abril 29, 2019
¿Son lo mismo un cuento y un relato?
Si te has preguntado si es lo mismo el cuento que el relato, la respuesta es que sí, es lo mismo. Ahora déjate de tonterías ociosas de gente blanca de clase media con la vida resuelta y ponte a escribir tu cuento, de preferencia uno bueno.
abril 21, 2019
Hadas amorosas: Mariana
Mariana
Chavo, tienes una novia guapa. Dile que la quieres, no la
riegues, no lo mandes todo al carajo con esa cabeza imbécil que te cargas.
Tú novia es
mayor que tú. No es una señora, pero es mayor. A veces van a comer al centro,
donde nadie los conoce. La besas en público y te sientes increíble cuando todos
te ven y se escandalizan y tratan de ocultar su desaprobación cuando la tocas.
Sabes que todos son unos cretinos hipócritas, hijoputas que se madrean a sus
niños y a su vieja y usan traje y corbata y conducen un estúpido auto que les
hace olvidar que tienen el pito chico. Y la acaricias, le metes la mano bajo la
falda, fingiendo que tratas de hacerlo sin que nadie lo note, pero quieres que
todos lo noten y se sientan celosos porque tienes la novia más guapa.
Chavo, tu novia
no es guapa y ya. También es lista. Brillante. Es escritora y sabes que sería
una gran escritora si este pinche país no estuviera sumido en la mierda priista
y a las personas no les importara más el pinche futbol que un buen libro. No
eres un gran lector, tú, pero conoces a Kafka y sí has leído a Borges, aunque
no le entiendes ni madres. A ti lo que te gusta es bailar. Bailar hace que se
te olvide que te vas a morir.
Hace cinco
años te diagnosticaron un puto cáncer. Te vas a morir porque eres pobre. El
cáncer es curable si se detecta a tiempo. Y una verga. El cáncer es curable si
tienes dinero y no te toca un matasanos hijo de la chingada. Pinche doctora. La
doctora Mata. Le queda bien su nombrecito a la culera. Tu cáncer era operable,
pero ya no lo es. Te vas a morir y eso puede ocurrir esta noche o en cualquier
momento de los próximos dos o tres años. Nadie lo sabe. Mariana, por supuesto,
no tiene idea. No le vas a decir nada porque prometiste que no la harías sufrir
nunca y sabes lo mucho que te quiere.
Le dices Te
quiero en voz alta, tus dedos se deslizan dentro de su ropa interior. Ella
suspira, aprieta las piernas y da un bocado a su ensalada. No puede ocultar una
enorme sonrisa detrás de esos pequeños labios. Es lo que más te gusta de ella,
su sonrisa y esa cara dulce y amable y todo lo que te enseña. Es la mejor del
mundo, y tú lo sabes. Sacas los dedos humedecidos, con ellos tomas un poco de
pan y lo remojas en la sopa, te lo llevas a la boca y te chupas los dedos. Ella
se echa a reír y la quieres como nunca has querido a nadie.
Te das
cuenta de que el imbécil de la mesa de junto los está criticando. Le ves la
jeta y sí, tiene la expresión de tener metido un tubo por el culo. Mariana, le
dices, ¿sabes qué es lo que más odio? A los pinche maricas que vienen a comer a
este lugar. Deberías escribir un cuento sobre esto.
¿Sobre qué?
Sobre
nosotros.
Mariana es
una buena escritora, es lista y tiene un amplio vocabulario. Conoce palabras
como “melifluo” y “clepsidra”. Tú fuiste al diccionario a verificar y ella no
se burló de ti. Es hermosa bajo la luz del alumbrado público y es hermosa
cuando te mira. Y la quieres sobre todo porque no te hace sentir que no te la
mereces, aunque no te la merezcas. Piénsalo: si una mujer como Mariana te
quiere, entonces tu vida no ha resultado un total fracaso.
Esta noche
deberías invitarla a bailar, y cuando estén juntos en la cama, cansados de la
pista, deberías cantarle algo y decirle palabras tiernas. ¡Chingada madre,
incluso deberías decirle Te amo. Mariana es la neta. Deberías hacérselo saber
esta misma noche, quién sabe si mañana tengas oportunidad.
julio 10, 2015
El niño dios y el sexo anal
Probablemente, usar a niños dios como dildos anales tenga un significado más profundo que el mero shock value, es seguro que este libro sobre clones del bebé jesús que se usan como consoladores de culo, no se trate realmente de niños dios que se usan como consoladores de culo, sino de otra cosa. Quizá se trate de una crítica a la religión, que es un pinche consuelo para el ser humano, aunque dios no sea real (y dios no es real, en el sentido en que un dildo no es sexo real, carnal, entre una persona y otra persona). Pero si tiene un significado como éste, o de otro tipo, no lo capté. La verdad es que no me esforcé en captarlo, ocupado como estaba en reírme de las ocurrencias del autor.
Divertido, aunque de poco valor artístico, pues se basa más en el shock por el shock mismo, y tiene una escena algo larga completamente gratuita (la escena del edificio y la niña), The Baby Jesus Butt Plug sigue siendo una buena obra para leerse en el metro, mientras vas rumbo a la oficina.
Divertido, aunque de poco valor artístico, pues se basa más en el shock por el shock mismo, y tiene una escena algo larga completamente gratuita (la escena del edificio y la niña), The Baby Jesus Butt Plug sigue siendo una buena obra para leerse en el metro, mientras vas rumbo a la oficina.
junio 05, 2015
Un zoológico secreto - Gatos y dioses
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| "Aquí hay gato encerrado". -Schrödinger |
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| Querido Spider Jerusalem: Cuando abrí la caja, algo le había pasado a tu gato. -Schrödinger |
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| "Quisiera ser el gato de Crumb para meterte mano". -Schrödinger (cartas a la novia). |
mayo 21, 2015
Burroughs Compendium
En 2014, Anagrama tomó la sabia decisión de reunir en un tomo las tres novelas más importantes de William Burroughs, Yonqui, El almuerzo desnudo y Queer. Yonqui (1953)
La obra inicial de William Burroughs, Yonqui, todavía se encuentra lejos del casi ininteligible caos verbal de El almuerzo desnudo y sus siguientes obras, más experimentales. Yonqui es el relato de un adicto a la morfina y sus aventuras para conseguir la siguiente inyección del día. Es, también, el retrato progresivo de la búsqueda -infructuosa- de 'algo' que quizá la droga puede dar. Es el primer paso en el viaje mítico/místico que emprende Lee/Burroughs en busca de la ayahuasca, esa droga que lo cambiaría todo, "el colocón definitivo".
Aquí, Lee se convierte en adicto.
El almuerzo desnudo (1969)
Puede que sea su obra más conocida y atrevida, pero no necesariamente la mejor. Lejos estoy de decir que sea un mal libro, pues no lo es ni por asomo, pero hay una dificultad insalvable para calificarlo como 'mejor' o 'peor' que Yonqui o Queer, pero no es fácil elegir qué elementos son los importantes a tomar en cuenta, entre los muchos posibles: La historia, la estructura, la experimentación, los elementos lingüísticos, el desarrollo de personajes, la calidad narrativa en sí. El almuerzo desnudo es más experimental que las otras dos, al grado de que puede pasar sin que falte razón por una novela inconexa e ininteligible, una colección de relatos o viñetas satíricas de mal gusto, una novela desarticulada de sus partes que puede leerse al azar, o los diarios de un escritor adicto que da cuenta de sus delirios.
Tras leer Yonqui y Queer, El almuerzo desnudo adquiere una legibilidad que, fuera del contexto de esta trilogía, no tiene. En Yonqui, Burroughs narra la vida de Lee, al volverse adicto; en El almuerzo desnudo, se representa el estado mental de Lee, posterior a la historia narrada en Queer, cuando ya ha decidido volverse escritor.
Aquí, Lee cuenta sus números y delirios a un público interior, él mismo, como escritor.
Queer (1985)
La cereza que corona este pastel putrefacto, Queer fue publicado 30 años después de haber sido escrito, y las peripecias que llevaron a Burroughs a hacerlo, se difuminan pero no se pierden en la narración. De nuevo estamos ante una novela de estructura y corte tradicional, una narración cronológica inteligible, con una historia y un desarrollo claros, y personajes bien dibujados. Queer es la continuación de Yonqui, y el paso intermedio entre la narrativa convencional y la experimentación extrema de El almuerzo desnudo y la mayoría de sus obras posteriores. Pero mientras en su primera novela se narra cómo Lee se adentra al mundillo de la droga y se convierte en adicto, en ésta se cuenta lo que sucede cuando ha superado el síndrome de abstinencia y comienza la recuperación, cuando el apetito sexual reaparece con fuerza inusitada y las aventuras que emprende para ligar con un joven Allerton que lo rechaza e ignora constantemente.
Aquí, Lee, que se está recuperando de la adicción, busca un público al que representar sus obsesiones y delirios, y lo encuentra en Allerton.
En conclusión, esta colección de tres novelas de William Burroughs, publicadas en la colección Compendium de Anagrama, es perfecta para adentrarse en la literatura de uno de los autores más interesantes e importantes de Estados Unidos en el siglo XX; es, también, una oportunidad de conocer sus obras iniciales, que, aunque pueden conseguirse por separado, no son tan conocidas como El almuerzo desnudo.
mayo 07, 2015
Philospunk: Steampunk filosófico
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| Ícaro salvado, Julio Nieto |
Pero algunos autores pensaron que la máquina de vapor no era la única tecnología que pudo haber tenido avances, ¿por qué no hacer evolucionar los relojes y otros mecanismos basados en cuerdas y engranes? Así nace el clockpunk. ¿Y los motores a combustible? Tenemos el dieselpunk. ¿Qué tal un retrofuturismo de corte ambientalista? Ahí está el greenpunk. Representante de la era atómica y espacial, el atompunk.
El problema con todos estos subgéneros es que, mayormente, se enfocan en lo superficial y meramente estético (el vestuario y las máquinas, principalmente), y se olvidan de usar estos elementos como un medio para hacer literatura, tomándolos como un fin. Es algo común en la literatura de género, lo importante es precisamente el género con todos sus clichés, sus elementos recurrentes y su estética.
Pero yo concibo la ciencia ficción como la relación del ser humano con la tecnología que lo rodea, real o imaginaria, posible o imposible, y a ver esta relación lo aprendí de JG Ballard y de Ray Bradbury. Mediante la descripción de esta relación exploro los distintos significados de ser humano, o muestro diversas formas (no convencionales) de serlo, indicando de paso que la vida no tiene sentido, que la búsqueda del sentido de la vida de cada uno es una búsqueda personal (no espiritual, sino material), incluso quiero decir que es válido renunciar a esa búsqueda; también me interesa hacer una crítica a los valores convencionales/capitalistas, a los valores cristianos/católicos.
El relato de esta relación entre el hombre y la tecnología (mecánica y electrónica, pero también ideológica, como las tecnologías de control social) termina por ser una exploración filosófica, y pueden intervenir elementos psicológicos, políticos, religosos, sociales, en suma, ideológicos.
En mi cuento "Ícaro", que fue escrito originalmente para la colección The best of spanish steampunk, el steampunk sólo es el pretexto para contar una historia sobre una persona que da el salto icárico, esa idea filosófica de que la felicidad no es esa cómoda medianía de la clase burguesa (o de la clase media con valores burgueses) que consiste en tener un buen trabajo, una buena esposa, un buen hijo, una buena casa, un buen coche y un buen perro, sino en dar el salto hacia el sol, aunque el fuego derrita tus alas y la caída te mate; la felicidad no es alcanzable sino deseable, algo que se debe buscar continuamente aunque se tenga plena conciencia de que jamás se logrará, pues sin esa búsqueda la vida sólo es una sombra de lo que podría ser.
Con este cuento, con el que me gusta bromear diciendo que funda el philospunk o la filosofía en el steampunk, pretendo mostrar dos formas de vida opuestas, la de Altair, que quiere llegar al sol, y la de Boris, que quiere casarse y tener una casa propia. Aunque algunas formas de vida me parecen preferibles a otras, no es mi intención condenar unas mientras aplaudo a otras, sino decir: "Oigan, hay otras formas de vivir, ¿por qué no conocerlas? Incluso podríamos aprender algo."
abril 01, 2015
Hoja en blanco
Sí, es una bronca. No se me ocurre nada. Quiero escribir un buen cuento pero no lo logro. Llevo varias semanas así. No es que tenga prisa, pero así están las cosas. Quiero enviar algo al Amparo Dávila, pero no quiero enviar cualquier cosa. Tengo cientos de cuentos, pero casi todos son malos, o no cumplen con las características solicitadas. Si no escribo nada apropiado, no importa, tampoco es que me interese tanto participar en esa convocatoria, pero me molesta esta situación.

Normalmente, no me ocurre. Siempre ha sido fácil para mí escribir. No siempre lo hago bien, pero lo hago. Y eso vale más que no hacerlo, que es justo lo que está pasando ahora mismo, no lo estoy haciendo. He comenzado más de diez cuentos en los últimos días, y todos se han quedado sin terminar. Puros abortos, puros intentos malogrados.
A veces, para escribir algo, tomo como ejemplo un cuento de alguien más. Tomo como base su estructura o alguna situación interesante, o una palabra, idea o personaje. Y sobre esa base, voy creando algo diferente, algo que a mí me guste, me entusiasme, algo que me haga decir: "Esto es lo que quería". Eso precisamente he hecho, tomé algunas antologías de escritores mexicanos, agarré algunos números de Penumbria, eché un ojo a esos cuentos, buscando ese algo que detonara la escritura. Pero no hay nada. Sí, sería muy sencillo escribir un cuento "igual" a ésos que vi. Hace una especia de cover o revisión, una deconstrucción, una parodia. Pero no es eso lo que quiero, quiero hacer un buen cuento. ¿Es acaso tan difícil?
Cuando leí "Canción de cuna", escribí "Triángulos infernales". Tomé la estructura de Inés Arredondo para usarla a mi conveniencia y contar esa historia de un triángulo amoroso convertido en pesadilla. "Ícaro" y "Objetos vacíos" salieron tras analizar la forma de JG Ballard construir sus relatos, a partir de una idea filosófica o psicológica. Pero estos días no he logrado hacerlo y ya comienzo a sentir la desesperación, la ausencia de palabras, de ideas importantes.
Sólo se me ocurre volver a mis lecturas. Seguir leyendo hasta que algo detone y las palabras salgan, las palabras necesarias.
¿Cómo harán esos escritores profesionales que colaboran en medios y cada semana, cada quincena, cada mes, tienen un nuevo cuento? Bueno, supongo que cuando la escritura se convierte en un trabajo, con horarios fijos, se vuelve mecánica y se escribe sobre cualquier cosa y de cualquier modo. Incluso Bradbury, que escribía a diario, en horarios fijados por él mismo, terminó por escribir una y otra vez el mismo cuento. Hermoso, hermosísimo cuento, sí, pero el mismo siempre, con las mismas palabras, los mismos paisajes, los mismos personajes...

Normalmente, no me ocurre. Siempre ha sido fácil para mí escribir. No siempre lo hago bien, pero lo hago. Y eso vale más que no hacerlo, que es justo lo que está pasando ahora mismo, no lo estoy haciendo. He comenzado más de diez cuentos en los últimos días, y todos se han quedado sin terminar. Puros abortos, puros intentos malogrados.
A veces, para escribir algo, tomo como ejemplo un cuento de alguien más. Tomo como base su estructura o alguna situación interesante, o una palabra, idea o personaje. Y sobre esa base, voy creando algo diferente, algo que a mí me guste, me entusiasme, algo que me haga decir: "Esto es lo que quería". Eso precisamente he hecho, tomé algunas antologías de escritores mexicanos, agarré algunos números de Penumbria, eché un ojo a esos cuentos, buscando ese algo que detonara la escritura. Pero no hay nada. Sí, sería muy sencillo escribir un cuento "igual" a ésos que vi. Hace una especia de cover o revisión, una deconstrucción, una parodia. Pero no es eso lo que quiero, quiero hacer un buen cuento. ¿Es acaso tan difícil?
Cuando leí "Canción de cuna", escribí "Triángulos infernales". Tomé la estructura de Inés Arredondo para usarla a mi conveniencia y contar esa historia de un triángulo amoroso convertido en pesadilla. "Ícaro" y "Objetos vacíos" salieron tras analizar la forma de JG Ballard construir sus relatos, a partir de una idea filosófica o psicológica. Pero estos días no he logrado hacerlo y ya comienzo a sentir la desesperación, la ausencia de palabras, de ideas importantes.
Sólo se me ocurre volver a mis lecturas. Seguir leyendo hasta que algo detone y las palabras salgan, las palabras necesarias.
¿Cómo harán esos escritores profesionales que colaboran en medios y cada semana, cada quincena, cada mes, tienen un nuevo cuento? Bueno, supongo que cuando la escritura se convierte en un trabajo, con horarios fijos, se vuelve mecánica y se escribe sobre cualquier cosa y de cualquier modo. Incluso Bradbury, que escribía a diario, en horarios fijados por él mismo, terminó por escribir una y otra vez el mismo cuento. Hermoso, hermosísimo cuento, sí, pero el mismo siempre, con las mismas palabras, los mismos paisajes, los mismos personajes...
marzo 19, 2015
Mariposa nocturna
Mi nombre es Bernardo, pero mis amigos me llaman el Oso. Salí
en mi carcacha a visitar a mi hermano, que vive en Puebla. No era muy buen
conductor, pero me gustaba hacerlo sobre todo porque escuchar la radio y llevar
la ventanilla abajo, dejando que el viento me enredara el cabello, era uno de
esos placeres de juventud que se habían quedado en mí hasta la vejez.
Al llegar a
la carretera México-Puebla, que por la noche se encuentra libre de viajeros, destapé
mi whisky, envuelto en papel de estraza como el de cualquier borracho
arquetípico. Di algunos sorbos y comencé a grabar:
—Aurelio
tomó el telescopio de su padre —dije con la voz muy ronca— y lo colocó frente a
la ventana de su cuarto. Tal vez podría espiar a Karina mientras se cambiaba de
ropa en el edificio de enfrente.
Desde que
había tenido el accidente en la carpintería, había dejado de escribir en
cuadernos, limitándome a registrar mis relatos en una pequeña grabadora de
reportero. Tenía pendiente la entrega de un nuevo libro, en realidad ya estaba
completo pero sentía que le hacía falta aún un cuento más, pero no lograba dar
con él. Ninguno de los relatos reunidos bajo el título de Guajolote desplumado me parece apropiado para dar inicio a esta
colección. Esta colección no tiene un tono general, los temas y la forma de
abordarlos, abundan, ninguno es más apropiado que el resto para dar inicio al
libro, necesito uno más. Un cuento absurdo, cómico y algo dramático. Si no
lograba hacerlo, entregaría la colección ordenada sólo alfabéticamente, y que
el editor se hiciera bolas.
Sentí
hambre. Presioné el stop, salí de la carretera y descendí del auto. Regresé a
subir el volumen, esa canción me gustaba. Saqué el recipiente con frijoles de
la olla. Estaban fríos, era un viaje largo y no había remedio. De una arrugada
bolsa de papel, saqué un bolillo y una bolsita de rajas. Comí con ánimo, pero
lentamente, disfrutando del paseo y del aire limpio de la carretera. Oriné
entre unos matorrales. Un automóvil cruzó la carretera a toda velocidad. Era
hermoso estar ahí, en la soledad de la noche, sin preocupaciones serias en las que
pensar.
Después de
grabar algunas líneas, volví a la carretera. Hacía buen tiempo, incluso podía
escuchar el canto de algunos pájaros. Una mariposa nocturna se posó en el
parabrisas. No viajaba tan rápido como para hacerla puré, así que pude
observarla mientras movía sus alas y trataba de huir. Finalmente, lo consiguió;
en un rápido movimiento, se alejó del coche, se internó en el bosque y la seguí
con la mirada. Era una bella criatura, grande como un pájaro, de movimientos
delicados, era como un calidoscopio del color de los troncos en la oscuridad.
—No vi la
curva. Me salí del camino. El mundo es extraño cuando lo miras cabeza abajo.
Una mariposa nocturna, con un gran sentido de la ironía, se posa en el
parabrisas mientras me doy cuenta de que ya tengo el cuento perfecto para
arrancar mi libro.
noviembre 28, 2014
Llorona
Sueña la tierra el sueño del joven sin piel en el rostro y
al que le han robado los ojos y que llora con siniestra sonrisa helada y no
puede encontrar el camino a casa. Sueña con cuarenta y tres de sus queridos
hijos que se han vuelto invisibles y perdidizos y permanentemente presentes en
la memoria. Sueña la tierra, sola, se inquieta, retiembla, se estremece, crujen
sus huesos, sus entrañas de fuego y de sangre, se encoge su corazón de piedra
antigua. Sueña la tierra y su sueño es el sueño de las madres sin hijos;
inconsolable. Se da vuelta sobre sí misma, se envuelve en su manto, tiene frío
en el corazón. Llama a sus hijos y sólo le responde el silencio. Sueña la
tierra y busca a sus hijos, los busca por los laberintos de la oscuridad y la
soledad; los busca en parajes de tumbas anónimas; los busca en esos campos
donde cuidaban plantas y se bañaban de sol, en un tiempo muy viejo cuando aún
había sol; los busca entre las raíces de los incontables árboles que se
entierran en su cuerpo, que se alimentan de ella —los árboles son sus hijos
también, y sus raíces buscan a sus hermanos; los busca dentro de sí misma, en
sus recovecos desconocidos donde pueden estar escondidos lejos del miedo y del
clamor de las balas, donde pueden vagar, extraviarse, perderse. Sueña la madre
tierra.
Llueve.
Lluvia de sangre. Los ríos de sangre corren por los pueblos como las venas de
la tierra. Los ríos se desbordan, arrastran lo que pueden, los pueblos
sucumben, las ciudades se convierten en fantasmas de hueso frágil, las madres
lloran envueltas en sangriento huipil y esperan el regreso de los hijos
desaparecidos. Llueve. Caen relámpagos y el cielo y el horizonte se tiñen de
sangre. El mar se ha vuelto rojo y también el aire. La bandera se ha quedados sin
esperanza, sin unidad, sólo conserva la sangre de los caídos.
Sopla un
viento de sombras. Despierta la tierra y llora. La tierra llora al recordar el
sueño de su hijo sin piel en el rostro y al que le han robado los ojos, al
recordar el sueño de los campos a los que les hacen falta cuarenta y tres de
sus hijos queridos, el sueño de sí misma perdida en la oscuridad y el silencio.
Llora y grita entre los callejones y caminos de piedra, llora y grita en las
casas de adobe y los edificios de cristal, llora y grita al darse cuenta de
que, después de todo, el sueño de sus hijos perdidos y tanta miseria, no eran
un sueño en absoluto.
septiembre 24, 2014
Una máquina clonadora para Teófilo Huerta
Apesadumbrado por la imposibilidad de acudir a dos eventos que se realizarían simultáneamente, por un lado el curso de capacitación al que no podía darse el lujo de faltar y, por el otro, la conducción de la exposición de Antonieta Rivas Mercado, Teófilo Huerta acudió a mí en busca de ayuda. Él sabía que si existía una máquina clonadora funcional, yo la tendría entre mis cacharros, y no se equivocó.
—Aquí la tienes —le dije y le entregué una caja de cartón corrugado de unos 60x60x60, debidamente sellada con la leyenda “Frágil”—, y no es necesario decirte que tengas cuidado con ella, ¿no?
No queríamos que una horda de Teófilos Huerta anduviera libre por las calles de esta ciudad, ya de por sí demasiado concurrida por personajes que parecen todos haber sido cortados con la misma tijera.
Durante unos días no pensé ni en Teófilo ni en la máquina clonadora, hasta que me enteré de que el intento de mi amigo había sido un fracaso. La máquina funcionaba perfectamente, que no se crea que ahí hubo error, ahora había dos Teófilos. El problema fue que, como eran idénticos, también lo eran sus pensamientos: ambos decidieron acudir al mismo evento y, al encontrarse en la frente a frente de camino a su destino, terminaron dándose de puñetazos, perdiéndose por completo de la posibilidad de acudir a cualquiera de los dos.
septiembre 09, 2014
Tusitala de óbitos, el dark cursi de Lola Ancira
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| Foto promocional |
Lola Ancira es una
escritora mexicana que promociona su libro con fotos de ella misma modelando
ropa un tanto excéntrica y que pretende ser sensual, mostrando sus tatuajes y
su pertenencia al underground, a la escena dark. Bien, funcionó:
piqué el anzuelo y lo adquirí.
El título es enigmático: Tusitala de óbitos (Pictographia,
CONACULTA/INBA, 2013). “Tusitala” es el nombre que dieron a Stevenson (La
isla del tesoro) en Samoa, donde vivió sus últimos días, y significa “el
contador de historias”; “óbito” es una muerte. El título podría traducirse como
“Narrador de cuentos de muertos”, que ya no suena tan misterioso. Y lo que nos
encontramos, es un compendio de relatos breves de corte fantástico y culto, con
múltiples referencias literarias, un poco en la vena de Borges y Arreola. Hay
destellos de Salvador Elizondo, Edward Gorey, Amparo Dávila, y otros.
La primicia es atractiva, sobre todo frente al sobrepoblado mundillo de
la literatura de género, llena de vampiros, zombis y fantasmas, cuyas aventuras
no contribuyen en nada sustancial a la literatura, si acaso logran entretener o
divertir al lector durante unos minutos, pero el efecto es efímero. Otro punto
positivo es que la autora no explora la ya demasiado sobada minificción,
terreno fértil para los entusiastas de la literatura referencial y el relato de
imaginación, pero que, del mismo modo, poco aporta.
Las narraciones que conforman Tusitala de óbitos, tratan acerca
de laberintos, criaturas míticas e imaginarias, asesinos seriales (fetiche de
la comunidad dark), sueño y vigilia, y otros temas cercanos. No hay uno
solo que sea sobresaliente de entre la totalidad. En general, todos presentan
los mismos elementos positivos y adolecen de las mismas debilidades. Sobre
todo, esto último. Es evidente que ha leído mucho y sobre variadísimos asuntos,
y que sus cuentos fueron redactados en momentos de creatividad desbocada, pero
también lo es que la autora no se tomó el tiempo para revisar el estilo… ¡salvo
para buscar sinónimos altisonantes y llamativos! Pero lo más extraño es que un
volumen editado por CONACULTA/INBA, no haya sido revisado por un corrector de
estilo profesional.
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| Tusitala de óbitos. Cubierta |
Entre los defectos recurrentes, tenemos la repetición de palabras.
“Estar”, “mayor”, “tiempo” (“Dédalo”); “hasta”, “sobrehumano”, (“Cosmogonía de
las parafilias”); “prohibir” (“Los infortunios de Vigilius Haufniensis”); “que
sí” (“Un inminente progreso”); etc. Este fallo evidencia un léxico pobre, que
puede subsanarse con la incorporación de expresiones semejantes o, mejor aún,
de reescribir algunas partes, acción que se realizaría durante la revisión. La
contraparte a este error es el abuso de sinónimos; en el relato
“Licornio”, nos habla de una bestia mítica, “el licornio, al que tú conoces
como unicornio”, pero lo hace después de haberlo llamado “unicornio”. ¿Para qué
emplear el equivalente rebuscado y poco conocido, si de todas formas se olvida
de emplearlo al comienzo del cuento? ¿Para qué hablar de “la comida, la bebida y
los piscolabis” (“Los infortunios de Vigilius Haufniensis”) si es más fácil y
claro hablar de “la comida, la bebida y los postres”, o “tentempiés”, o
“aperitivos”, o “bocadillos”, o “refrigerios”? Todas ellas, opciones más
directas, más sencillas, y que no le restan valor literario a lo escrito. ¿Para
que usar esos vocablos análogos salvo para mostrar su enorme conocimiento de
palabras exóticas y raras, a demérito de la experiencia de lectura? En el peor
de los casos, estas voces son mal empleadas: “las posibilidades más dislates”
(“Pāyğāme”), aquí, el sustantivo es usado como adjetivo.
A lo largo de la obra, nos topamos con varias inconsistencias. En
los relatos “La mujer volátil” y “Élytron”, no hay una voz narrativa estable,
lo que hace a ambos cuentos, confusos; para asimilarlos, hay que leerlos dos
veces, pero, ¿por qué un lector preferiría releer este título en vez de buscar
otro? En “Cosmogonía de las parafilias”, enumera la relación superpoder-desviación
sexual, y a cada habilidad asigna un tipo de práctica sexual distinta de la
norma convencional: al mimetismo animal, por ejemplo, asigna la zoofilia; a la
inmortalidad, la necrofilia; “la asfixia y el estrangulamiento (...) dieron
forma a la asfixiofilia”, pero olvida mencionar el poder. En “Atavismo
ficcional” habla de “complacer placeres inconscientes”; ¿los placeres se
complacen? ¿No querrá decir los deseos? En “Spica” nos describe la llegada de
la noche y, poco después, nos dice que pronto anochecería; en el mismo, indica
que hay al menos una cosa que es “imposible del todo”, lo cual implica,
necesariamente, que hay otras que son menos imposibles.
En el ya mencionado “Élytron”, habla de un ser al que le aparecen unas
heridas a la altura de los omóplatos, de las cuales surgen unos cartílagos que
crecen; más adelante, los cartílagos vuelven a ser mencionados, esta vez con
membranas que evidencian lo que el lector ya sabe; enseguida, el personaje
planifica lo que será su primer vuelo, entonces mira un espejo y descubre, con
asombro, ¡que tiene alas! ¿No es ridículo? El personaje habla acerca de
emprender el vuelo, y después descubre sus alas. En “Jeremiades”, la escritora
cree que basta con informar a las autoridades, esa abstracción de la que no se
nos dice nada hasta que es invocada para resolver el atolladero en que se metió
Lola Ancira, de que en una casa ocurren hechos terribles, para que éstas
lleguen de inmediato y quemen la casa sin una investigación previa; ¡eso va más
allá de lo fantástico y de lo absurdo! Es, sencillamente, estúpido.
Repetidamente, nos encontramos con líneas grandilocuentes que provocan
el deseo de abandonar la lectura. Algunos ejemplos: “La causa de este hado
funesto fue la necesaria exteriorización de su caótico y discrepante mundo
interior” (“Jeremiades”); “Criaturas trashumantes sobrevolando paisajes secos
de denuedos, horizontes desamparados de utopías e ilusiones abandonadas a la
intemperie” (“Permanencia”); “Te advierto que los exoesqueletos de las palabras
son más terribles y su olor es más penetrante que el de un mórbido cadáver
animal con días de descomposición” (“Legado”). Todas estas líneas pretenden
dotar a las narraciones de refinamiento o elegancia, sin conseguirlo, y éstas
no perderían valor literario si tales locuciones fueran modificadas o
eliminadas por completo.
Para ser honesto, sí que hay una excepción. El relato “9 192 631 770” está
bien logrado. Pese a presentar los mismos problemas que el resto, es decir, el
uso excesivo de adjetivos que lejos de mejorar, distraen la lectura, las
palabras rebuscadas (aunque menos presentes que en el resto), una pretendida
erudición, el final predecible, el texto se desarrolla con fluidez y pocas
distracciones, y tras la conclusión adivinada desde las primeras líneas, hay un
pequeño giro, una mínima vuelta de tuerca, sutil, casi insignificante, que lo
convierte en un cuento notable, sin duda el mejor de la colección, pero aún
insuficiente para darle valor al libro.
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| Foto tomada de su cuenta de Facebook |
Estas consideraciones acerca de Tusitala de óbitos no se basan en
reglas absolutas, no existe tal cosa, pero sí en modelos que reconocemos por su
valor literario, y que la propia autora reconoce, y aunque las reglas están
también para romperse, antes de ello hay que conocerlas y usarlas, y crear
nuevas sólo cuando lo que queremos decir no cabe dentro de los límites que esas
reglas pretenden aplicar.
En conclusión, este primer
libro de Lola Ancira pretende mostrar cosas elevadas, sublimes, pero al no
lograr la verosimilitud necesaria, el intento se malogra y el resultado es un
conjunto irregular, principalmente por los vicios que arrastra nuestra autora:
entre dos palabras para transmitir la misma idea, elige generalmente la menos
clara, causando la distracción del lector, lo que lleva al aburrimiento; el uso de
palabras ostentosas y las constantes repeticiones, que evidencian a una
escritora poco experimentada, insegura a la hora de enfrentar sus temas; y la
tendencia a mostrar su erudición y extenso vocabulario (¿o un carísimo diccionario de sinónimos?) más que a desarrollar un
universo coherente y creíble en su especificidad, más interesada en evidenciar
sus lecturas y sus preferencias, y menos en buscar su propia voz. Defectos
todos ellos que pueden corregirse en futuros textos.
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