se preguntó por qué no sacaban también a los demás vendedores, los que tenían la estación (Garibaldi, línea 8) convertida en un tianguis sobre ruedas. No conformes con vender sobre los pasillos que llevan al andén, habían colocado mesas y mostradores donde exhibían sus productos.
     Siguió abordando microbuses durante un rato, para intentar vender, aunque tenía pocas esperanzas, y también para acercarse a su casa. Con veinte pesos podría comprar un paquete de chicles y recuperarse en ventas. “No sé por qué compré estas paletas”.
     Comenzó a llover antes de llegar al paradero, hizo los últimos veinte minutos caminando. Es seguro que se va a enfermar y mañana no podrá salir a trabajar.

mayo 28, 2013

Desiertos y cicatrices


Parece apropiado escribir estas líneas mientras en el tocadiscos suena Desertshore, ese oscuro, melancólico y casi inaccesible álbum de música vanguardista de 1970, obra de Nico tanto como de John Cale.
     La Cicatrice intérieure es un film experimental de 1972, dirigido por Philippe Garrel cuya característica más notable es la presencia de la propia Nico como actriz principal, quien además de prestar sus dotes histriónicos para la película, también presenta cuatro canciones tomadas de Desertshore y una más (“König”), que no aparecería en un álbum sino hasta Camera Obscura de 1985, aunque en una versión distinta.
     Se trata de una película introspectiva, el relato/retrato simbólico de una cicatriz interior, es decir psicológica. Una cicatriz es la huella de una herida anterior, algo que queda, en este caso debe tratarse de una herida emocional, interior. La película se desarrolla a lo largo de un collage en el que se suceden varios capítulos o escenas sin conexión ni orden aparente, salvo por los escenarios desérticos (Egipto, Islandia, Death Valley). En cada episodio, Nico interpreta a lo que podrían ser varias mujeres o, lo más probable, a varias versiones de una misma mujer. Es un filme con un significado profundo inaprehensible, pero no hay duda de que está ahí, elusivo, probablemente doloroso. Por momentos, la mujer la ruega al hombre que la rescata, que se quede con ella, para al siguiente momento gritarle con desesperación que se vaya.
     La pérdida y el encuentro, la herida circular, recursiva, marcharse para volver al mismo punto de donde se ha partido, para lograr al final la quema o sepultura del objeto amado/perdido. Si es así, estamos frente a un filme que algo quiere decirnos sobre el proceso de duelo ante la pérdida del ser amado, se intuye que ante la separación de los amantes. La cicatriz interior debe ser el recuerdo doloroso de aquel otro que se fue, en lo que se siente como un abandono, un abandono en un desierto imaginario. 
     Uno de los temas que saltan de Desertshore a La Cicatrice intérieure es “Abschied”, que en su título original llevaba por nombre “Abschied Ode (Death/Farewell)". ¿No es esta película también una oda de despedida a ese otro que se ha perdido? ¿O quizá una despedida, un aviso de la muerte que se aproxima? Porque la separación de los amantes es tan profundamente dolorosa que se vive con la misma intensidad que la muerte de seres queridos, con la diferencia que frente a la separación, se experimenta una sensación de despojo, de abandono, de estar uno perdido, y si no se tiene cuidado, realmente se puede terminar perdido en las fantasías interiores, en un desierto de tristeza y recuerdos.

abril 30, 2013

Ese recuerdo inolvidable




Ese recuerdo inolvidable


Fue a los siete u ocho años. Mi tía estaba desnuda y mientras se ponía las medias, más bien las pantimedias, de ésas que tienen nombre de personaje de Oscar Wilde, sentí que algo se movió entre mis piernas. Ella me miró, se dio cuenta de todo, pero evitó que me llenara de vergüenza con esa sonrisa tan característica suya. Luego, para calzarse los zapatos, hizo un movimiento de piernas que sigo viendo en mi cabeza cuando las noches son solitarias. No es casual que mi película favorita durante la adolescencia haya sido Bajos Instintos.
     Ahora recuerdo que se estaba alistando para los quince años de mi prima Jéssica. Yo había ido a buscarla por orden de mi tío, pero al mirarle los bultos de su pecho olvidé lo que tenía que decirle. Me quedé ahí, tieso y mudo. Mi tía me miraba sonriente mientras se ponía el resto del atuendo, que remató con un vestido entallado que con el tiempo se convertiría en mi ideal. No salgo con muchachas que no usen de vez en cuando vestidos entallados. A ellas, les he pedido que representen la famosa escena de bajos Instintos, donde Michelle Pfeiffer cruza las piernas. Algunas se han negado hacerlo.
     Mi tía me hizo una seña para que me acercara. Obedecí. Me pidió que le ayudara con el cierre de su vestido. Su espalda tenía un hermoso color bronce, era suave y tenía un perfume especial. Me demoré deliberadamente. A mi tía no pareció importarle. Forcejé con el vestido un poco, más de lo que en realidad requería, ella me ayudó a mantener la ilusión, acariciaba su espalda con los nudillos, jalaba el cierre y pegaba mi rostro a su cintura. Me hizo abrazarla para sujetarla mejor y realizar la tarea encomendada. Así lo hice. Pero fingí que aún no podía. Sus nalgas golpearon mi pecho y quedé sentado en la cama, mi tía sentada encima de mí. Reímos. Pero ella no se levantó. Respiraba agitadamente y movía un poco el cuerpo en vaivén. Yo sentía algo como miedo y felicidad.
     Mi mano, que aún la rodeaba, buscó algo instintivamente, me sujeté con firmeza. Mi tía suspiró. Recargué la cara en su espalda, la llené de besos. Ella se dejaba hacer y de vez en vez devolvía alguna caricia.
     Se puso de pie y me tomó de las manos. Metió su lengua en mi boca y yo no supe ni qué sentir. Era un sabor extraño. Era una textura suave y carnosa. No podía pensar. Mi tía habló:
     —Búscame cuando quieras.
     Esta noche vine a buscarla.

Fotos tomadas de la película Malena de Giuseppe Tornatore